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| 1/9/2016 9:00:00 PM

La amenaza de Corea del Norte

Aunque la bomba atómica que el país de Kim Jong-un probó no sea de hidrógeno, el ensayo anunciado por Pyongyang disparó las tensiones en una de las regiones más conflictivas del planeta.

Solo hay algo peor que una bomba atómica: una de hidrógeno. Y la razón es sencilla. Si aquella puede acabar con una ciudad, esta puede arrasar un país. Su principal diferencia consiste en que mientras la primera libera enormes cantidades de energía al dividir átomos de plutonio o de uranio, la segunda consigue un resultado 1.000 veces mayor al forzar la fusión de los núcleos atómicos. De hecho, ese es el tipo de reacción que sucede normalmente en el interior del Sol.

Por eso, es comprensible que el mundo se haya angustiado cuando medios oficiales de Corea del Norte anunciaron el miércoles que el país había detonado con éxito “una bomba de hidrógeno miniaturizada”, o sea con un tamaño y un peso que permitiría embarcarla en un misil. La condena fue unánime, pues a las previsibles protestas de sus enemigos –como Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, la Unión Europea o la Otan– se sumó la de China, el único aliado del régimen de Pyongyang, que no le informó sobre el ensayo. Este se realizó además cerca de la frontera que ambos países comparten y produjo un terremoto de 5,1 grados.

Sin embargo, pese a la retórica triunfalista y al movimiento telúrico, los analistas recibieron con escepticismo el cuarto ensayo nuclear del gobierno de Kim Jong-un, el joven líder del país comunista. Por un lado, la tecnología necesaria para fabricar esa arma es mucho más compleja que la que se necesita para hacer una bomba atómica convencional, y los expertos dudan de que Corea del Norte cuente con ella. Por el otro, los primeros indicios señalan que se trata de una deflagración muy similar a la penúltima prueba, efectuada en 2013, que produjo un sismo de la misma magnitud. A lo sumo, se teme que se haya tratado de un arma de fisión intensificada, o sea una bomba atómica a la que se le añade hidrógeno radioactivo para incrementar su poder.

Aunque solo dentro de algunas semanas se sabrá con precisión qué tipo de arma probó el reino ermitaño, las repercusiones del ensayo del miércoles son muy graves, y elevan aún más la tensión en una región particularmente volátil y marcada por la competencia hegemónica entre China y Estados Unidos. Como dijo a SEMANA Katharine H. S. Moon, especialista en la materia del Center for East Asian Policy Studies de la Brooking Institution, “la búsqueda de una bomba de hidrógeno demuestra que Pyongyang tiene ambiciones nucleares muy serias, que van más allá de asustar a los otros países. Aunque no tenga la tecnología necesaria para fabricarla ahora, es muy preocupante que sus aspiraciones nucleares sean mayores de lo que la mayoría de los expertos había previsto”. En ese sentido, el mensaje para Occidente es claro: aunque el país esté en la miseria y dependa de la ayuda internacional para sobrevivir, también tiene verdaderas armas de destrucción masiva. De modo que si Washington (o cualquier otra potencia) quiere promover un cambio de gobierno como el que acabó con el poder de Sadam Huseín en Irak, lo mejor es que se lo piense dos veces antes de actuar.

Además, la prueba puso en evidencia las diferencias entre Kim Jong-un y las elites políticas de China, que cada vez tienen menos influencia sobre su impredecible aliado. Y en ese contexto, la deflagración podría ser también un mensaje para Beijing. “Con el ensayo, ese país le estaría diciendo a China que hace las cosas a su manera y que no está dispuesto a plegarse a sus presiones o consejos”, dijo Moon.

La prueba del miércoles se inscribe en una serie de enfrentamientos directos entre las dos Coreas, como el bombardeo de la isla de Yeonpyeong en 2010, que dejó nueve muertos; el hundimiento de una corbeta el mismo año, que acabó con la vida de 46 marineros, o el enfrentamiento a cañonazos en la zona desmilitarizada el año pasado por cuenta de unos parlantes y de la siembra de minas antipersonal que mutilaron a varios soldados del sur. “No se trata de incidentes aislados, sino de eventos que muestran una tendencia a la confrontación”, señaló a SEMANA el analista Felix Patrikeeff, autor del libro Crisis and Conflicts in Asia. “Por lo tanto, no solo es posible que un conflicto directo se reactive, sino que es incluso probable”.
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