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| 10/30/2011 12:00:00 AM

Daniel, el supremo

Aunque con seguridad el sandinismo se va a mantener en la Presidencia de Nicaragua, los métodos para lograrlo dejan mucho que desear.

Decir que Daniel Ortega va ser reelegido el próximo 6 de noviembre no es una apuesta arriesgada. El líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y exguerrillero no solo ha tenido buenos resultados económicos, sino que se enfrenta, con una maquinaria aceitada y enormes recursos financieros, a una oposición dividida. Además, con tácticas que muchas veces rozan con lo ilegal, controla gran parte del Estado y se ha asegurado de que nadie ni nada pueda hacer tambalear su reelección.

A dos semanas de los comicios, todas las encuestas lo dan por ganador, con por lo menos 40 por ciento de los votos. Le sigue Fabio Gadea, hombre de medios, de la Alianza Partido Liberal Independiente, de centro derecha, que se llevaría el 30 por ciento de los sufragios. Y en la cola, el expresidente Arnoldo Alemán, exaliado de Ortega, que solo sería elegido por el 10 por ciento de los nicaragüenses.

En enero de 2010, Ortega dio el primer paso para perpetuarse en el poder. Con un decreto presidencial extendió de facto el periodo de varios altos funcionarios a los que se les había terminado su mandato constitucional. Entre estos, los magistrados del Consejo Supremo Electoral (CSE), dominado por el sandinismo. La oposición calificó la medida de “decretazo”, pues los magistrados son en teoría elegidos por la Asamblea Nacional, en la que el FSLN no es mayoría.

El siguiente paso de Daniel Ortega fue imponer su candidatura. La Constitución de Nicaragua prohíbe explícitamente a quien ya fue presidente dos veces volverse a presentar, así como tener dos mandatos presidenciales seguidos. Ortega tiene ese inoportuno doble impedimento. Ya fue presidente entre 1985 y 1990 y volvió a ser elegido en 2006. Pero al ‘presidente comandante’, como le dicen, no le tocó cambiar la Constitución, costumbre que tienen muchos de sus colegas latinoamericanos. Gracias a una increíble pirueta jurídica, su candidatura fue aceptada por la Corte Suprema de Justicia. Los magistrados evocaron la Declaración de los Derechos del Hombre, de la Revolución francesa y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, que proclama “el principio de la soberanía, el cual establece que el poder reside en el pueblo”, para anular la Constitución y asegurarle a Ortega una tercera Presidencia.
Para la conveniencia de Ortega, la decisión vuelve la Constitución inconstitucional. Incluso algunos editorialistas llamaron, con ironía, a imitar a su presidente y violar abiertamente la Carta Magna, pues jurídicamente no tiene efecto. Como si el ambiente no estuviera lo suficientemente enrarecido, en ciudades opositoras como Siuna o San Juan del Río Coco no pasa una semana sin que la gente salga a la calle y se enfrente con la Policía. Se quejan porque el gobierno no les ha tramitado sus cédulas, obligatorias para ir a las urnas.

También hubo escándalo por otro decreto, que integró tres municipios que no son sandinistas al departamento de Chontales, en el que nació el presidente. La oposición teme que esos votos terminen canibalizados por el FSLN. Y además, la semana pasada, el Consejo Supremo Electoral anunció que estaba analizando la posibilidad de eliminar a 51 candidatos del partido de Fabio Gadea. El objetivo del ‘comandante Daniel’ es claro: conquistar la Asamblea Nacional. Ya anunció que iba a obtener por lo menos 60 de los 90 escaños. Por ahora, el FSLN tiene solo 38.

Su campaña se basa en su buen balance económico, pues en los últimos cuatro años Nicaragua creció por encima del 3 por ciento, se controló la inflación y con programas sociales se ha reducido la pobreza. Ortega también tiene ahora un enérgico discurso evangélico, influenciado por su esposa, Rosario Murillo. Según lo reveló Voz y Voto, un observatorio electoral nicaragüense, documentos del FSLN definen su estrategia como “la Campaña del Bien Común. La campaña donde Dios obra milagros, para que el bien se establezca. Somos amor, paz y vida”. Un discurso que, aunque no lave los pecados políticos de Ortega, hasta ahora le está asegurando la multiplicación de sus periodos presidenciales.
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