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| 2/21/2000 12:00:00 AM

De amores y odios .

El último desplante de Hugo Chávez a Estados Unidos es un nuevo elemento en una relación agridulce entre los dos gobiernos.

Venezuela, bajo el gobierno de Hugo Chávez, se ha vuelto una novia esquiva para Washington. Y no es para menos. Desde que fue elegido el presidente venezolano ha viajado tres veces a Estados Unidos y en dos de ellas se ha reunido con el presidente Bill Clinton. Pero sus desplantes autoritarios en la Constituyente, sus estrechas

relaciones con Fidel Castro, sus coqueteos ideológicos con la guerrilla colombiana y muchos otros ‘detalles’ hacen de Chávez un hueso duro de roer para los gringos. Como dijo un experto del gobierno norteamericano a SEMANA, “Chávez es un presidente escogido democráticamente por una gran mayoría, y sin embargo sus acciones parecen poco democráticas. Uno no sabe muy bien cuál Chávez es el verdadero”.

El último hecho se presentó con dos unidades de la Armada estadounidense. Los buques USS Nashville y el USS Tortuga traían 833 hombres —46 oficiales y 787 técnicos militares— con equipos y maquinaria pesada. Iban a contribuir en la remoción de escombros y en la restitución de vías en el litoral de Caracas, destruidas en las avalanchas del 15 de diciembre. Pero cuando ya habían zarpado hacia Venezuela fueron rechazados repentinamente por Chávez a pesar de que la ayuda había sido solicitada por el propio ministro de la Defensa, Raúl Salazar. Eso, y que la puesta en marcha de la operación ya había costado 20 millones de dólares, explica la callada irritación que recorre a Washington.

No parece tratarse de un hecho aislado. Como dijo a SEMANA el politólogo Diego Bautista Urbaneja, las relaciones entre ambos países son “difíciles, complicadas y tensas. Hay cierto antiyanquismo en el gobierno venezolano y un estilo ideológico en las relaciones. Estados Unidos ha preferido no darle gravedad al asunto ni hacer una confrontación abierta de las contradicciones que, obviamente, le incomodan. Más bien ha puesto su mejor sonrisa y decidió pasar por debajo de la mesa para no agravar las relaciones ya de por sí complicadas”.

Mucha crítica ha llovido sobre la actitud de Chávez. Los venezolanos, también disgustados, lo han considerado “un gesto de mal gusto” y “el error más grande de los muchos que el gobierno ha cometido en nombre del orgullo”. Los suspicaces sostienen que tuvo mucho que ver la sospecha de que el personal naviero venía no sólo a ayudar sino de paso a observar la labor de los 200 técnicos y médicos cubanos, además de ver en el terreno el combate contra el narcotráfico. Aspectos que el presidente Chávez habría considerado lesivos de la soberanía.

Pero por ahora nada indica que Estados Unidos esté en plan de agriar sus relaciones con el presidente de su mayor proveedor de petróleo. Con su aporte de 25 millones de dólares ese

país encabeza la ayuda internacional recibida por Venezuela. Aun presta asistencia en el transporte de carga y damnificados con cuatro helicópteros: dos Blackhawk y dos Chinook, y dos aviones 212 con 121 oficiales y 20 expertos en desastres.

El desplante de los buques es un nuevo episodio en esa especie de pulso que Chávez juega con Estados Unidos. No hay que olvidar que también prohibió el año pasado el sobrevuelo del espacio aéreo por parte de los aviones antinarcóticos de ese país con el argumento de la protección de la soberanía nacional. Aunque el comandante de la Fuerza Aérea, general Arturo José García, sostiene que el tránsito aéreo nacional está bien controlado, lo cierto es que en Washington se dice que el tráfico de los aviones narcos por los cielos de Venezuela ha aumentado a dos y tres vuelos por semana.

Para un presidente del perfil del venezolano exhibir cierta arrogancia frente a Estados es una carta de presentación ante su electorado. Pero en ese camino Hugo Chávez podría comenzar a transitar por un terreno movedizo.
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