Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/08/31 00:00

De lobo a oveja

Muammar Gaddafi, el Ben Laden de los 70, está empeñado en que Libia deje de ser un Estado paria que patrocina terroristas.

La nueva actitud de Gaddafi se nota hasta en su indumentaria, que ha perdido en agresividad.

Como si se tratara de un alcoholico en proceso de rehabilitación el líder libio, Muammar Gaddafi, dice haber dejado su adicción al terrorismo. Y no se trata de cualquiera. El hombre fuerte de Trípoli fue durante décadas el mayor patrocinador de los movimientos subversivos del planeta, el mismo que dio apoyo y refugio a

movimientos de todos los pelambres, como la ETA de España, el IRA de Irlanda del Norte, la Jihad Islámica de Palestina, los Panteras Negras de Estados Unidos, el Abbu Sayyaf de los separatistas musulmanes de Filipinas, entre otros muchos.

Sus numerosos huéspedes y protegidos, entre quienes estuvieron Ilich Ramírez Sánchez, el infausto 'Chacal', y el sangriento Idi Amín Dada, recibieron no sólo posada sino armas y financiación para llevar su mensaje de muerte por el planeta. Gaddafi acumuló una fama sólo comparable con la de Osama Ben Laden hoy, y estuvo en la mira de los servicios secretos occidentales durante tres décadas. Su fama era tal que en 1980 los novelistas Dominique Lapierre y Larry Collins publicaron su libro El quinto jinete, en el que caracterizaron a Gaddafi como un líder loco dispuesto a detonar una bomba atómica en Nueva York.

Pero Gaddafi, un líder excéntrico e imprevisible, quiere dejar todo eso atrás y hacer que Libia deje de ser un país paria. Después de 15 años la ONU está en proceso de levantar lo que queda de las sanciones que pesaban sobre ese país.

La causa inmediata es que Gaddafi dio un viraje histórico al aceptar la culpa de su gobierno en el atentado al vuelo de Pan Am en 1988, que se estrelló en Lockerbie, Escocia, y que cobró la vida de 270 personas. Gaddafi reconoció la acción de Abdel Basset al Megrahi, el agente libio encontrado culpable de plantar la bomba, y se comprometió a pagar 10 millones de dólares como compensación a la familia de cada una de las víctimas.

Se trata en realidad del más reciente paso en un proceso que comenzó en 1999, cuando entregó a los acusados del atentado y aceptó que los juzgaran en una corte escocesa instalada en un país neutral, Holanda, lo que llevó a un congelamiento de las sanciones. Más tarde, cuando ocurrió el atentado del 11 de septiembre en Estados Unidos Gaddafi fue uno de los primeros líderes árabes en condenar el hecho. Desde entonces ha colaborado con Estados Unidos en labores de inteligencia para capturar a terroristas relacionados con Al Qaeda que operan en su suelo, como el Grupo Libio de Lucha Islámica.

La pregunta es si ese arrepentimiento es auténtico o si es una nueva jugada. En efecto, desde que Gaddafi derrocó en 1969 al rey Idrissi el Senussi, e impuso su particular concepción del socialismo panárabe, impregnado de mesianismo y secularismo, empezó a chocar con Occidente. El primer desencuentro se produjo cuando se involucró en el conflicto de la vecina Chad, lo que Estados Unidos condenó. La inteligencia estadounidense empezó a descubrir que Gaddafi brindaba apoyo económico y logístico a un amplio espectro de grupos terroristas. La situación llegó a un punto intolerable cuando amenazó con permitir bases soviéticas en su territorio.

Estas acusaciones motivaron al presidente Ronald Reagan a lanzar un ataque aéreo sobre Trípoli que dejó un saldo de 101 muertos, entre los que se encontraba la hija adoptiva de Gaddafi. Al poco tiempo la policía francesa detuvo al carguero libio Eksund para descubrir que llevaba armas al IRA. Desde entonces las agencias de inteligencia de Occidente también comenzaron a alertar el peligro de la base de Rabta, donde sostienen que Gaddafi ha producido al menos 100 toneladas de armas químicas. El atentado de Lockerbie y el inicial rechazo de Gaddafi a entregar a los agentes sospechosos desencadenó las sanciones de la ONU de 1993 y condujo al país a la condición de paria internacional. Y para completar, durante la primera Guerra del Golfo Gaddafi confirmó su calidad de enemigo de Estados Unidos al ponerse de parte de Saddam Hussein.

Pero como dijo a SEMANA Chester A. Crocker, experto en Libia del Council of Foreign Affairs, "el doloroso aislamiento al que fue sometido ese país ha dado resultados. En otras palabras, la política occidental ha funcionado en el tema del terrorismo con Libia". Gaddafi ahora acepta su "problema" y se compromete a renunciar a su adicción al terrorismo. Así, en un discurso conmemorativo de su revolución anunció que su país, que "durante años tuvo un comportamiento revolucionario dejará de ser un Estado rebelde y en adelante aceptará la legalidad internacional".

Además del desgaste económico que supuso el bloqueo el cambio tuvo que ver con varios factores.

Primero, la caída de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría incidió para que Gaddafi abandonara las concepciones socialistas de su 'libro verde'. Tanto, que en el mismo discurso en el que renunció al terrorismo dijo: "Ahora es la era de la economía, del consumo, los mercados y las inversiones. Eso es lo que une a la gente sin importar el idioma, la religión o las identidades nacionales".

En segunda medida, tras el fracaso de sus intentos por promover la unión árabe y la falta de apoyo recibida por parte de antiguos aliados como Egipto durante la época de sanciones, ahora

Gaddafi está centrado en Africa, donde su acción ha sido tradicionalmente más coherente. En 1999 Gaddafi intentó mediar entre Eritrea y Etiopía, más recientemente trató de apaciguar el conflicto del Congo y desde 2000 viene proponiendo la constitución de unos "Estados federales de Africa".

Por último, su cambio de actitud puede tener que ver con su política interna. Se dice que Gaddafi tiene una enfermedad terminal y que quiere dejar el poder a su hijo, pero existen otras facciones enfrentadas como los revolucionarios de viejo cuño, el último descendiente del rey de Libia y los fundamentalistas islámicos, ante cuya amenaza Gaddafi ha mostrado en los últimos tiempos un énfasis en una religiosidad que antes rechazaba.

Pero en ese camino hacia la rehabilitación internacional aún falta que Estados Unidos reconozca el esfuerzo. La semana pasada la Casa Blanca manifestó en un comunicado bastante duro que mantendría las sanciones unilaterales que impuso desde 1980 mientras las preocupaciones de derechos humanos y armas de destrucción masiva continúen. Washington desaprueba la cercanía de Gaddafi con líderes controvertidos, como el depuesto Charles Taylor de Liberia o Robert Mugabe de Zimbabwe y su posición inmutable contra Israel. Por todo eso Estados Unidos ha tomado con escepticismo la transformación de Gaddafi. Como dijo Crocker, "la confianza no puede ser una política para lidiar con Libia pues sigue siendo un régimen que debe ser vigilado y monitoreado".

No obstante, si Washington no acepta su palabra, terminaría dándoles la razón a los radicales que sostienen que no vale la pena conciliar con Occidente. Por eso lo más probable es que ahora que Gaddafi aceptó sus culpas y prometió ingresar al rebaño después de haber estado descarriado durante tantos años, comience una ronda de negociaciones bilaterales con Washington que llevaría a la completa rehabilitación del otrora villano internacional.

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