Sábado, 21 de enero de 2017

| 1999/10/04 00:00

CORRUPCION

Las denuncias sobre el robo de dineros públicos en Rusia son impresionantes. La pregunta es <BR>por qué salen ahora.

CORRUPCION

Se dice que esta matemática moscovita de 39 años tiene un yate en el Mediterráneo,
un palacio en la Costa Azul francesa, una lujosa residencia cerca de Moscú. Se dice que su padre, nacido en
una modesta aldea de los Urales, tiene millones de dólares en cuentas en Suiza. La anterior sería otra de los
cientos de historias que se cuentan hoy en Moscú acerca de los 'nuevos rusos' que han aprovechado la
transición al capitalismo para hacerse ricos. Sólo que esta hija y su padre son Tatiana Diachenko y Boris
Yeltsin y su historia parece demostrar que en Rusia desaparecen cada vez más los límites entre la legalidad
y la corrupción .
Las denuncias contra la familia de Yeltsin coincidieron con el escándalo desatado por una investigación
del FBI sobre unos 15.000 millones de dólares que habrían sido 'lavados' por la omnipresente mafia rusa a
través, entre otros, del Bank of New York, de los cuales al menos 10.000 provienen de préstamos del FMI
esquilmados por políticos corruptos. También se investigan las operaciones del Banco Central ruso y de la
compañía Fimaco, domiciliada en el paraíso fiscal de Jersey. La máxima autoridad monetaria del país desvió a
esta compañía miles de millones de dólares de sus propias reservas y de los préstamos del FMI para luego
darlos a bancos comerciales, los cuales invirtieron en jugosas operaciones financieras.
El problema de Yeltsin es explicable a la luz del funcionamiento de la sociedad rusa. La preocupación de todo
funcionario que se va, cuya única riqueza proviene de su cargo, es garantizar el bienestar de 'la familia', y el
suyo propio, en los tristes años de la vejez.
Resulta que, a pesar de su fama de incorruptible, Yeltsin también es un padre de familia, viejo y enfermo, que
se va a quedar sin trabajo dentro de un año. Como a cualquier diputado, al jefe de Estado le ha llegado la
hora de ocuparse del bienestar de su descendencia.
Aunque Yeltsin siempre se ufanó de nunca haber consultado a su esposa, Naina Iosipovna, terminó
cayendo en las garras de su hija, Tatiana y de su círculo de amigos que incluye al empresario Boris
Berezovski, dueño de Aeroflot, de Logovaz, la mayor concesionaria de autos del país, de una buena
parte del principal canal televisivo y de dos diarios nacionales, y al impopular Anatoly Chubais, que fue el
padre de la privatización en el país.
Como explica con agudeza el ex alcalde de Moscú, Gavril Popov, en el diario opositor Moskovski
Komsomolets, el problema es que "empezamos a construir una sociedad posindustrial con la gente del viejo
sistema. Nuestros líderes no tienen ni los billones de la familia Kennedy, ni el rancho de Bush, ni el buen
pasar del héroe de Hollywood Reagan. Ni siquiera tienen la perspectiva de volverse miembros de la Cámara de
los Lores, como Margaret Thatcher. Como resultado, la preocupación por 'la familia', como todo lo
'humano', es considerado, en la Rusia de hoy, 'normal".
Muchas de las últimas volteretas de la política rusa _entre otras el cambio de cinco primeros ministros en un
año_ se explican por el afán del paternal Yeltsin de asegurar que su sucesor sea un hombre que garantice la
inmunidad suya y de su familia ante la oleada de acusaciones provenientes de Nueva York y de Suiza.
Según la acusación, la compañía suiza Mabetex, encargada de la reconstrucción del Kremlin, sacó a
nombre del padre de Tatiana, de ella y de su hermana, tarjetas de crédito en el Banco del Gotardo
pagadas por la compañía constructora, que a su vez habría pagado gigantescas sumas a Pavel Borodin,
encargado de los asuntos inmobiliarios del Kremlin y cercano colaborador de Yeltsin. Se sabe que la
procuradora suiza Carla del Ponte tiene un cuarto lleno de documentos que comprometen al mefistofélico
multimillonario Berezovski.

El bumerán ruso
La de Yeltsin es, obviamente, plata de bolsillo, pero lo sorprendente es que las denuncias sobre el Bank of
New York también lo son. Según el periódico Novie Izvestia se calcula en 350.000 millones de dólares la cifra
que ha huido de Rusia en la ultima década, algo así como el Producto Nacional Bruto de un año entero. Un
tercio de esta cifra, según el periódico, se encontraría en Estados Unidos, demostrando que el robo del siglo
no se pudo hacer sin la complicidad de medios financieros occidentales, como los bancos suizos, alemanes
y norteamericanos comprometidos.
"En todas estas publicaciones occidentales no hay nada nuevo para los rusos", dijo a SEMANA el conocido
politólogo y escritor Boris Kagarlitski. "Todo esto de una forma u otra ya se sabía aquí, lo decía la oposición.
En realidad la mayoría de las preguntas que surgen van dirigidas hacia los medios políticos y
financieros occidentales, porque ellos sabían perfectamente todo esto desde hace mucho tiempo y se callaron
la boca".
¿Por qué, si callaron tanto tiempo, hablan ahora?, es la pregunta. "Creo que es porque la administración
norteamericana está lista a entregar a Yeltsin, continúa Kagarlitski. Se preparan para la Rusia posyeltsinista
y apuestan a Evguenni Primakov, el ex primer ministro, que ha hecho un acuerdo electoral con el alcalde de
Moscú, Yuri Luzhkov".
"El problema es que Occidente parece dispuesto a continuar hasta el final y Yeltsin y su familia no van a
dar el brazo a torcer. Si Occidente traiciona a Yeltsin, éste puede tomar medidas internas sin consultar a
Occidente, como un nuevo golpe, apoyándose en las Fuerzas Armadas. Por eso nombró como nuevo primer
ministro a Putin, el director de la ex KGB", concluyó el politólogo ruso.

Gore al banquillo
Las denuncias sobre el lavado de dólares provenientes de la ayuda externa a Rusia han salpicado a la Casa
Blanca. Los críticos republicanos sostienen que a la administración de Bill Clinton no le molestó el
surgimiento de potentados rusos, dueños de la noche a la mañana de complejos industriales, porque esa
nueva clase era el mayor soporte del presidente Boris Yeltsin ante la amenaza de un resurgimiento
comunista. Al fin y al cabo fue con la ayuda de esos 'oligarcas' que Yeltsin venció en 1996 al comunista
Guenaddi Zyuganov.
Pero el más afectado por las críticas podría ser el vicepresidente y precandidato Al Gore. Según el
diario The New York Times, la CIA le presentó un informe sobre la corrupción del entonces primer ministro
Viktor Chernomyrdin, quien, con Gore, dirigía una comisión conjunta, pero Gore rechazó el documento, lo que
llevó a los funcionarios a la conclusión de que no estaba interesado en ese tipo de información.

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