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| 3/17/1986 12:00:00 AM

CUBA: TREINTA AÑOS NO ES NADA

En el III Congreso del PC cubano todo cambió sin que cambiara nada

Un Congreso de Partido Comunista en el poder es cosa en general bastante previsible: las formas están fijadas en un ritual inmutable y que parece ya casi tan antiguo como el de la propia Iglesia. El III Congreso del PC cubano, celebrado entre el 4 y el 7 de febrero, no fue una excepción. Fue una misa cantada del régimen, concelebrada en el Palacio de Convenciones de La Habana como las que concelebra el Papa de Roma con sus cardenales en la Basílica de San Pedro. Pura liturgia.
El comandante Fidel Castro oficia en la tribuna, abriendo las sesiones con su habitual discurso de siete horas. Su hermano Raúl se encarga de los intermedios de buen humor: el anuncio de que Ronald Reagan ha enviado su saludo al Congreso con tres estallidos de avión supersónico espía en el filo del espacio aéreo de Cuba. La asistencia puntúa el discurso con aplausos en los momentos previsibles, como el ritual amén de los católicos en los pasajes claves de la misa: las alusiones al heroico pueblo nicaraguense, al heroico pueblo angolano al heroico pueblo salvadoreño... No es que esté mal, pero tampoco se puede decir que haya mucho suspenso. En el amplio auditorio hay cerca de dos mil delegados, con una considerable proporción de uniformes militares: generales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, coroneles del Ministerio del Interior, campesinos y obreros cargados de medallas al Trabajador Heroico o cosa parecida. Un millar de invitados, sin contar periodistas. Representantes de docenas de los más remotos e ignotos partidos comunistas o movimientos de liberación del planeta: el Tudeh del Irán, el PC de Luxemburgo, el Movimiento Chinchonero de Honduras, el Movimiento para la Unidad Nacional de San Vicente y las Granadinas. En los entreactos se toma café, se intercambian recuerdos de guerras revolucionarias, se entrechocan medallas.
El largo Informe Central de Fidel se inicia con la recitación de los logros de la Revolución en los cinco años transcurridos desde el último Congreso, que son impresionantes. Pese al bloqueo, pese al agobio creciente de los gastos de defensa, pese a su propia burocracia, Cuba ha logrado verda deras proezas de progreso social y crecimiento económico, que se resumen en una expansión sostenida del 7.3% anual. El Informe detalla todo eso en interminables porcentajes y datos sobre industrias sideromecánicas combinados textiles, disminución de accidentalidad laboral, pesca de camarón, producción de cajas corrugadas. Cómo será la cosa que a pesar de que quien habla es un orador de la talla de Fidel Castro, y quienes escuchan son en su mayoría Héroes del Trabajo, hay gente que cabecea y hasta se duerme a pierna suelta, despertando con un sobresalto cuando llega el amén de los aplausos. Algunos periodistas particularmente disciplinados toman notas. Pero luego viene, como un viento de frescura, la parte crítica o autocrítica del Informe: "Subsisten evidentes deficiencias y fallas que debemos señalar por su nombre", dice Fidel. Y entonces se despierta el entusiasmo no sólo de los delegados, sino de los cubanos en su conjunto: "Ah, Fidel sí sabía que aquí la burocracia se estaba comiendo cruda la Revolución. Pero ahora sí, que tiemblen los burócratas: ¡llegó el Comandante y mandó a parar!".
Los burócratas, sin embargo, no parecen temblar. Ahí siguen, impertérritos. Muchos de ellos aplauden. Los cubanos, confusos, se disculpan ante los invitados extranjeros: "Eso es aquí en La Habana, compañero, pero si va al interior, !qué cuadros!".
Pero eso habrá que verlo en el próximo Informe Central, dentro de cinco años. Entretanto, Fidel pasa a la parte internacional. Un ataque violento --y razonado-- al imperialismo norteamericano. Una defensa vehemente del intervencionismo soviético. Ambas cosas serán reforzadas tres días más tarde, en la larga improvisación irónica y sarcástica con que el Comandante clausurará el Congreso exhortando a Reagan a hacerse una autocrítica, dándole las gracias por haber llevado a la Revolución cubana, mediante su política de agresión, a ser hoy más fuerte que nunca, criticando a la prensa internacional por su empresa de desinformación de la opinión mundial, y anunciando victorias. "Yo veo mal al imperialismo", dirá Fidel, "francamente lo veo muy mal...".
Entre el Informe Central y el discurso de clausura ha pasado el Congreso propiamente dicho, con interminables saludos de las delegaciones extranjeras y sentidos discursos de delagados cuyo interés no pasa de ser local, más la aprobación de diversas resoluciones: sobre política internacional, sobre planificación de la economía, sobre el programa del partido. Y, naturalmente, con la elección del nuevo Buró Político, Secretariado y Comité Central: en total, más de dos centenares de personas.
La explicación de los cambios, que son el meollo de la cuestión, decepcionó bastante a quienes esperaban un huracán de novedades, casi una revolución como la que está haciendo Gorbachev en la Unión Soviética. Salieron del Buró Político, pero permanecen en el Comité Central, dirigentes históricos como los comandantes Ramiro Valdés o Guillermo García. Y eso es verdaderamente novedoso en un país socialista, donde por lo general los cargos se conservan hasta la muerte, natural o violenta. Fidel explicó, sin embargo, que no se trataba ni mucho menos de censurar a nadie, puesto que sus viejos compañeros conservan su prestigio intacto y pasan a ocupar nuevas responsabilidades, sino simplemente de abrir campo, por una necesidad casi física: para que las reuniones del Comité Central "no se tengan que hacer en el teatro Carlos Marx", que es el más grande de Cuba.
Ese campo así abierto permite una renovación. Pero los criterios anunciados por Castro para hacerla dan la idea de una renovación más bien mecánica, e incluso burocrática: "Una inyección de mujeres, una inyección de negros, una inyección de jóvenes".
¿Mujeres? No salta mucho a la vista lo que hay de renovador en "inyectarle" al Buró Político a Vilma Espín, que es mujer, sí; pero es la esposa de Raúl Castro, es una de las heroínas históricas de la Revolución desde el asalto al Moncada hace treinta años, y su preeminencia en Cuba no es ninguna novedad. Es casi como si se interpretara el mantenimiento como Primer Secretario del partido del propio Fidel, que tiene 59 años, como una "inyección de viejos" a los cuadros de mando. Por ser así, simplemente mecánicas, las tres "inyecciones" renovadoras tienen algo de demagógico. "Pedagógico", corrigen los cubanos. Lo que hace Fidel Castro es enseñar, desde la cima del partido, que las discriminaciones machistas y racistas que aún perduran en Cuba, no en las leyes, pero sí en la práctica social, deben desaparecer por completo. Y en cuanto al llamado a los jóvenes, hay algo en él de examen de conciencia: es la primera vez en su vida que Fidel, que llegó al poder apenas rebasados los treinta años, se enfrenta al fenómeno inaudito de que el PC de la URSS tiene un Secretario más joven que él.
Mecánicos o no, aparentes o no, los cambios en Cuba revelan sin embargo una verdad: que para haberlos hecho es necesario que la Revolución cubana se sienta, como afirmó Fidel Castro en su discurso, "más fuerte que nunca". Y lo mismo puede decirse de la crítica a las deficiencias y fallas del sistema y de los hombres que lo manejan. Como también dijo Fidel refiriéndose al detalle de que últimamente ha dejado de fumar, no lo ha hecho porque tenga cáncer, como han especulado las agencias internacionales, ni porque no le guste el tabaco cubano, que según él sigue siendo el mejor del mundo; sino por dar ejemplo.--
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