Lunes, 16 de enero de 2017

| 1986/11/17 00:00

CUMBRE ESCARPADA

Reagan y Gorbachev volvieron a demostrar que las cumbres entre las potencias sirven para muy poco.

CUMBRE ESCARPADA

A diferencia de aquella histórica partida de ajedrez en que el norteamericano Bobby Fischer derrotó al soviético Boris Spassky en el mismo helado escenario de la bahía de Reikiavik, esta vez en el encuentro entre el presidente norteamericano Ronald Reagan y el secretario general del Partido Comunista soviético Mijail Gorbachev, no se puede decir que hubo un triunfador.
Después de haber estado, según los expertos, más cerca que nunca de lograr un principio de acuerdo en la limitación de armamento, tanto el Presidente norteamericano como el líder soviético, tuvieron que regresar a sus respectivos países con las manos vacías. Las diferencias surgidas en torno de la conocida "Guerra de las Galaxias" dieron al traste, después de más de 11 horas de diálogo durante dos días, con las expectativas generadas en todo el mundo alrededor de la precumbre. Y al mismo tiempo -al menos por ahora- con las aspiraciones tanto de Reagan como de Gorbachev de hacerse acreedores a un puesto destacado en la historia, por sus logros en una materia que a través de los años se ha ido convirtiendo en uno de los ejes de las relaciones Este-Oeste.

OFENSA Y DEFENSA
Si bien, naturalmente, tanto uno como otro tratan de hacer caer todo el peso de la responsabilidad del fracaso sobre los hombros de su contendor, la decisión de a quién debe dirigirse el dedo acusador, depende del cristal con que se mire. El presidente Reagan y sus asesores creían que Moscú iría preparado para alcanzar acuerdos tentativos en materias como, por ejemplo, los misiles de alcance medio, sin intentar resolver primero lo concerniente a las defensas basadas en el espacio. Para Gorbachev, sin embargo, cualquier tipo de acuerdo dependía exclusivamente de la voluntad de los norteamericanos para detener el programa de "Guerra de las Galaxias". Y ambos tenían motivos para pensar de esa manera. Las declaraciones recientes de norteamericanos y soviéticos sobre la materia y, ante todo, la prontitud con que unos y otros accedieron a realizar la cumbre en Islandia, después de encontrarse a raíz del caso Daniloff supuestamente en uno de los momentos más tensos en las relaciones entre los dos países, así permitían entreverlo.
Al final, no obstante, ninguno de los dos estuvo dispuesto a sacrificar sus intereses. Mientras Reagan no estaba preparado para renunciar a su sueño de un sistema de defensa antimisiles, Gorbachev tampoco lo estaba para pagar un alto precio por nada.
Los acuerdos iniciales en materia de desmantelamiento de misiles de alcance medio en Europa, reducción en el número de los de alcance corto y eliminación paulatina de las pruebas nucleares, constituían, ante todo, concesiones de los soviéticos, cuya superioridad en armas ofensivas es indudable.
Pero a cambio, la URSS pedía la prohibición durante el término de 10 años de la implementación e incluso experimentación fuera de laboratorio de misiles defensivos, lo cual significaba detener el programa de "Guerra de las Galaxias" por lo menos durante una década. "Si vamos a limitar y finalmente eliminar los misiles ofensivos, ¿para qué tener misiles defensivos?", fue el argumento expresado por Gorbachev. Para Reagan y sus asesores la razón es clara: no confían suficientemente en los soviéticos y por consiguiente, no están dispuestos a correr el riesgo de acabar con sus sistemas defensivos sin poder corroborar a ciencia cierta que los soviéticos están haciendo lo propio con sus sistemas ofensivos.
En cuanto a los otros temas que Reagan llevaba a la reunión, como los relativos a los derechos humanos, particularmente a la emigración de judíos de la URSS, la intervención en Afganistán y otros conflictos regionales en el Medio Oriente, Suráfrica y Centroamérica, se quedaron, como es obvio, dentro del tintero.
El desacuerdo deja sin piso, por lo menos por ahora, la posibilidad del viaje de Gorbachev a los Estados Unidos, que se pensaba se realizaría a comienzos del año próximo. La posición de Gorbachev había sido clara al respecto: sin posibilidades de lograr un acuerdo concreto en materia de armamento (léase "Guerra de las Galaxias"), no habría viaje.

Y AHORA, ¿QUE?
Las reacciones inmediatas al interior de los dos países no trajeron sorpresa alguna. En los Estados Unidos, tal como lo habían anticipado los comentarios y críticas que antecedieron la reunión, mientras los sectores más conservadores se reafirmaron en su tesis de que la cumbre constituía ante todo una "trampa de los soviéticos" para tratar de colocar en desventaja militar a los Estados Unidos, los progresistas expresaron su abierto descontento frente a la actitud de Reagan de haber colocado el programa de misiles defensivos por fuera de toda consideración. "Parece que la "Guerra de las Galaxias" fuera más importante para esta administración que lograr un verdadero acuerdo en materia de control de armamento", manifestó el senador Gary Hart, demócrata de Colorado y ex candidato a la Presidencia de los Estados Unidos.
En la URSS, tras una inusual alocución televisada de Gorbachev informando sobre los resultados de la cumbre, tanto la misma televisión como la agencia Tass dieron a conocer comentarios en que se reflejaba el argumento, al parecer generalizado entre los soviéticos, de que Reagan asistió a la cumbre con "las manos y los bolsillos vacíos" y rompió las conversaciones cuando hubiera podido llegarse a un acuerdo histórico. No obstante, según medios de comunicación occidentales, en círculos privados se cuestionaba el hecho de que Gorbachev hubiera ofrecido desde un comienzo el paquete de concesiones a cambio de algo tan improbable como el congelamiento de la "Guerra de las Galaxias"; hecho que si bien propagandísticamente podría representar una victoria para el soviético, en términos reales lo deja, de todos modos, sin resultados tangibles, y necesariamente implica un alto en el diálogo soviético-americano, en el cual había invertido un esfuerzo considerable.
Qué viene ahora en las relaciones entre los dos países es aún algo incierto. Por un buen rato se seguirán escuchando reiteradamente los clamores de victoria de uno y otro lado: el gobierno soviético, reclamando para sí el haber demostrado una mayor voluntad política para lograr un acuerdo que la expresada por Reagan, y el gobierno norteamericano, tratando de convencer a la opinión pública de que la reunión no representó un revés para los intereses de los Estados Unidos sino por el contrario un fortalecimiento. Pero una vez el eco del fracaso enmascarado de Reikiavik deje de escucharse, muy posiblemente volverán a coquetear unos y otros en busca de un nuevo pretexto para sentarse otra vez a la misma mesa y reiniciar el show en busca de otro potencial acuerdo. El unico problema es que -tal como lo dijera el New York Times en su editorial- "los acuerdos potenciales no acaban con los misiles".







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