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| 5/2/2015 10:00:00 PM

Cuando Alemania resurgió de sus cenizas

Hace 70 años Alemania se rindió. Aún hoy resulta increíble su sorprendente recuperación.

“¡Desechos humanos!”. Con esas palabras describió a los alemanes en 1945 William Byford-Jones, un oficial británico que fue testigo de la devastación que Hitler y sus secuaces habían llevado a su propio pueblo. En vez de los mil años de prosperidad y de dominio que les había prometido con su Tercer Reich, la Alemania derrotada en la Segunda Guerra Mundial era un escenario de desolación y miseria inenarrables: “Mujeres que habían perdido a sus maridos e hijos, hombres que habían perdido a sus mujeres; hombres y mujeres que habían perdido sus hogares y a sus hijos; familias que habían perdido enormes granjas y fincas, tiendas, destilerías, fábricas, molinos, mansiones”.

Si bien Alemania logró pasar casi toda la guerra en medio de un relativo confort, la ofensiva rusa de 1944, los bombardeos de los Aliados y, en general, el agotamiento de los recursos hicieron que la devastación irrumpiera ese año en sus tierras y hogares. En pocos meses, ante el derrumbe de la

Wehrmacht, los ejércitos aliados arrasaron minuciosamente sus ciudades y devastaron sus zonas rurales. Las epidemias de tifus, difteria y disentería prosperaron y comenzaron a dejar más víctimas que las propias operaciones militares. Las tropas invasoras, en especial las rusas, violaban a todas las mujeres que encontraban a su paso, y en las calles de los principales centros urbanos erraban decenas de miles de niños huérfanos y desnutridos. En toda Alemania, unos 20 millones de personas perdieron sus hogares. “Disfruta de la guerra, la paz será terrible”, decía un chiste macabro que hizo carrera cuando se acercaba la rendición, que finalmente llegó el 7 de mayo de 1945. Y efectivamente, fue espantosa. Los ocupantes, lejos de ‘liberar’ a los alemanes de su terrible dictadura, se dedicaron a humillar y castigar a la población. Incluso el secretario de guerra de Estados Unidos, John Foster Dulles, sostenía que la única fórmula para ese pueblo era regresarlo a su etapa preindustrial y mantenerlo allí por siempre.

Sin embargo, solo dos décadas después, el PIB de Alemania Occidental correspondía al 70 por ciento del de Estados Unidos y su economía era la tercera a escala mundial, superada solo por las dos superpotencias de entonces. Como el ave Fénix, la nación había recuperado en un abrir y cerrar de ojos su músculo económico y su papel protagónico a escala continental.

Uno de los elementos centrales de esa recuperación fue que la tesis de Dulles no prosperó. En cambio, a partir de 1947, cuando se planteó el nuevo enfrentamiento entre Occidente y el bloque comunista, quedó claro que era necesario reconstruir Europa para evitar que cayera en manos de los soviéticos, como los países del sector oriental, incluida parte de Alemania. El grueso del apoyo vino a través del Plan Marshall, mediante el cual el gobierno estadounidense invirtió cerca de 13.000 millones de dólares (unos 130.000 millones al valor actual de esa moneda) para reconstruir el continente entre 1948 y 1951. De ese monto, a Alemania le correspondieron unos 1.500 millones, o sea el 4 por ciento de su PIB de entonces. Mucho menos, entre otras cosas, que lo que recibieron países cuya devastación fue muy inferior.

Pero, como le dijo a SEMANA Charles S. Maier, profesor de Historia de la Universidad de Harvard, “las razones de la recuperación alemana van más allá de las contribuciones del Plan Marshall. Lo importante de este es que fue clave para demostrarles a los alemanes occidentales que no tendrían que ser un país paria para siempre, y que Estados Unidos (y otros países de Europa occidental) querían verlos renacer como potencia industrial”.

De hecho, el gobierno del primer canciller de la posguerra, Konrad Adenauer, y de su ministro de Finanzas, Ludwig Erhard (quien lo sucedería en 1963), emprendió una serie de reformas que condujeron a lo que se conoce como el ‘milagro económico alemán’ (Wirtschaftswunder). Basándose en el modelo de la economía social de mercado, las reformas de Adenauer y Erhard se dirigieron a aprovechar las herramientas del capitalismo para crear riqueza, al tiempo que aprovecharon algunos elementos del socialismo para su redistribución. En ese proceso, además de los citados recursos del Plan Marshall, varios factores contribuyeron al despegue de la naciente Alemania Federal.

El primero, la voluntad del pueblo. Como le dijo a esta revista Manfred Berg, profesor de Historia de la Universidad de Heidelberg, “la gente ansiaba un poco de seguridad y de prosperidad económica, y estaba dispuesta a trabajar largas horas –incluso a cambio de bajos salarios– para que el aparato productivo se recuperara. Además, aunque el conflicto devastó la economía, Alemania había sido una de las potencias industriales más avanzadas de la preguerra. Pese a la destrucción, su gente conservaba su ‘know-how’ y muchas estructuras industriales sobrevivieron relativamente indemnes al conflicto”. A esas condiciones internas favorables se sumaron factores externos, como la guerra de Corea de los años cincuenta y sus enormes necesidades de material bélico, que los alemanes estaban en condiciones de satisfacer. Y, por supuesto, el flujo de alemanes jóvenes y bien preparados que huyeron del lado oriental antes de la construcción del Muro, en 1961.

A su vez, como las expresiones nacionalistas estaban prohibidas, el deseo de reivindicación se expresó en el campo económico, en el que la tenacidad teutona no era sospechosa para los países vecinos. Ulrich Prehn, profesor de Historia de Alemania en el siglo XX de la Universidad Humboldt de Berlín, comentó a esta revista que “aunque de manera inconsciente, no cabe duda de que el poder económico sirvió para reemplazar los ideales perdidos de superioridad”. En ese sentido, la victoria en el Mundial de Fútbol de Suiza en 1954 fue a su vez un momento clave, ya que ese triunfo fue la primera ocasión en la que pudieron sentirse de nuevo orgullosos de su nacionalidad –e incluso gritarlo a los cuatro vientos– sin inquietar al mundo.

Sin embargo, quedaba pendiente el tema de la división entre la parte occidental (la República Federal) y la comunista (la República Democrática). A Willy Brandt, canciller federal desde 1969 hasta 1974, se le recuerda por haber reconocido a Alemania Oriental, lo que a la larga sirvió, en medio de críticas, para establecer puentes y preparar el camino de la reunificación. A su vez, Brandt tuvo en 1970 un gesto audaz que consistió en arrodillarse y rezar frente al monumento de las víctimas del gueto judío en Varsovia. De ese modo, comenzó el reconocimiento de los crímenes de guerra y la consecuente autocrítica que marcó a la sociedad y la cultura alemanas de entonces en adelante.

De ese modo, Brandt sentó las bases de la reunificación, que ocurriría 20 años después. Ese evento, que parecía imposible, tomó literalmente al mundo por sorpresa. Y en ese proceso fue fundamental la audacia del canciller Helmut Kohl. Sin embargo, casi 25 años después del nacimiento de la nueva Alemania, las diferencias entre el lado oriental y el occidental no han desaparecido, y eso se nota tanto en el nivel de ingresos, en el volumen de la producción agrícola o en la tasa de vacunación. También, en el apoyo que los habitantes del antiguo sector comunista le prestan, paradójicamente, a grupos como el Pegida, cuyas posiciones xenófobas y de extrema derecha hacen recordar los desastres del nazismo. Este es, finalmente, el gran reto de la Alemania del siglo XXI: dejar atrás los fantasmas de su pasado y asumir con responsabilidad su protagonismo en Europa.
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