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| 5/9/2015 10:00:00 PM

¡Cameron otra vez!

La inesperada y contundente victoria de los conservadores ingleses y de los nacionalistas escoceses ponen en duda la integridad misma del Reino Unido.

Ni los partidos, ni los analistas, ni las encuestas, ni los propios candidatos lo vieron venir. Lo que hasta pocos días antes de las elecciones parecía un cerrado empate entre los principales partidos británicos, se resolvió el viernes por knockout. El oficialista Partido Conservador no solo fue el más votado, sino que logró con creces la mayoría de los sufragios, por lo que podrá conservar el liderazgo del país sin tener que hacer coaliciones. Con visible satisfacción, el primer ministro David Cameron describió los 331 escaños conseguidos (el 51 % del total) como “la más dulce de las victorias”.

En efecto, su partido ya no tendrá que gobernar con los Liberales-Demócratas (Lib-Dems), sus socios en el poder desde hace cinco años, quienes estuvieron además entre los grandes damnificados de la jornada electoral. Aunque su líder, Nick Clegg, conservó su curul, el partido sufrió una debacle de proporciones históricas, pues perdió más del 85 % de sus escaños, no aumentó sus cifras en ninguna circunscripción y quedó convertido en un partido menor. De hecho, logró menos curules que los dos partidos unionistas de Irlanda del Norte, que sumados tendrán 11 parlamentarios en el parlamento de Westminster.

A su vez, el laborista Edward Miliband salió por la puerta trasera de la política británica al haber sido incapaz de canalizar el descontento de muchos que prefirieron la seguridad de una relativa recuperación económica a un panorama incierto de mejoras sociales. Como si eso fuera poco, a la derrota en Inglaterra se sumó la humillación de haber sido prácticamente barrido en Escocia, uno de los fortines electorales de la izquierda británica. De las 41 curules que consiguió en las elecciones de 2010, solo conservaron una.

Y aunque aún es temprano para saber cómo evolucionará el Partido Laborista, sí se puede prever una profunda lucha fratricida en su interior. Por un lado, están quienes ven la derrota como una consecuencia del viraje a la izquierda que Miliband trató de darle a su partido, descuidando el centro del espectro político, al que el partido de Cameron sí supo conservar. Por el otro, están aquellos que sienten que la izquierda está pagando el acercamiento a los círculos financieros y a las políticas conservadoras del Nuevo Laborismo, promovidas por Tony Blair.

De cualquier modo, quienes cosecharon los frutos de los desastres combinados de los Lib-Dems y de los laboristas fueron los miembros del Partido Nacionalista Escocés (SNP), que alcanzaron un resultado que no habían considerado ni en sus cálculos más optimistas. De la mano de la talentosa Nicola Sturgeon –que asumió su liderato tras la victoria del No en el referendo de septiembre del año pasado– el SNP conquistó casi la totalidad de los escaños de Escocia, la única región en la que compitió. Y aunque durante la campaña ese partido excluyó la posibilidad de organizar un nuevo referendo, con los resultados de las elecciones esa cuestión vuelve inevitablemente a estar sobre la mesa.

A su vez, la votación de esta semana le da nuevas alas al otro referendo que los británicos tienen pendiente: el de la pertenencia de su país a la Unión Europea (UE). Según prometió Cameron a lo largo de su campaña, su partido organizará en 2017 una consulta popular sobre ese tema. Y aunque las encuestas muestran un electorado profundamente dividido al respecto, el nivel de votación alcanzado por el eurófobo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) es un fuerte indicio del respaldo con el que cuenta una eventual salida de los británicos de la UE. Aunque su líder, Nigel Farage, no pudo lograr un escaño y renunció a su cargo, su agrupación logró casi 4 millones de votos.

Debido a las particularidades del sistema electoral británico –cuyo resultado final solo tiene en cuenta al ganador de cada circunscripción, y desecha los segundos lugares– los sufragios del UKIP solo se tradujeron en una curul. Sin embargo, ese caudal de votos antieuropeos, sumado a los de cientos de miles de conservadores desencantados con las políticas de Bruselas, sí podría convertirse en argumento de peso en un referendo, un tipo de consulta en el que cada sufragio se refleja en el resultado final.

Esa posibilidad tiene con los pelos de punta no solo a los mercados financieros y a los otros países de la UE. Como le dijo a SEMANA Tim Oliver, especialista en Relaciones Transatlánticas de la London School of Economics, “las consecuencias se sentirían más allá de lo económico. Una eventual salida de la UE no solo afectaría las relaciones entre Europa y Reino Unido, sino también entre este y Estados Unidos. A su vez, subrayaría las diferencias entre las regiones que quieren separarse de la UE, y las que quieren permanecer en ella, como Escocia”.

Y, en efecto, si el resto de los británicos opta por cortar sus vínculos con Bruselas, el resultado de esta semana les dará nuevos argumentos a los independentistas del SNP. Estos previsiblemente lo leerán como una nueva imposición de Londres, que los ‘obligaría’ a separarse del continente, donde se manejan políticas socialdemócratas mucho más afines a las suyas. Pese a la derrota sufrida a finales de 2014, cuando el 55 % de los votantes escoceses se inclinó por el No, los cambios registrados por los últimos comicios son un nuevo indicio de los profundos vientos de cambio que soplan en el lado norte del canal de la Mancha.

Como le dijo a esta revista Andrew Scott Crines, profesor de Política Británica de la Universidad de Leeds, “el Reino Unido tal y como lo conocemos ya está muerto. En su lugar, es esperable que se desarrolle una federación más descentralizada, en la que el parlamento de Westminster goce de una influencia cada vez menor en los países que lo componen. De hecho, el periodo por el que estamos atravesando podría describirse como el ‘Zombi Unido’”.

Los números sí mienten


Además de algunos políticos que se jugaron su carrera, las encuestas fueron las grandes perdedoras de estos comicios.

Treinta y seis horas antes de la apertura de los centros de votación, muchas encuestas les daban una ligera ventaja a los laboristas. Otras se inclinaban por los conservadores. La mayoría hablaba de un empate entre los dos partidos. Pero lo cierto fue que ninguna se acercó –ni de lejos– al resultado final. El desacierto fue de tal magnitud, que incluso cuando la BBC publicó su sondeo a boca de urna muchos reaccionaron con incredulidad. Dentro de las explicaciones que se han adelantado se encuentran la falta de sinceridad de los votantes, un cambio de tendencia de última hora o las dificultades que plantean las tecnologías móviles de internet. Pero por ahora, lo único seguro es que la reputación de los encuestadores británicos quedó por el suelo.
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