Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/10/03 00:00

Los gobiernos que han planeado asesinar a un presidente extranjero

Al reconocer que tiene un plan para matar al mandatario norcoreano Kim Jong-un, Corea del Sur revive un fantasma que ha gravitado casi desde siempre en las relaciones internacionales. No sería la primera vez que un Estado recurriría a ese procedimiento extremo.

El plan de Corea del Sur de matar a Kim Jong-un si es necesario refuerza la paranoia del líder supremo. Foto: A.P.

El ministro de defensa de Corea del Sur, Han Min-koo, admitió tener un plan para dar de baja a Kim Jong-un en caso de una amenaza nuclear. Y estalló la controversia. Al fin y al cabo, semejante declaración pareció una bravuconada propia más bien de su vecino del norte que del medido gobierno de la presidenta Park Geun-hye. Es inusual que un gobierno tenga un plan para acabar con un jefe de Estado, por más de que se encuentre en guerra. Y más raro aún que lo haga público, como cándidamente hizo el ministro surcoreano. Pero tal parece que la exasperación de Seúl con su peculiar vecino los ha sacado de casillas.

Sin embargo, no es un hecho sin precedentes. Dzhojar Dudayev, el primer presidente de la autodeclarada República Chechena de Ichkeria, solía decir que la independencia de su país “es para siempre, en eso apuesto mi vida” y en 1996 perdió la apuesta. Un cohete teledirigido le quitó la vida al líder checheno cuando realizaba una llamada satelital con la que los rusos determinaron su posición. De esta manera, el Kremlin logró frenar el movimiento separatista unos meses después, cuando las diezmadas fuerzas rebeldes pusieron fin a la primera guerra de Chechenia, un territorio que todavía no consigue su autonomía.

Por supuesto, los planes de magnicidio no siempre prosperan. El presidente venezolano Rómulo Betancourt sobrevivió a un atentado orquestado por su enemigo declarado, el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. En 1960, el Jefe, como llamaban a Trujillo, decidió silenciar las críticas de su colega del sur por medio de unos sicarios que estallaron un carro bomba en Caracas en el preciso momento en que pasaba la caravana presidencial. Afortunadamente Betancourt salió relativamente ileso. En cuanto a Trujillo, el destino le preparó una suerte de venganza proporcional, pues murió asesinado un año más tarde por un grupo de disidentes, también apoyados por un gobierno extranjero: Estados Unidos.

De hecho, por el apoyo a grupos rebeldes y golpes, Estados Unidos es por mucho el líder internacional. Washington respaldó los golpes que acabaron con la vida de Ngo Dinh en Vietnam, Salvador Allende en Chile y Patrice Lumumba en el Congo. Pero su objetivo más famoso ha sido Cuba. Por casi medio siglo, la CIA intentó diferentes maneras de matar a Fidel Castro, explorando medios tan cinematográficos como regalarle puros explosivos o envenenarlo con la ayuda de Marita Lorenz, una de sus amantes. La inteligencia estadounidense, incluso, se planteó llenar unas conchas con material explosivo, pintarlas de colores llamativos y sumergirlas en el fondo del mar en el lugar donde solía bucear Castro, un aficionado de este deporte. Y aunque muchos de estos planes nunca se ejecutaron, se estima que Castro sobrevivió a unos 630 intentos de asesinato.

Por eso, no extraña tanto la preocupación del régimen norcoreano por un posible asesinato contra su líder supremo, que hizo un escándalo hace algunos meses por una película que planteaba, en tono de comedia, el asesinato de su líder a manos de enviados norteamericanos. Y es que, además, Pyongyang tampoco está libre de pecado. En 1967, el fundador del país, Kim Il-sung, despachó un escuadrón de 31 soldados con la misión de infiltrarse en el Sur y asesinar al presidente Park Chung-hee. Este se salvó gracias a cuatro hermanos surcoreanos que se encontraron con el escuadrón. Los norteños los capturaron y, en vez de matarlos, optaron por convencerlos de las bondades del comunismo y liberarlos bajo la promesa de no decir nada. Al quedar libres los jóvenes advirtieron a las autoridades, que dieron caza al escuadrón asesino cuando estaba a menos de 100 metros del presidente.

En cuanto al plan para matar a Kim Jong-un, no es algo que ayude a la tensa relación entre ambos países. En el mejor de los casos, solo va a incrementar la paranoia de Pyongyang, un sentimiento que ha alimentado su política armamentista. Además, si algo ha probado la historia es que los magnicidios políticos casi nunca desencadenan buenos resultados. 

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