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| 8/27/2011 12:00:00 AM

De beduino a sátrapa

Muamar Gadafi quiso ser un héroe del tercer mundo, un estadista internacional, el rey de África, pero al final no fue mucho más que un asesino patético.

Trataban de acapararlo todo. Corriendo por Bab al-Azizia, el opulento conjunto de residencias de Muamar Gadafi y su familia en Trípoli, ignorando las balas, los niños, las mujeres, los rebeldes imberbes agarraban lo que se les atravesara: pistolas bañadas en oro, estatuas, retablos y cuadros del Guía, pedazos de mármol, un Lamborghini blanco, muebles, elefantes dorados, joyas, lámparas, álbumes de fotos. En fin, las migajas de 42 años de dictadura en los cuales Gadafi quiso ser el Guía, el rey de reyes, el héroe mundial del antiimperialismo. Pero después de ese poder absoluto, del terrorismo, de sus revoluciones fallidas y sus guerras perdidas, todo lo que quedó fue un palacio saqueado como símbolo de su fracaso absoluto.

"Es insignificante", dijo el rey Idris a la BBC, el primero de septiembre de 1969, cuando se enteró en Turquía de que un grupo de jóvenes oficiales acababan de tomarse su palacio en Trípoli. Nunca volvió a su país. En ese momento Gadafi, de 27 años, era solo un capitán del Cuerpo de Señales. Pero su sonrisa amplia, su mirada negra, voluntariosa, su carisma, su locuacidad, su atractivo, lo pusieron a la cabeza de los oficiales golpistas.

Gadafi nació en 1942, bajo una carpa de piel de cabra en algún lugar del desierto de Siria. Hijo de una familia beduina que luchó contra el poder colonial de Benito Mussolini, el joven Muamar vio, maravillado, cómo al otro lado de la frontera Gamal Abdel Nasser lideraba la revolución egipcia, se enfrentaba a los paracaidistas ingleses y franceses y llamaba a los árabes del mundo a formar una sola nación. Gadafi escogió la carrera militar, convencido de que sería la vía más rápida para tomar el poder y completar ese sueño.

Y cuando tuvo la oportunidad, no dudó en intentarlo. Una vez consolidado como el hombre fuerte, Gadafi impuso un régimen socialista, islámico y nacionalista árabe. Expulsó las bases occidentales, logró contratos ventajosos con las petroleras, le dio educación y salud a su gente. Imitando a Mao, ese oficial ignorante publicó su filosofía en su Libro verde, que explica su "teoría de la tercera vía", una alternativa sin Estado al comunismo y al capitalismo, con el concepto de "jamahiriya" o "Estado de las masas", en el que los partidos son reemplazados por asambleas populares. "No hay una sola democracia en el mundo excepto Libia", proclamó el dictador. Pero en realidad, el país quedó sin instituciones y entregado a su familia y a sus aliados políticos.

En busca de la unión de los árabes, Gadafi multiplicó su ofensiva diplomática y logró en 1971 que Libia, Egipto y Siria se fusionaran en la República Árabe Unida. Sin embargo, su sueño, poco realista, terminó muy pronto. Gadafi resultó peleando con sus vecinos, tratándolos de "imbéciles" y aislado. Amargado, como un niño al que le han quitado su dulce, le ladró a la prensa: "Los tiempos del nacionalismo árabe y la unidad se fueron para siempre".

Pero su sueño de volverse "líder internacional, decano de los dirigentes árabes, rey de reyes de África e imán de los musulmanes" se volvió de pronto posible con la súbita alza del petróleo después de la crisis de 1973. Con los bolsillos llenos, trató de conquistar África. Metió sus narices en Uganda, Chad, Zaire, República Centroafricana, Sudán, Tanzania. Reinaba sobre una corte de presidentes, opositores, jefes rebeldes que dependían de su generosidad. Con multimillonarias inversiones en obras públicas, hospitalarias, turismo, agricultura, rompió su aislamiento diplomático y se compró un estatus de estadista.

Campeón del antiimperialismo, también financió y acogió a subversivos de toda pelambre. La lista es larga y abarca desde su amistad con el legendario venezolano Carlos Ilich Ramírez, el Chacal, hasta vínculos con el IRA irlandés y el Septiembre Negro palestino, pasando por las Brigadas Rojas italianas, el Baader Meinhof alemán o el grupo separatista vasco ETA. El romántico revolucionario se volvió un déspota siniestro después de instigar en 1986 un atentado a la discoteca La Belle en Berlín, que cobró la vida de tres personas -dos soldados estadounidenses-, bombas en los aeropuertos de Roma y Viena y de patrocinar pandillas en Chicago. Para acabar de una vez por todas con el que apodaba "el perro rabioso de Oriente Medio", Ronald Reagan envió 18 cazas a bombardear su palacio en Trípoli. No lo consiguió, pero en el ataque murió Ana, una hija adoptiva del coronel. Cada vez más encerrado en su delirio antioccidental, Gadafi decidió vengarse. Y lo hizo de la peor manera: con una bomba en un DC-10 de la aerolínea francesa UTA y con otra en un Boeing 747 de Pan Am, que explotó en 1988 sobre Lockerbie, Escocia. Esos 440 muertos llevaron a Libia al desastre. La comunidad internacional lo aisló y decretó un embargo a sus exportaciones. Pero acabar con el ego de un dictador es mucho más difícil. Cuando le preguntaron, antes de la guerra del Golfo, si ahora Sadam Hussein era el nuevo enemigo de Occidente, contestó, incrédulo: "¿Sadam enemigo número uno? ¡No, no. Gadafi es el número uno. Solo Gadafi!".

Como un Nerón del desierto, encerrado en su delirio, disfrazado de príncipe beduino o con ridículos uniformes, saqueó y oprimió cada vez más a su pueblo. A los medios les decía que Libia era el país más respetuoso con los derechos humanos, pero ejecutó tribus enteras, tenía a casi 20 por ciento de la población vigilando a sus vecinos, trató de borrar la cultura berebere, persiguió homosexuales y aplastó a la oposición. Solo su malicia, su habilidad para el engaño, la traición, sus movidas sorpresivas y su montaña de dinero lograron mantenerlo tanto tiempo en el poder.

Tras los atentados del 11 de septiembre y la invasión estadounidense a Irak, el Guía temió acabar como Sadam, con una cuerda al cuello. Cambió, dijo que ahora era pacífico, no subvencionó más terroristas, abandonó su programa nuclear, les pagó millonarias indemnizaciones a los familiares de las víctimas de Lockerbie y se volvió aliado de George W. Bush en su guerra contra el terrorismo. Esa Libia arrepentida y sus 45.000 millones de barriles de reservas de petróleo volvieron a ser presentables. Hombres de negocios, políticos y jefes de Estado volvieron a Trípoli.

Eso le dio un respiro a Gadafi, que pudo dar su última vuelta al ruedo sin que nadie dijera nada. Fue a París, donde le exigió a Nicolas Sarkozy un jardín para plantar su tienda beduina. En Italia, llegó rodeado de una guardia de jóvenes vírgenes y fanfarroneó clamando que "Europa se tiene que convertir al islam". Se despidió de Occidente con un patético llamado al yihad contra Suiza, después de que su hijo Hannibal fue arrestado en Ginebra por pegarles a sus sirvientes.

Megalomaníaco y provocador hasta el final, clamó hace poco que "si envían los libios al paraíso, se quejarían, pues ya están en el paraíso". Después de seis meses de guerra en Libia, hay más de quince mil muertos, cientos de mujeres violadas, prisioneros ejecutados, miles de refugiados en países vecinos, ciudades completamente arruinadas. Es el edén, pero de un tirano.
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