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| 11/8/2014 10:00:00 PM

Correa el reeleccionista

Ante la posibilidad de aspirar a quedarse indefinidamente en el gobierno, Rafael Correa consolida aún más su poder en Ecuador, mientras la tendencia caudillista se extiende en América Latina.

No hay duda de que Rafael Correa tiene todas las palancas del poder en Ecuador. La semana pasada la Corte Constitucional avaló que la Asamblea Nacional considere una serie de enmiendas a la Carta Magna durante el próximo año. La decisión no pasó desapercibida. El punto más polémico es aquel que permitirá la reelección indefinida de los cargos políticos de elección popular, entre ellos, cómo no, el de presidente. Mientras el oficialismo celebra, la oposición asegura que la Corte terminó de enterrar la democracia.

El oficialismo asegura que la enmienda es democrática, que Correa no se impondrá a la fuerza, y que el pueblo tendrá la última palabra. Pero varios analistas cuestionan justamente que la asamblea, dominada por el oficialista Alianza País, tomará la decisión de aprobar las enmiendas, y no los ciudadanos a través de una consulta popular. Carlos Larrea, profesor de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Andina Simón Bolívar, dijo a SEMANA que “la mayor parte de la opinión pública ecuatoriana apoya la idea de hacer una consulta y por consiguiente será un tema de debate el próximo año”.

Correa fue elegido en 2007, luego promovió una nueva Constitución aprobada en 2008. Bajo esa nueva ley ganó las elecciones en 2009 para un periodo de cuatro años. Y en 2013 se aseguró el poder hasta 2017. El presidente siempre insistió en que hasta entonces llegaría su mandato, e insultó a cuanto comentarista se atrevió a decir que volvería a las andadas. Pero ahora sus cartas están sobre la mesa. Su partido perdió peso en las elecciones locales de febrero, y él mismo ha advertido que su legado político está en peligro. Por eso, dice, podría reconsiderar su posición inicial. Y aunque en el caso ecuatoriano solo es permitida una reelección, una enmienda lo puede arreglar todo.

Por lo pronto, Correa tiene la cancha inclinada a su favor. La oposición es débil y no existe una alternativa política seria que dé la talla, mientras años en el gobierno han diluido la independencia de los poderes, incluida la Corte Constitucional que falló a su favor. Además tendrá tiempo para consultar con la almohada si finalmente se lanza o no al agua, según los vientos políticos que corran. Santiago Basabe, doctor en ciencias políticas de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, dijo a SEMANA que “este año le va a servir al presidente de termómetro político y económico para ver la viabilidad de su nueva candidatura”. Eso dependerá en gran parte del desarrollo económico. Por lo demás, los índices de aprobación a la gestión de Correa son altos, en parte debido a su reciente pragmatismo económico y político tanto en materia interna como externa.

Sandra Borda, directora del centro de estudios internacionales de la Universidad de Los Andes, indica que el hecho de buscar una nueva reelección “genera preocupación porque abre más espacio a un sistema de gobierno que no tiene pesos ni contrapesos, sino que básicamente termina con el principio de la democracia de la división de poderes”. Simón Pachano, doctor en ciencias políticas de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales contó a SEMANA que “la reelección indefinida atenta contra el principio de alternabilidad propio de la democracia. Finalmente, es una reforma que tiene un destinatario con nombre y apellido: Rafael Correa”.

El fenómeno de las reelecciones, según Borda, “es una ola generalizada por la que están pasando muchos países de la región, sin una connotación de izquierda o de derecha”. Basabe asegura que “la única posibilidad de limitar esa ansiedad de poder son las instituciones políticas, las democracias consolidadas, que lamentablemente en la región no están muy presentes”. Y mientras Ecuador puede unirse al club de los países de la reelección indefinida, junto a Nicaragua y Venezuela, lo cierto es que de aquí en adelante la discusión política en Quito estará como para alquilar balcón.
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