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| 7/3/1995 12:00:00 AM

CRISIS ANUNCIADA

El desafio de los serbios bosnios contra la ONU y la Otan evidencian que no hay solución a la guerra en las actuales circunstancias.

UNO DE LOS PRINCIPIOS DE PETER DICE QUE toda situación mala es susceptible de empeorar, y eso es precisamente lo que sucedió la semana pasada en la guerra civil que atraviesa a Bosnia-Herzegovina, cuando cerca de 400 cascos azules de la ONU fueron capturados por los bosnios-serbios para convertirlos en escudos humanos contra los bombardeos de la Otan. Y. cuando un avión F-16 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos fue derribado el viernes mientras realizaba una misión de vigilancia, la humillación inflingida a los países más poderosos del mundo indicó hasta qué punto la situación se está saliendo de las manos.
Lo peor es que la Organización de Naciones Unidas y la Organización del Tratado del Atlántico Norte se metieron solas en un callejón sin salida, y el escalamiento de la crisis, que amenaza la estabilidad de Europa, era perfectamente previsible no sólo por la actitud desafiante exhibida por los serbios-bosnios, sino ante realidades estratégicas muy visibles.
La guerra en Bosnia-Herzegovina enfrenta a un gobierno predominantemente musulmán, que declaró su independencia de Yugoslavia, contra la rebelión de los habitantes de origen serbio y religión cristiana ortodoxa, que pretenden establecer una 'República serbia de Bosnia' que eventualmente se uniría con Serbia (compuesta por lo que queda de Yugoslavia, Montenegro y Kosovo) para fundar lo que llaman 'La Gran Serbia'. En los primeros meses de la guerra los serbio-bosnios consiguieron grandes éxitos, pues peleaban con el apoyo del ejército de Belgrado ante una milicia recién creada y equipada sólo con armas personales. Esa ventaja logística les permitió ganar a sangre y fuego el 70 por ciento del territorio en disputa, lo cual parece ser suficiente razón para que se nieguen a cualquier arreglo que signifique renunciar a esas conquistas. Los serbios han sido considerados desde tiempos inmemoriales como grandes guerreros, al punto que se les llama los 'prusianos del sur'. Pero su desempeño ha ido mucho más allá de la violencia esperable en una guerra. Los soldados serbio-bosnios no han tenido ningún reparo en efectuar verdaderas masacres de civiles, ni en desarraigar pueblos enteros para borrar la influencia musulmana. Lo peor es que su arrogancia ha sido alimentada, en muy buena parte, por la actitud irresoluta de los países de la ONU y la Otan, que han jugado al viejo esquema de la zanahoria y el garrote con un único resultado: agravar la situación y convertir un problema local en una conflagración capaz de desestabilizar el delicado orden europeo de la posguerra fría.
Los palos de ciego comenzaron desde cuando se impuso a las partes un embargo de suministro de armas que redundó obviamente en favor de los serbios, y les dio la impresión de que Europa les acompañaba en su antiislamismo. Más tarde y ante el escalamiento del conflicto, la ONU, a instancia de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Alemania, organizó una fuerza de Cascos Azules para que llevara a cabo labores estrictamente humanitarias y de protección de los civiles.
Los cascos azules, un total de 22.500, provenientes de Francia, Gran Bretaña, Holanda, Bangladesh, Suecia, Malasia y 10 países más, llegaron entonces gravemente limitados no sólo en su equipo sino en su capacidad de acción. El mensaje implícito para los serbio-bosnios del líder Radovan Karadzic resultó un tiro por la culata: encárguense ustedes de la guerra que nosotros cuidaremos a los heridos y enterraremos a los muertos.
Por eso, los serbiobosnios, lejos de amilanarse, siguieron cometiendo atrocidades, y muy pronto se hizo evidente que era necesario ejercer algún tipo de fuerza para detenerlos. En este punto el presidente de Estados Unidos Bill Clinton resultó crucial al insistir en que la única forma 'limpia' de ejercer esa presión era a través de ataques aéreos mediante la Otan. La incongruencia era evidente, porque con 22.500 cascos azules semiindefensos en seis eufemísticas 'áreas de seguridad' donde se suponía que estaban protegiendo civiles, su conversión en rehenes era cuestión de tiempo.
Y la pesadilla se hizo realidad la semana pasada, cuando la Otan arreció sus ataques contra objetivos serbiobosnios, y éstos declararon enemigas a las organizaciones internacionales y apresaron 325 cascos azules como escudos humanos contra los bombardeos. Muy pronto, el viernes, hicieron efectiva su amenaza de no permitir más vuelos de vigilancia sobre su territorio, al derribar un F-16 norteamericano.
Eso terminó por demostrar la banalidad de la política internacional en Bosnia, que a todas luces requiere una revisión a fondo. En medio de un frenesí de reuniones de cancilleres, las opciones se hicieron cada vez más estrechas. El canciller británico, sir Douglas Hurd, anunció que su país se preparaba para enviar un cuerpo de protección, mientras el francés Hervé de Charette, anunció la creación de una fuerza de despliegue rápido para evitar esas contingencias, a tiempo que Clinton mostró por primera vez su intención de enviar tropas norte americanas de tierra .
En medio de la confusión, lo único que parece claro es que las potencias extranjeras no tienen la opción de retirarse, no solo por la humillación, sino porque las instituciones internacionales perderían toda su capacidad para intervenir en otras partes potencialmente conflictivas del mundo. Pero tampoco parece solucionar nada la llamada 'consolidación de la misión', que consistiría en enviar más soldados para proteger a los ya desplegados, porque si el único objetivo de las tropas es protegerse a sí mismas, su misión perdería toda razón de ser.
En esas condiciones, la única salida que queda es cambiar la resolución de la ONU para que autorice a sus soldados a imponer la paz por la fuerza. Pero eso, en ausencia de una solución diplomática, puede ser la chispa que generalice el conflicto, con resultados que es mejor no imaginar.
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