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| 10/23/2015 10:00:00 PM

Intifada: la nueva crisis en Oriente Medio

A medida que crece la violencia, con muertos de parte y parte, el odio entre palestinos e israelíes parece haber adquirido una dimensión aún más siniestra.

El domingo en la noche, en un abrir y cerrar de ojos, Hafton Zarhum pasó de ser un transeúnte común a supuesto cómplice de un hombre que poco antes había matado a un soldado israelí y herido a otras diez personas. Primero, un guardia de seguridad le hizo varios disparos que lo dejaron agonizando en las bancas de la estación de autobuses de Basheera, la ciudad donde se registró el ataque. Luego, decenas de personas lo molieron a golpes al tiempo que coreaban “Viva el pueblo de Israel” y “Muerte a los árabes”.

Solo que Zarhum no era árabe sino eritreo, ni tenía nada contra Israel, sino todo lo contrario. Había llegado a ese país huyendo de la dictadura, y estaba en Basheera para renovar su visa de trabajo. Pero encontró la muerte en un conflicto en el que no tenía que ver y en el que a las partes les cuesta cada vez más saber quién es su enemigo. O, lo que es lo mismo, que han extendido su odio a todos los miembros de la otra comunidad, sin importar su edad, su género, su nivel socioeconómico ni mucho menos sus ideas políticas. Basta que sean ‘árabes’ o ‘judíos’ para que la violencia homicida se active. En algunos casos, es suficiente que lo parezcan. “Lo mataron por su color de piel”, tituló el lunes el diario Yedioth Ahronoth, uno de los principales de Israel, refiriéndose en primera página a la muerte de Zarhum.

Aunque la violencia entre palestinos e israelíes nunca ha cesado, desde principios de octubre ha sufrido cambios alarmantes que ponen en evidencia que uno de los más graves y largos conflictos de la actualidad sigue degradándose. En esta ocasión, el detonante de la violencia fue un rumor según el cual Israel iba a prohibirles a los palestinos el acceso a la Explanada de las Mezquitas o Templo del Monte, un sitio sagrado tanto para los judíos como para los musulmanes, donde ya en 2000 se había gestado la segunda intifada cuando lo visitó Ariel Sharon, quien un año más tarde sería elegido primer ministro de Israel. Y aunque el gobierno israelí lo desmintió, el rumor bastó para sacar a flote nuevas facetas del odio que desde hace décadas reina en la región.

“La actual oleada de violencia se caracteriza tanto por su intensidad –pues casi a diario los palestinos apuñalan y embisten con sus carros a civiles y soldados israelíes– como por el hecho de que los atacantes no suelen estar asociados con ningún grupo político palestino, como Hamás o Fatah”, dijo a SEMANA Dov Waxman, director del Middle East Center de la Northeastern University. “Se trata de ataques espontáneos ejecutados por ‘lobos solitarios’, es decir, individuos que no han coordinado sus acciones, que recurren a armas sencillas pero letales, y que, por ende, son casi imposibles de prevenir”. Y a eso se agregan los sentimientos religiosos, que varios líderes se han encargado de exacerbar dentro y fuera de la región.

En gran medida, la situación se ha deteriorado debido al creciente descrédito de la Autoridad Palestina (AP) entre sus propios ciudadanos, que le reprochan su incapacidad de concretar sus aspiraciones de conformar un Estado. Y esa percepción puede tener graves consecuencias. Hugh Lovatt, coordinador del programa Israel Palestina del European Council of Foreign Relations, afirmó en diálogo con SEMANA que “la percepción popular de que la AP no es más que un instrumento de la ocupación israelí, junto con su incapacidad de proteger a los palestinos de los ataques de los colonos, representa un enorme desafío para sus líderes. De hecho, muchos temen que el primer objetivo de un levantamiento sea la propia AP, y no Israel”. En efecto, la indiferencia con la que se recibió en Cisjordania y Gaza la izada de la bandera de Palestina en Naciones Unidas revela el abismo existente entre las aspiraciones de los palestinos del común y las políticas de sus líderes.

Y lo peor es que todo ello sucede justamente cuando el resto de Oriente Medio sufre cambios de marca mayor. Entre ellos, los conflictos que atraviesan países como Libia, Egipto, Yemen y sobre todo Siria, donde la Primavera Árabe removió para bien y para mal los profundos cimientos del statu quo que prevalecía desde décadas atrás.

Aunque la cuestión palestino-israelí tiene su propia lógica –marcada por factores internos como las colonias en Cisjordania, las restricciones al movimiento de los palestinos o el fracaso de ambos gobiernos en entablar diálogos de paz constructivos– es diciente que los jóvenes de los territorios palestinos también estén poniendo en entredicho la autoridad de sus líderes. Del mismo modo, es revelador que estén recurriendo a ataques semejantes a los emprendidos recientemente por lobos solitarios en Canadá, Australia o Francia, inspirados sobre todo por la propaganda yihadista que circula por internet. Lo cual ha conducido a que algunos analistas adelanten la hipótesis de que detrás de todo esto se encuentre la larga mano de Estado Islámico.

Pero no solo del lado palestino ha crecido el factor étnico-religioso. Como ilustra el linchamiento de Zarhum, también la sociedad israelí se ha radicalizado, lo que se expresa en el ascenso del partido ultraderechista La Casa Judía, uno de los abanderados de las colonias israelíes en los territorios palestinos, que en las elecciones de 2015 logró 20 escaños en el Knesset (Parlamento). Y aunque aún están por verse las consecuencias a largo plazo de ese viraje a la derecha, en lo inmediato es claro que ha subrayado las diferencias entre los israelíes judíos y los israelíes árabes, que cada vez más se sienten extranjeros dentro de su propio país. Lo más grave es que incluso el primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha contribuido a reforzar esa percepción, en particular durante la reñida campaña de las elecciones de este año, en las que advirtió que su gobierno de derecha estaba en peligro, pues “los votantes árabes están acudiendo en masa a las urnas”.

Pese a las imágenes extremadamente violentas que ha dejado la última oleada de ataques en Israel y en Palestina, las posibilidades de que haya cambios a corto plazo son pocas, lo cual juega contra Israel. Como dijo a esta revista Eugene Rogan, director de The Middle East Center del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, “teniendo en cuenta el crecimiento de la población palestina, los israelíes tienen que reconocer que solo hay dos soluciones a largo plazo: crear un Estado palestino en términos aceptables para ese pueblo, o desarrollar un Estado binacional en el cual los judíos inevitablemente serán una minoría. Un gobierno israelí con visión estaría trabajando seriamente por la primera alternativa. Por desgracia, en vez de un gobierno con visión, los israelíes reeligieron a Netanyahu”.
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