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| 11/14/1988 12:00:00 AM

¡CORONO!

Después de ganar el último debate, la aritmética electoral demuestra que Bush está elegido.

Realmente tiene que pasar algo muy raro para que el próximo ocho de noviembre George Bush pierda las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Porque tal como están las cosas, el heredero elegido de la administración Reagan es, ni más ni menos, inderrotable.
Esa impresión se hizo todavía más fuerte el jueves pasado, al término del segundo y último debate que sostuvo Bush con su rival, el demócrata Michael Dukakis. A lo largo de 90 minutos de confrontación, el actual vicepresidente salió airoso de la que los especialistas describían como la prueba más difícil de su campaña.
Haciendo chistes, hablando tranquilamente y mostrando espontaneidad, el candidato republicano "descretó" a todo el mundo. Su estrategia se centró en el "sí se puede", dejando a Dukakis con la incómoda carga de mostrar lo contrario. Aunque la razón la tenía éste último, pues las cuentas de Bush no podían ser más alegres, los gringos, a pesar de su gigantesco déficit fiscal están demasiado contentos como para que les digan que se les acabó la fiesta. Tanto, que al final del encuentro una encuesta hecha por la cadena de televisión ABC encontró que un 49% de los entrevistados se inclinaba por él como triunfador, mientras que sólo un 33% lo hacía por Dukakis.
Ese voto favorable debe ser suficiente para convencer a los hombres de Bush de que el triunfo está en el bolsillo. Aunque siempre es posible una riposta de los demócratas, pocos dudan que en una fría mañana del próximo mes de enero, George Helbert Walker Bush sea consagrado como el presidente número 41 de los Estados Unidos de América.
Semejante conclusión no es nada despreciable para un hombre que tan solo en agosto perdía por 15 puntos porcentuales frente a su rival. A pesar de ser criticado como un pelele y un heredero inmerecido de Reagan, lo cierto es que el vicepresidente consiguió volver sobre sus pasos hasta alcanzar y sobrepasar a Dukakis. Tal como están las cosas, nada de raro tendría que la victoria republicana sea récord y emule la "muenda" que Reagan le dio a Walter Mondale en noviembre de 1984.
Claro que para muchos, George Bush no podía perder. Al fin y al cabo, el vicepresidente es el sucesor designado de un gobierno que ha estado al frente de la expansión económica más larga desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En diciembre debe comenzar el séptimo año de crecimiento económico sostenido y aunque muchos piensen que de ahí en adelante "el camino es culebrero", lo cierto es que ahora la inflación está controlada y el desempleo en su punto más bajo de esta década.
Las cosas están tan bien, que nadie duda que de no haber sido por la limitante constitucional que impide una segunda reelección, Ronald Reagan sería escogido masivamente, con todo y sus próximos 78 años. A punto de terminar su gobierno, el mandatario cuenta con un índice récord de popularidad que se acerca al 60%.
Pero de todo eso, el verdadero beneficiado es Bush. Tanto que el vicepresidente se dio el lujo de cometer una gaffe, que en otras circunstancias le habría podido costar la competencia. La metida de pata fue la elección de Dan Quayle como su compañero de fórmula. Hasta hace un par de semanas las encuestas revelaron que Quayle le restaba puntos a Bush, cuando la intención original era la de buscar el apoyo de los jóvenes y lograr un efecto positivo.
No obstante, después del debate del jueves, hasta el caso Quayle quedó enterrado. A menos que a Bush le dé por enfermarse gravemente, es dudoso que este inexperto senador por Indiana sea el objeto de muchos titulares de prensa.
En cuanto a Dukakis, no es mucho lo que se puede decir. A pesar de sus credenciales, el gobernador de Massachusetts no ha podido -y pocos creen que lo logre- convencer a los votantes de que él no es el monstruo de corazón frío que los republicanos pintan. Aunque en términos generales el Duke ha sido quien más propuestas ha hecho en la campaña e intelectualmente se ve superior a su rival, lo cierto es que eso no importa mucho. "No es tanto lo que diga, sino cómo lo diga", volvió a recordar la semana pasada un asesor de Bush.
Además, tal parece que ahora en Estados Unidos las calificaciones intelectuales no son de gran importancia. Después de todo, Ronald Reagan no es precisamente el prototipo del hombre estudioso. Tal como dijera recientemente el semanario inglés The Economist, el presidente norteamericano será recordado "como uno de los mandatarios más ignorantes y perezosos de la historia reciente". Nada hace pensar que Bush resulte aun peor en ese sentido.
En cambio, el candidato norteamericano tiene la oportunidad de volver a darle duro a los demócratas en las elecciones. Si las encuestas nacionales todavía pueden parecer dudosas, el veredicto pro-Bush se asegura cuando se miran los sondeos Estado por Estado. Al fin y al cabo, hay que recordar que en los Estados Unidos los votantes eligen un colegio electoral, cuyos miembros son los encargados de designar al presidente. Este cuerpo, conformado por 538 delegados, representa a los 50 Estados, así como al distrito de Columbia, donde se encuentra Washington D.C. Individualmente, el premio más importante es California que da 47 votos, seguido por Texas, con 29. Estos dos territorios, más otros siete adicionales, conforman lo que los especialistas conocen como los nueve "mega-Estados" donde se juegan 241 delegados.
La distribución de estos premios gordos es definitiva, pues con la única excepción de Maine (un Estado del norte que da 4 delegados), en el resto no existe la representación proporcional. De tal manera, si Bush gana en California por un voto o por cinco millones, se llevará 105 mismos 47 delegados.
Con este hecho en mente, los estrategas republicanos comenzaron desde hace rato a cortejar a los Estados pequeños para asegurarse una base importante, al tiempo que han intensificado la pelea en los Estados grandes.
Las cosas han salido tan bien que incluso algunos líderes demócratas conceden la pérdida de varios territorios. Por ejemplo, todo indica que Dukakis será vencido en todos y cada uno de los 15 Estados del sur que contribuyen con 115 delegados. Un veredicto similar se da en el sureste, donde Bush seguramente se llevará 49 votos más. Ya con esa base, el vicepresidente sólo tiene que cosechar 105 delegados más para alcanzar la mayoría requerida de 270. En contraste, Dukakis sólo tiene dos sitios fijos: Massachusetts y el distrito de Columbia, con un gran total de 16 votos.
Ese ejercicio fue hecho en mayor escala por el instituto Field de California la semana pasada, en vísperas del debate. Asumiendo un escenario favorable para Dukakis, los investigadores encontraron que Bush ya podía considerarse dueño de 264 votos, mientras que el Duke aseguraria 148.
El resto entraría dentro de la categoría de undecided, pero después del debate del jueves todo hace pensar que el viento sopla en favor de los republicanos. Es esa circunstancia la que le da a Bush el título de favorito número uno. A menos que algo exageradamente improbable suceda en los próximos días, el 9 de noviembre el mundo se va a empezar a acostumbrar a pensar en el presidente Bush, el nuevo huésped de la Casa Blanca hasta enero de 1993.-
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