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| 4/2/1990 12:00:00 AM

De rojinegro a Violeta

En manos de los sandinistas y de los Estados Unidos queda buena parte del futuro del nuevo gobierno de Nicaragua

La década del 80 empezó con una revolución que derrocó a la dinastía familiar más solida de América Latina, la de los Somoza. Y termina con un proceso electoral cuyo desarrollo no sólo concitó la atención del mundo entero, sino que el 26 de febrero lo dejó asombrado con sus resultados.
La cara de los dirigentes sandinistas cuando reconocieron su derrota pasada la medianoche del 25 de febrero, no podía ser más elocuente. Un infinito asombro se combinaba con la tristeza más desgarradora. Rosario Murillo, esposa del presidente Daniel Ortega, lloraba a lágrima viva, clavando sus uñas en el hombro rechoncho de un pálido canciller Miguel D'scotto. Sergio Ramírez, vicepresidente, pétreo e inmóvil, a la izquierda de Ortega, mientras Bayardo Arce, a su derecha, consumía un cigarrillo tras otro. Y el presidente, el Daniel de las canciones electorales las camisas juveniles, el candidato vitoreado por miles a lo largo de su campaña, tenía los ojos empanados mientras buscaba las palabras para dar la amarga noticia.
A esa hora la Unión Nacional Opositora (UNO), encabezada por la figura de doña Violeta Barrios de Chamorro, ganaba ya por varios puntos. El resultado final del 55.2% para ella contra 40.8% para el candidato sandinista no dejaba lugar a dudas.
"Si para ustedes fue una sorpresa, le dijo a SEMANA Carlos Fernando Chamorro, director del oficial diario Barricada, imagínese lo que puede haber sido para nosotros". Esta frase de uno de los hombres importantes del régimen derrotado resume lo que para todo el mundo fue el más inesperado desenlace de la década. ¿Por qué perdió el FSLN?
DIEZ AÑOS
La guerra financiada por Estados Unidos y una desastrosa gestión económica han llevado a la nación a niveles de producción y consumo inferiores a los de la era somocista y lindantes con los del Africa subsahariana. Bloqueada y embargada, a medio camino entre el funcionamiento capitalista y la estatización, con un sector privado que se resiste a invertir y un "Area de Propiedad del Pueblo" estatal altamente burocrática, la economía viene en picada hace años.
La crisis económica fue el telón de fondo de las elecciones. Tema central fueron el estómago y el bolsillo de las decenas de miles de nicaraguenses que ganan entre diez y 30 dólares mensuales. Más del 30% de la fuerza laboral no tiene empleo regular. La economía vive encadenada a un dólar que se devalúa todas las semanas y los precios son de los más altos en Latinoamérica.
El gobierno alegó toda la campaña que la responsabilidad de esta situación le cabe exclusivamente a los ocho años de guerra que siguieron al triunfo. La UNO achacó todos los males a la pésima gestión sandinista.
A la hiperinflación de 36 mil por ciento, record mundial en 1988, le siguieron durísimas medidas de ajuste que significaron una caída drástica del nivel de vida de la población y erosionaron severamente la base social del sandinismo.
Los privilegios de los que gozan los sandinistas de alta jerarquía y el conjunto de miembros del aparato del partido no hicieron sino aumentar la brecha entre los sandinistas y la población. Se rumora que hay jugosos negocios del comercio en dólares que van a parar a las arcas del FSLN, cuyas empresas donaron 750 mil dólares para la campar a de Ortega, según el comandante Arce.
Gerentes y administradores de empresas disponen de vehículos, gasolina y tarjetas de crédito especiales. Mientras los salarios han llegado a niveles infrahumanos, un puñado de empresarios privados recibe jugosos incentivos en dólares y rebajas impositivas por sus productos agrícolas de exportación.
No fue, pues, la Nicaragua de las banderas flameando sobre la torre de la Catedral de Managua la que llegó a estas elecciones. Al fervor revolucionario de la población le han sucedido el cansancio y una nueva forma de desigualdad. después de los 50 mil muertos que costó la caída de Somoza y los 35 mil que dejó la "contra" bajo el impacto de las medidas de ajuste económico de febrero y junio de 1988 y los privilegios de la aristocracia sandinista, el terreno estaba abonado para una oposición mayoritaria.
HABILIDAD
Y la oposición supo cosechar. Tres elementos le ayudaron al triunfo. Una política electoral que explotaba hábilmente las debilidades del sandinismo, sintetizada en la fórmula "UNO es el cambio", le sacó amplia ventaja al lema de Ortega Todo será mejor, que era un reconocimiento de hecho de la crisis actual.
Los pilares de la campaña opositora fueron el servicio militar y el desastre económico. Francisco Mayorga, economista estrella de la UNO, sacó de la manga, un mes antes de las elecciones, un plan para acabar con la hiperinflación en unas cuantas semanas. Acusado de prestidigitador en un debate televisivo que causó furor, su mensaje, demagógico o no, caló en la masa. Los sandinistas quedaron como defensores de un esquema que hace agua por los cuatro costados y la UNO logró generar la ilusión.
La magnitud de la cuestión de la guerra es indescriptible. Madres sandinistas se horrorizan cuando ven a su "chavalo" (joven) echarse a la espalda la mochila de factura soviética y partir a las montañas de Chontales o Matiguas, donde sigue activa la "contra". El mensaje de doña Violeta era escueto: "En mi gobierno vamos a terminar con el servicio militar obligatorio". El mejor testimonio del sentimiento anti servicio en la juventud se dio después de las elecciones: los jóvenes reclutas que no quieren esperar la posesión y se han escapado de sus unidades militares. Con esto se ganó la UNO buena parte del voto juvenil que constituye cerca del 50% del total.
No poco contribuyeron los propios sandinistas a cavar su propia fosa. Aunque se quejó en todos los tonos es un hecho que la oposición sólo pudo lograr este triunfo gracias a la interminable lista de garantías electorales que el gobierno le brindó, convencido de que no tenía posibilidad de perder.
Pero los sandinistas perdieron. El inmenso despliegue publicitario, los cientos de miles de camisetas, el millón de regalos que se repartió a los niños en Navidad y los bailes multitudinarios, no lograron impedir la explosión en las urnas. La dirección sandinista se embarcó en los acuerdos de Tela y Esquipulas, acogió la vigilancia internacional convencida de que, al aceptar las reglas de juego del Departamento de Estado, este se vería obligado a reconocer a un FSLN legitimado por la votación. Y la dirección sandinista cayó víctima de su propio invento.
Mucho se habló aquí, antes de las elecciones, sobre la posibilidad de un estallido social a causa del drástico plan de ajuste. Durante meses se creyó que la autoridad del FSLN logró impedir que tuvieran lugar levantamientos por hambre, como el "caracazo" venezolano o los saqueos de Argentina. Hoy esta claro que en realidad, las elecciones fueron el inmenso canal que recibió el descontento popular y lo condujo hasta esas cajitas de cartón en las que el 25 de febrero se depositaron los votos en algo que, más que una votación, fue un verdadero golpe electoral.
En la Managua del 26 podía cortarse la tensión del ambiente con un cuchillo. No hubo celebración de la UNO, más que una fiesta casi en silencio y poco concurrida. La militancia sandinista estaba consternada. La población acariciaba su victoria en silencio, recogida.
La tarde del 27 reaccionaron vencedores y vencidos. Ortega había visitado la noche anterior a la señora de Chamorro y la foto de su abrazo le dio la vuelta al mundo. Sandinistas de los tiempos de la montaña y la cárcel no podían dar crédito a sus ojos cuando la vieron en La Prensa, el diario de la oposición. Pero ya un comunicado y una manifestación empezaban a sentar las nuevas bases de la política nicaraguense.
En el primero, la UNO anunció que se inicia la transición "ordenada y pacífica" del poder. Antonio Lacayo, jefe de campaña de doña Violeta y gran empresario, negociará el difícil tránsito con Humberto Ortega, comandante del Ejército Popular Sandinista. Será, sin duda, clave la cuestión de unas fuerzas armadas que la oposición quiere desmontar y el sandinismo preservar a toda costa. La "integridad" de su ejército, como demandó el presidente Ortega, no es el único problema. Son cerca de 250 mil hombres en armas, cuya desmovilización amenaza con acarrear serias consecuencias sociales (¿dónde, por ejemplo, van a trabajar los soldaditos?).
La manifestación, apresuradamente convocada en la tarde del 27 luego de una reunión de emergencia de la Asamblea Sandinista, máxima instancia nacional del FSLN, tenía el objetivo de reagrupar sus fuerzas y delinear lo que será la política de quienes ahora pasan a ser oposición: en principio, apoyar todo lo que haga la UNO "a favor del pueblo" y hacer una "oposición tenaz" a lo que vaya "contra las conquistas de la revolución", según palabras de Ortega.

Pasados los días, ni Ortega, ni el sandinismo han adoptado la actitud, común en todas partes, de perdedores silenciosos. Por el contrario: son ellos y no los ganadores quienes celebran. El presidente sigue apareciendo en público todos los días, con su pañuelo rojo y negro y su vestimenta de campaña. Pronuncia hasta tres discursos en el día: bien sea ante los internacionalistas (grupos de extranjeros que apoyan a la Nicaragua sandinista), ante las congregaciones cristianas, o ante los periodistas que el viernes celebraron su día nacional.
En las calles y las ventanas de muchas casas, continúan izadas las banderas sandinistas y es fácil ver gente con las camisetas que dicen: "Daniel: ganamos, todo será mejor".
Pero si la presencia de Ortega y su partido se mantienen inmodificables, no sucede lo mismo con el tono de los discursos del jefe. Cada vez parecen ser más conciliadores, e incluso los de los ultimos días, han tomado un aire como de testamento, muy opuestos al pliego de condiciones del martes 27.
Curiosamente, la coalición ganadora, esta desaparecida de la luz pública: la casa de campaña permanece vacía. No se ven banderas en la calle y la propia presidenta electa ha limitado sus intervenciones al discurso de victoria, a una misa con los altos prelados católicos y a una rueda de prensa.
Los sandinistas dicen que ese silencio es por temor. Hay quienes sostienen que fue un acuerdo entre las partes para evitar brotes de violencia callejera y los dirigentes de la UNO dicen que están retirados trabajando.
No están tan callados los medios de comunicación de uno y otro bando. En oposición a la actitud de sus jefes, el diario Barricada y el Nuevo Diario a nombre del sandinismo, y La Prensa en representación de la UNO siguen publicando informaciones provocadoras e interpretando cada acontecimiento en contra de los demás. A esto se suma el único noticiero diario de televisión que pertenece al gobierno sandinista y casi diez emisoras de ambos lados.
Una mente lógica diría que se abre en Nicaragua la posibilidad de un típico sistema bipartidista. Al fin y al cabo es verdad que con 40% del electorado el Frente Sandinista no sólo puede sino que está dispuesto a cumplir el papel de oposición con reglas de juego previamente acordadas. Para sobrevivir debe pactar. Y, por su parte, la presidenta, que se posesiona el 25 de abril, recibe un barco que ya chocó con los arrecifes y necesita de los sandinistas por lo menos para encallar cerca a la costa.
En síntesis, la gente parece haber comprendido que venga lo que venga tendrá que ser el fruto de una negociación madura. Es lo que opina el presidente de la Asamblea Rafael Solis. El pone de presente este hecho: para que la UNO pueda llevar a cabo sus más publicitadas medidas como la abolición del servicio militar obligatorio, tendrá que realizar una reforma constitucional. Para esto, debe contar con 60 votos en el parlamento y ahora sólo reunirá 52 (otros 39 pertenecen al Frente Sandinista).
Ortega lo sabe y por eso ha puesto un alto precio a la negociación. Aparte del asunto del ejército, ha dejado en claro que los sandinistas piensan hacer respetar -si es el caso con huelgas y movilizaciones- las nacionalizaciones y expropiaciones. Alguien dijo una vez que desmontar el comunismo era tan difícil como meter la crema dental en el tubo después de haberla sacado. Y en Nicaragua, los sandinistas parecen dispuestos a demostrarlo.
Pero más allá de las preguntas y dudas que plantea la actitud que pueda asumir Ortega, están las inquietudes que genera la actitud del gobierno de los Estados Unidos. Mientras los dirigentes de la UNO anunciaban en forma reiterada que necesitaban que Washington volcará su ayuda económica hacia la empobrecida Nicaragua, algunos voceros del gobierno de Bush y del Senado norteamericano se mostraban más bien parcos, y negaban que se estuviera pensando en diseñar una especie de miniplan Marshall para este país centroamericano. El problema para Washington es que Nicaragua solicita una ayuda de mil o dos mil millones de dólares otro tanto esta pidiendo -en medio de un insólito ayuno- el presidente panameño Guillermo Endara, para no hablar de lo que están exigiendo Perú, Bolivia y, en menor grado, Colombia para seguir adelante en la guerra contra el narcotráfico.
Aparte de ello, las dudas de Washington tiene que ver con el rumbo definitivo que puedan tomar las cosas en Nicaragua. ¿Qué tanto poder va a conservar el FSLN? ¿Quién va a mandar en la compleja coalición de la UNO, que va de la derecha al partido comunista? Es evidente que los EE.UU. no quieren girar antes de estar seguros de a qué bolsillos van a ir a parar los fondos.
Sin embargo y a pesar de todo lo anterior, es difícil imaginar un escenario en el cual el gobierno de Bush y sus aliados occidentales, no terminen "echándose la mano al dril" para sacar adelante a una Nicaragua no sandinista. Los EE.UU., en compañía de los grandes del capitalismo, tienen que jugársela toda para producir un milagro económico en la tierra de Sandino, pues es necesario que la conviertan en la vitrina de mostrar las ventajas del sistema. Si acaso no lo hacen, no es absurdo pensar en un regreso de los sandinistas -que en todo caso son la fuerza electoral más grande del país- al poder. Se trata de un milagro que, para las arcas sumadas de EE.UU.,Japón y Europa Occidental, puede no resultar muy costoso. Al fin y al cabo es como reunir a esos gigantes para financiar menos de la mitad de la Costa Atlántica colombiana: un buen negocio de bajos costos y grandes beneficios.

UN AMA DE CASA EN EL PODER
"DoÑa Violeta". Así, simplemente, la llaman los nicaraguenses. ATn los más radicales militantes sandinistas. Una mujer de 60 aÑos, Violeta Barrios de Chamorro, cuyo destino era ser ama de casa, pero a quien las circunstancias -también como Corazón Aquino en Filipinas- la convirtieron en líder político.
Nacía el 18 de octubre de 1929 en el seno de una rica familia de terratenientes. Entonces todo apuntaba hacia una vida fácil de privilegios y oportunidades. Pero la contradicción y la contravía se escondían en los pocos datos de su hoja de vida. En diciembre de 1950 se casa con Pedro Joaquín Chamorro, descendiente de cuatro presidentes y miembro de una de las más acaudaladas y poderosas familias de Nicaragua, propietaria del diario La Prensa. Ya entonces los Chamorro hacían oposición al rÉgimen de Anastasio Somoza García, quien en 1954, gracias a una enmienda constitucional, dio patente de corso a la autosucesión presidencial. Desde el interior de su propio país, y desde el exilio, Violeta Barrios acompañó a su esposo en la lucha contra la dictadura de la familia Somoza, que duró 43 años. Tal vez sin saberlo se preparaba para la oposición y para la política.
El 10 de enero de 1978, uno de los más importantes líderes cívicos de la oposición a Anastasio Somoza Debayle, Pedro Joaquín Chamorro, su esposo, cayó asesinado por agentes de la dictadura. Por fuerza de las circunstancias y en aparente contradicción con su destino inicial de apacible ama de casa, asumió la dirección de La Prensa y se convirtió en símbolo de la resistencia. Por eso, el 19 de julio de 1979, los comandantes de la triunfante revolución sandinistas esperaron a que Violeta de Chamorro llegara de Costa Rica, para hacer la entrada triunfal en Managua.
Muy poco duró la luna de miel con la revolución sandinista. Aunque formó parte de la Junta de Reconstrucción Nacional, junto al hoy derrotada presidente Daniel Ortega, a los ocho meses de ejercicio del poder se dio cuenta de que sus ideas políticas estaban muy lejos de la orientación marxista-leninista que el primer gobierno revolucionario le estaba dando a Nicaragua. Renunció en abril de 1980 y comenzó de nuevo a transitar por el camino de la oposición desde las páginas de La Prensa. A través de presiones y amenazas, de censuras y reaperturas del periódico, los sandinistas intentaron acallar la voz de "Doña Violeta". Disuadirla, intimidarla. No lo lograron, y con la firma de un plan de paz para Centroamérica en 1987, Ortega se vio obligado a permitir en forma definitiva la reapertura del diario de los Chamorro.
Poco a poco, una posibilidad que ella afirma no haber acariciado, ser Presidente de Nicaragua, se fue haciendo realidad. Desde los enconados editoriales del periódico denunciaba corrupción e ineficiencia del régimen y la existencia de prisioneros políticos; apelaba a las miserables condiciones del pueblo nicaraguense y buscaba ayudar a cohesionar las fuerzas antisandinistas que el 29 de mayo de 1986 se agruparon en la Unión Nacional de Oposición (UNO). Su nombre fue ganando más y más fuerza para enfrentarse a Ortega. Había razones para el optimismo: la firma Gallup, por encuestas realizadas en el 89, concluía que era posible que la oposición derrotara a los sandinistas si había elecciones. Y eso fue lo que sucedió el 25 de febrero pasado en contra de más recientes pronósticos, y a pesar de que se perdieron semanas de campaña por una operación de rodilla que le fue practicada en los Estados Unidos, y de que la ayuda económica de Washington llegara con retraso, para no mencionar las considerables ventajas de la campaña de Ortega en el poder.
Con su figura fina y su pelo surcado de canas, una abuela, Violeta Barrios de Chamorro, se enfrenta al gobierno de un país en bancarrota. Con el 55.2% de la votación a su favor tiene que poner en paz a una nación dividida como su propia familia. Madre de cuatro hijos, Cristiana (35 años) y Pedro Joaquín (37) han militado a su lado, mientras Carlos Fernando (34) y Claudia (36) lo han hecho en la otra orilla.
No es fácil la tarea que esta mujer tiene por delante. Cerca de cuatro millones de habitantes esperan que con su gobierno se ponga fin a un embargo comercial impuesto por los Estados Unidos y a una economía de guerra que ha llevado a índices anuales de inflación superiores a 1.800%. La pregunta es si podrá hacerlo a la cabeza de una coalición de 14 partidos -el comunista entre ellos- y con un ejército de 65 mil hombres, ciento por ciento favorable a los sandinistas.
Por tercera vez en la historia de América Latina, las capacidades de una mujer en el poder se ponen a prueba en unas circunstancias tan complejas que también serían un dificil reto para el más hábil y veterano de los políticos.
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