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| 7/18/1994 12:00:00 AM

CUMBRE EN EL CARIBE

La IV Cumbre Iberoamericana de Cartagena fue un nuevo ejercicio de integración cuyos efectos sólo se sentirán a largo plazo.

DESDE EL MOMENTO EN QUE SE CANDIDATIzó a Cartagena de Indias para ser sede de la IV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, el presidente César Gaviria manifestó su preocupación. La sede anterior, Salvador de Bahía, en Brasil, había presenciado un acto exageradamente protocolario y acartonado, los presidentes habían estado incómodos y su costo, 20 millones de dólares, hacía que se cuestionara la utilidad de la reunión en términos de costo-beneficio.

Por eso al aceptar por fin la nominación, el imperativo fue que esta vez saliera mucho mejor, y más barata, y por lo visto ese objetivo se logró con creces. Bajo la dirección del viceministro de Relaciones Exteriores, Luis Guillermo Grillo, y del ex cónsul en Nueva York, Fernando Panesso Serna, el acto resultó a pedir de boca. Los participantes estuvieron felices, las señoras pudieron pasear por Cartagena y el país obtuvo la promoción que significa la presencia de varios cientos de periodistas extranjeros, todo por la módica suma de unos dos millones de dólares. Y lo único para mencionar fue el descontento de algunos sectores de los periodistas acreditados, quienes se quejaron de la imposibilidad del acceso a los presidentes, lo que redujo el cubrimiento de la gran mayoría a la pantalla de circuito cerrado de televisión instalada en la sala de prensa del Centro de Convenciones.

De los participantes convocados, el único que no asistió personalmente fue el presidente de República Dominicana, Joaquín Balaguer, apurado por la edad y los problemas suscitados por los recientes comicios en los que su reelección resultó impugnada. De nuevo estuvo el rey de España, don Juan Carlos, en el primer plano de la representación compartida con el presidente del gobierno, el acosado Felipe González. Y, como siempre, el gran protagonista, el objeto de todas las miradas, fue el presidente cubano Fidel Castro.

El legendario comandante produjo una verdadera conmoción al presentarse a la ceremonia inaugural sin su tradicional uniforme verde oliva, el que cambió por una guayabera blanca. Los observadores más agudos señalaron la carga simbólica del gesto, porque, entre otras cosas, el uso de la guayabera no permite el chaleco antibalas que era de rigor para uno de los hombres más odiados por sus opositores.

No está muy clara la razón para que Castro se haya despojado de su guerrera, pero tiene mucho que ver con el clima descomplicado y relajado que Gaviria quiso darle a la reunión. Un clima que hizo que, entre otros detalles, Juan Carlos de Borbón se sintiera evidentemente incómodo por tener que hacer su entrada al escenario del auditorio Getsemaní, lo que le hizo murmurar, entre jocoso y molesto, "qué hace un rey sin su chaqueta".

Pero ese tono informal contribuyó al éxito de la reunión y al que se ha señalado como el objetivo principal el acercamiento personal de los gobernantes, que es la plataforma a partir de la cual se han ido consiguiendo resultados más concretos. Lo cierto es que la cumbre tocó de nuevo temas fundamentales, como el derecho internacional, la educación y la cultura, la tecnología, la infancia y la seguridad social. También estuvieron en la agenda asuntos puntuales como el llamado a la solución del conflicto creado por la anexión forzosa de la isla de Timor Oriental por Indonesia, que es un tema crucial para Portugal; el apoyo a Honduras para que integre el Consejo de Seguridad de la ONU y otros menos definidos, como la preocupación por el crecimiento desmesurado de las ciudades y el impulso a la colaboración internacional en la lucha contra el narcotráfico.

Y, como de costumbre, la cuestión cubana, cuya persistencia deja la sensación de que, cuando se resuelva, los foros latinoamericanos serán mucho más aburridos. El Fidel Castro de guayabera simbolizó que entre los gobernantes iberoamericanos se siente entre amigos, lo cual no es raro si se tiene en cuenta que el comercio de Cuba con Latinoamérica se ha triplicado en los últimos cinco años y que la mayoría de los presidentes de la región son cada vez más abiertos en sus críticas al bloqueo instaurado contra la isla.

Castro no consiguió una condena explícita a Estados Unidos, aunque el documento final pide la eliminación de ese tipo de sanciones. Pero los presidentes tampoco consiguieron que el cubano cediera a sus llamados a que democratizara la isla. Sin embargo el tono de todas las discusiones fue cordial, con Castro en una actitud conciliatoria y, como dijo un testigo, "receptiva". Y esa conclusión podría predicarse de lo único que se puede mencionar como logro concreto de esta y todas las cumbres: que el contacto personal, el abrazo, el estreche de manos y la charla descomplicada hacen mucho más por la integración que mil embajadores. Esa, la creación y el crecimiento de una verdadera conciencia latinoamericana, es el éxito de este tipo de reuniones, porque por ese camino los resultados concretos son sólo cuestión de tiempo.-

POR FIN EL G-3
EN LA NOCHE DEL LUNES, EN un balcón de la casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena, los presidentes de Colombia, México y Venezuela firmaron el que, según los analistas, es el acuerdo de liberalización más ambicioso alcanzado hasta ahora entre países latinoamericanos. El que ya se llama Tratado de Libre Comercio del Sur agrupa a una población de más de 145 millones de personas, exportaciones por 50.000 millones de dólares e importaciones por 60.500 millones, con un producto interno bruto de 373.000 millones de dólares, es decir, el 35 por ciento del total de América Latina.

El camino hasta esa sencilla ceremonia, a la que sólo asistió un grupo de empresarios y periodistas de los tres países, no fue, sin embargo, un lecho de rosas. Se trataba en la práctica de una negociación de Colombia y Venezuela con México, ya que esos dos países ya habían llegado a la liberalización de su intercambio, tanto a nivel bilateral como por medio de la zona de libre comercio del Pacto Andino. Y muchos gremios, sobre todo los colombianos y venezolanos, intentaron detener el proceso por el temor de la invasión de la economía más fuerte.

Cuando el tratado entre en vigor, en enero de 1995, se espera que el intercambio comercial suba de 800 millones de dólares a más de 20.000. Ahora sólo falta esperar la ratificación por parte de los respectivos congresos, algo que los presidentes dieron cómo virtualmente seguro, aunque se teme que en Venezuela, dada la crisis que vive ese país, se puedan presentar problemas.

La ironía es que ninguno de los tres presidentes que hizo posible el acuerdo estará en funciones cuando comience su vigencia. Salinas y Gaviria, por el término de su mandato. Y el anterior mandatario venezolano, Carlos Andrés Pérez, destituido y encarcelado.


OFENSIVA TOTAL
LA CUMBRE IBEROAMERICAna de Cartagena se convirtió en un nuevo escenario de la confrontación entre las organizaciones de cubanos emigrados y el gobierno de la isla. La campaña de los exiliados para sabotear la presencia del presidente Fidel Castro y el éxito de sus gestiones parece muy bien orquestada. Según el gobierno de La Habana, la ocupación de las embajadas de Bélgica y Alemania en la capital fue planeada para que coincidiera con la cumbre y ensombreciera la visita de Castro.

Se trata de una ofensiva motivada, según parece, por el creciente respaldo al reingreso de Cuba a la Organización de Estados Americanos y por las declaraciones que diversos foros internacionales, como el Sistema Económico Latinoamericano (SELA) y el Movimiento de Países No Alineados, hicieron en las últimas semanas contra el bloqueo comercial unilateral impuesto a la isla desde los años 60 por Estados Unidos.

Esa estrategia parece tomar dos caminos diferentes: el del diálogo, preconizado, en lo que parece un cambio de estrategia, por algunos sectores afines al periodista Carlos Alberto Montaner, y otros que están recurriendo a la intimidación física y a las amenazas de terrorismo.

La semana pasada varios medios de comunicación colombianos recibieron un comunicado de prensa del grupo Alpha 66, con sede en New Jersey (Estados Unidos) y firmado por Andrés Nazario Sargen, Diego Medina y Hugo Gascón Córdoba. En el escrito declaran a los presidentes César Gaviria, Itamar Franco, Rafael Caldera y Carlos Salinas de Gortari "enemigos de la causa por la libertad de Cuba", y decretan un boicot contra los productos de sus respectivos países. Como si eso fuera poco, dicen que "extenderemos las acciones militares y civiles del plan Máximo Gómez, en su etapa 'punto final', a los territorios mal gobernados por esos traidores", a tiempo que amenazan la cumbre de Cartagena, cuando "nuestros comandos estarán presentes en el justo minuto de los acontecimientos y podrán determinar el desenlace de la victoria".

Esos comandos terroristas no aparecieron por la Ciudad Heroica, pero sí lo hicieron otros cubano-estadounidenses, acreditados bajo bandera del país del Norte, y quienes dicen tener una actitud conciliatoria y de diálogo. Uno de ellos, José Ignacio Rasco, residente en Miami y presidente del Partido Demócrata Cristiano de Cuba, dijo a SEMANA que su grupo pertenece a la Plataforma Democrática Cubana, organismo integrado también por socialdemócratas y liberales. Autocalificado de "centro-izquierda", sostuvo "no tener escrúpulos" en dialogar con "el enemigo" para solucionar la crisis sin derramamiento de sangre, y que venía del cono sur de entrevistarse, entre otros presidentes, con Eduardo Frei, de Chile, lo que fue desmentido por el canciller de ese país.

Dijo haber tenido diálogos extraoficiales con sectores "aperturistas " del gobierno de la isla, que están enfrentados a los "inmovilistas ". Y en su momento no vaciló en comparar a Castro con dictadores de la talla de Hitler, Stalin, Mussolini y Perón, lo cual, por lo menos, pone una sombra de duda sobre la verdadera disposición de ese grupo a un diálogo que piden "abierto, respetuoso y digno".-
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