Viernes, 29 de agosto de 2014

Hugo Chávez convirtió la política en una telenovela amorosa y el poder, en un inmenso espectáculo AFP

| 2013/03/07 19:00

Deconstruyendo el mito

por Alberto Barrera Tyszka

El biógrafo de Hugo Chávez explica cómo el humilde de Barinas se convirtió en el caudillo carismático que revolucionó a su país.

El Jueves Santo, el día antes de  la crucifixión de Jesucristo, aparece de pronto en los canales de la televisión estatal venezolana Hugo Chávez Frías. Es abril de 2012 y la transmisión registra una misa íntima, con familiares y algunos amigos y funcionarios allegados. Después de recibir un crucifijo y una bendición, visiblemente conmovido, Chávez habla. Les habla a los presentes, al país, al mundo. Incluso le habla a Dios: “Dame tu corona, Cristo, dámela, que yo sangro; dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria. No me lleves todavía, dame tu cruz, dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarlas pero con vida”. 


Se trata de una invocación desgarradora. Es una imagen de alto contenido afectivo que, sin embargo, contrasta con la escasa información sobre su salud que Chávez le ha dado al país. Lleva ya más de un año y medio en un delicado tratamiento, pero los venezolanos no han recibido ni un solo parte médico. En vez de diagnósticos, se ofrece emoción. Como ahora. Como en esta eucaristía. La secuencia, por momentos, parece un guion de las profundas aguas de un melodrama latinoamericano. Todo está administrado en dosis de suspenso, tragedia, romanticismo… como si ese instante hubiera sido escrito para ser filmado, multiplicado por la pantalla. Esta, tal vez, también podría ser una metáfora de la vida de Chávez, el hombre que convirtió la política en una telenovela amorosa, que convirtió el poder en un inmenso espectáculo.


De la vida misma a la ficción mediática (y viceversa)


Cuando estaba en sexto grado de primaria, tuvo su primera experiencia mediática. Es un evento de las dimensiones y las características de la Venezuela rural de la década del sesenta. Chávez vivía en Sabaneta, un caserío campesino de los llanos. Se celebraba un acto en honor al primer obispo que había sido nombrado en el estado Barinas. “Me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito”, evoca el presidente. Por ese mismo tiempo, según recuerda un amigo de su infancia, llegó la televisión a Sabaneta. El primer aparato perteneció a una de las familias con mayores recursos del pueblo. Los niños, desde la calle, veían fascinados la caja de luz. Hugo tendría si acaso 10 años.


El antecedente es importante, sobre todo de cara a la vocación que, después, se convertirá en un valor y en una herramienta esencial en la vida de Chávez. Tanto, que en el momento de su muerte resulta muy difícil discernir entre el símbolo mediático, el producto ficcional, la leyenda publicitaria… y el hombre real, histórico. Se podría hablar, incluso, de una reconstrucción de la memoria, de una reinvención de la propia vida personal de Chávez, a partir del mito que, día a día, se comenzó a construir mediáticamente.


Desde sus tiempos en el Ejército, Hugo Chávez siempre fue un promotor de actividades recreativas. Organizaba actos, bailes, concursos, celebraciones… Le gustaba estar sobre una tarima, en plan de animador. Hay una anécdota particular que retrata muy bien la naturaleza paradójica del joven militar. Él mismo se la contó, durante la campaña electoral de 1998, a un conocido presentador de televisión. La escena transcurre en  Maracaibo, mientras se transmite en vivo un clásico y maratónico programa llamado Sábado Sensacional. En el momento crucial de la elección de una miss de un concurso de belleza, desde el cielo descienden, en paracaídas, dos o tres soldados con un presente para la reina. Uno de ellos era Hugo Chávez. 


El cuento sirve no solo para retratar al personaje, sino para contraponer esta imagen con el otro discurso que, diez años después, el mismo presidente elabora sobre su historia, detallando un pasado más heroico, donde en vez de participar en espectáculos televisivos, escuchaba por la radio discursos de Fidel Castro; una leyenda más clandestina, más política, más acorde con un personaje que pretende formar parte del hall de la fama de la izquierda latinoamericana.


Si alguien debió tener conciencia de la importancia de los medios en la historia fue Hugo Chávez Frías. Sin duda alguna, su carrera se debió, en gran medida, a la televisión. Sin los pocos segundos que tuvo frente a las cámaras, en el momento de rendirse tras el fracaso del intento de golpe de Estado en 1992, su historia habría sido distinta. Su inicio en la vida política y pública está signado por los medios. Chávez fracasó militarmente, pero triunfó en la televisión. Y quizás ahí supo leer un signo de los tiempos: las imágenes serán tan poderosas como las armas. El futuro de la guerra está en los medios de comunicación. 


Para 1999, cuando comenzó el nuevo gobierno, el Estado venezolano solo contaba con dos canales de televisión abierta; dos emisoras radiales públicas, una en frecuencia AM y otra en frecuencia FM, y la agencia oficial de noticias Venpres. Casi 14 años después, para el momento de su muerte, Chávez ha transformado esta realidad, dando paso a lo que se conoce como el “Estado comunicador”.  El proceso ha sido profundo y tiene muchas aristas: desde la ampliación de los medios públicos, logrando controlar la mayoría del espectro radioeléctrico, hasta la creación de un nuevo instrumento legal que regula los contenidos que se transmiten en los medios; desde el lanzamiento de la cadena transnacional Telesur, hasta la no renovación de la concesión al canal de televisión privada RCTV; desde la compra y la instalación de un satélite propio, hasta la regulación que obliga a los medios a transmitir de manera gratuita la publicidad oficial; desde la promoción de una amplia red digital de páginas web dedicadas a apoyar al gobierno, hasta la inmensa cantidad de “cadenas” en las que el presidente hablaba durante varias horas seguidas… El 30 de mayo de 2012, el gobierno anunció que la seguidora número tres millones de la cuenta de Twitter del presidente recibiría una casa. Nunca antes en la historia del país la gerencia pública había estado tan cerca del entretenimiento. También en el socialismo bolivariano, el rating es más importante que la ideología.


A partir de la experiencia mediática, Chávez se reinventó. Aprovechando su capacidad empática con el público, su talento comunicacional se convirtió en emoción, en suspenso, en humor, en ilusión romántica… cabalgando sobre los códigos del melodrama latinoamericano, logró administrar la esperanza de los pobres. “Amor con amor se paga” fue su eslogan más eficaz, el que siempre aparecía al final, cerrando sus campañas.


Entre el niño que empuña un “microfonito”, en caserío, y la marca internacional “Chávez”, que sobrevive a la muerte del presidente, hay un proceso largo, hay un Estado trabucado en industria, hay también una gran mezcla de realidad y de ficción, el desarrollo de un mito que hará cada vez más difícil saber quién fue en verdad Hugo Chávez. 


De la vida en uniforme al Estado uniformado


En 1971, aun sin cumplir los 18 años, Hugo Chávez viaja a Caracas para ingresar en el Ejército. En el fondo, se trata de una estrategia. Su plan es otro. Desea ser jugador de béisbol profesional y sueña, más bien, con ser reclutado por algún scout extranjero para jugar en la liga norteamericana. En ese tiempo, su formación política es precaria, aunque tiene una orientación definida hacia una izquierda nacionalista, gracias al contacto con José Esteban Ruiz Guevara, padre de unos vecinos del joven Chávez en la ciudad de Barinas. Ruiz Guevara era un viejo comunista que alimentó con horas de conversación, y algunas lecturas dispersas, una cierta conciencia social en el futuro cadete. El sueño de la gloria y el éxito deportivo son más contundentes que la ideología. Pero al ingresar a la Academia Militar, encuentra una suerte de revelación: “Me sentí como pez en el agua… Como si hubiera descubierto la esencia, o parte de la esencia, de la vida, mi vocación verdadera”.


Pero desde muy temprano, según su propia versión, Chávez comenzaría a conspirar en la Fuerza Armada. Sin embargo, muchos investigadores y la mayoría de otros testimonios aseguran que solo fue en la década de los ochenta cuando el ya teniente coronel se articula en el Ejército de manera más orgánica con militares rebeldes, y entra en contacto con la izquierda radical del país. El momento es propicio. En 1983 se produce la primera gran crisis económica de la democracia representativa, conocida como el “Viernes negro”,  que inauguró lo que será un proceso de años de devaluaciones y deterioro general. Tras el fracaso de la guerrilla, en los años sesenta, cierta izquierda había optado por infiltrarse en el Ejército y construir, en su interior, un movimiento capaz de “tomar el poder”. No obstante, en rigor, poco tenían de izquierda, implícita y explícitamente, los postulados que esgrimieron los militares que intentaron dar un golpe en febrero de 1992. Estaban arropados en un discurso que apelaba a la “dignidad nacional”, que invocaba un nacionalismo bolivariano, y su propuesta programática se resumía en desmantelar la institucionalidad existente y crear un nuevo poder para transformar la sociedad civil.


Llevaban muchos años planeando el golpe de Estado. No deja de resultar sorprendente, además, que las altas jerarquías de la Fuerza Armada también llevaban muchos años sospechando de sus actividades. Nunca las tomaron demasiado en serio. Incluso en el relato de lo ocurrido durante la intentona de 1992, no deja de haber un tono cordial, más de camaradería que de conflicto bélico, entre los golpistas y sus captores. Los jefes militares le permitieron salir en televisión, sin edición previa, contraviniendo la instrucción expresa del entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Chávez, quien en rigor era el único de los golpistas que había fracasado en la acción, apareció como jefe absoluto de la rebelión, asumiendo la responsabilidad y llamando a sus compañeros a rendirse.


El relato del hombre de armas que pone orden y ejerce la autoridad es, probablemente, una de las narrativas más poderosas de la identidad venezolana. Antes de la llegada de la democracia, en 1958, el país había acumulado un siglo y medio de guerras y caudillos. La historia se escribía en uniforme y a caballo. Aunque durante la campaña electoral de 1998 mantuvo un perfil de ciudadano civil, apenas comenzó su gobierno, en 1999, la naturaleza militar de Chávez comenzó a hacerse presente, a retomar esta tradición. Después del intento de golpe en su contra, en 2002, este proceso se radicalizó. Para el momento de su muerte, en la retórica oficial y en las comunicaciones públicas, Chávez, más que el “Presidente”, era el “Comandante”.  La simbología política había regresado a los cuarteles.


Aunque, en términos de PIB, el gobierno de Chávez mantuvo en gastos militares la misma tendencia que todos los gobiernos en Venezuela, la renovación del armamento, así como la constante beligerancia discursiva del gobierno, refuerza la idea de una paulatina militarización de la sociedad. El mismo día que ganó las elecciones, en 1998, Chávez afirmó: “Por fin la revolución se hizo gobierno”. Fue el anuncio de un plan que comenzó a desarrollar y que todavía tenía aires de su sueño de 1992. Pero ahora el golpe se hacía desde el poder, desde el interior del Estado. 


Lo primero que suspende la palabra revolución en América Latina es el sentido de la alternancia política en las sociedades. Se crea un nuevo relato social, un contenido que sentencia que las revoluciones no terminan, o que solo terminan cuando logran cumplir sus utopías.  Chávez llegó al poder con la certeza de que había sido elegido no para ser presidente, sino para cambiar la historia. Decretó que la suya era una revolución “cívico-militar” y que “estaba armada”. Impuso la confrontación en lugar de la negociación como dinámica política. Le dio a la Fuerza Armada una beligerancia que no tenía. Creó una milicia bolivariana que dependía de él y no de la estructura jerárquica militar. Fue reordenando el poder alrededor de su figura. Intervino en la legalidad y tomó el control de las instituciones del país. Incluso, la Asamblea Nacional, dominada por el oficialismo, le otorgó un poder habilitante, renunciando así a sus propias funciones y delegando en la figura del presidente la prioridad de crear una nueva legislación. Poco a poco se fue perfilando el proyecto: desmontar el Estado burgués y crear una nueva hegemonía. Chávez, entonces, comenzó a aparecer vestido de militar en actos políticos. Levantaba el puño. La masa, al unísono y siguiendo el ritmo de una consigna, le gritaba: “¡Ordene, comandante, ordene!”. 

    

Del sueño heroico a la épica de la vida


Fidel Castro no solo fue un mentor para Chávez, sino que, además, sobre todo a partir de 2002, cuando comienzan a estrechar mucho más sus relaciones, fue también un modelo a seguir, un ideal: un militar carismático, capaz de permanecer por más de 50 años en el poder y mantener todavía, al menos para cierta gente, una legitimidad, o más aún: una imagen de rebeldía. En una oportunidad José Sarney, escritor y expresidente de Brasil, al comparar a Chávez con Fidel acuñó esta dura sentencia: “Le falta historia y le sobra petróleo”. 


No es posible un acercamiento a la figura de Hugo Chávez sin tomar en cuenta la condición petrolera de la sociedad venezolana. Eso marca una diferencia fundamental con el resto de los países latinoamericanos. No se trata tan solo de un elemento determinante en la economía: es también una naturaleza anímica, una cultura, una identidad. En el caso venezolano, el precio de la gasolina no solo es un indicador, sino una definición de la nacionalidad. Llenar el tanque de un automóvil cuesta menos que comprar una pequeña botella de agua envasada o una taza de café. La imagen sirve como metáfora, ilustra unas formas de relación (con el trabajo, con el Estado, con la política, con la noción de movilidad social…) que no necesariamente se dan de la misma manera en la región. Durante casi un siglo se ha construido y reforzado en el imaginario colectivo la certeza de que Venezuela es un país infinitamente rico, donde no es necesario producir riqueza sino saber distribuirla. Chávez también es un síntoma de ese país.


Nació el 28 de julio de 1954 en una familia pobre, campesina. Vivían en una casa de palma con el suelo de tierra. Ahí nacieron todos, seis varones en total. “Con una comadrona –recuerda Doña Elena, la madre–. Como una cochina, antes no había clínica, ni médico, ni nada. Eso era pura partera. Y en todos, el dolor es igual. En todos”. Para ayudar a la familia, los dos hijos mayores, Adán y Hugo, se fueron a vivir cerca, a la casa de la abuela Rosa Inés. A los pocos años, toda la familia se trasladó a la capital del Estado. El padre era maestro y trabajaba para la educación pública. El proceso de cambios que había llegado al país con la democracia, en 1958, se comenzaba a sentir en todo el país. Venezuela tenía cinco millones de habitantes. 


La familia contó con los beneficios del impulso modernizador que tuvieron las dos primeras décadas de la llamada democracia representativa. Un buen indicador podría ser constatar que todos los hijos de aquel matrimonio campesino realizaron estudios universitarios. Pero, como a todo el país, también les tocó vivir la otra cara de la moneda, la decadencia de esa experiencia democrática, el deterioro económico y social, el crecimiento de la desigualdad y de la pobreza, la corrupción de las instituciones, el surgimiento de la antipolítica… Desde el punto de vista del momento histórico, así como desde la vivencia personal, el fin del siglo XX quizá fue el clima ideal para la resurrección de un fantasma que nunca había dejado de recorrer al país: la llegada de un nuevo mesías. 


En 1998, la ilusión de armonía con la que había navegado Venezuela ya no daba para más. Chávez capitalizó una profunda ansia colectiva de cambio. En el momento de comenzar su gobierno contaba con el 80 por ciento de la aprobación del país. Chávez logró poner la pobreza en el centro del debate. Obligó a las élites a entender que la desigualdad también era su problema y promovió, en los sectores populares, una conciencia de su importancia protagónica. Chávez logró que se produjeran cambios en las maneras de mirar y de pensar el país, la realidad, el futuro. Su gobierno instrumentó una repartición más democrática de la renta petrolera, atendiendo de manera asistencial necesidades urgentes de los sectores marginados. Pero, como contraparte, Chávez también desarrolló un proyecto personal de concentración de poder. Secuestró la ciudadanía y comenzó a imponer un nuevo modelo. Sustituyó la exclusión económica por la exclusión política. Convirtió su popularidad en una nueva forma de autoritarismo. Desarrolló el culto a la personalidad y puso el Estado a su servicio. En una de sus alocuciones, cuando le gustaba dilucidar hasta cuándo iba a quedarse en el poder, aludió a 2021, cuando se conmemorará el bicentenario de la batalla de Carabobo, que selló la independencia. Luego, como para dejar abierta la posibilidad, añadió: “O hasta que el cuerpo aguante”. En ese momento, de seguro, jamás pensó que su cuerpo lo traicionaría.


El diagnóstico de la enfermedad, en junio de 2011, da inicio a un nuevo proceso en la existencia de Hugo Chávez, un proceso signado por el secreto y el silencio. Hasta casi sus últimos momentos, Chávez administró su enfermedad con la estrategia militar y la astucia comunicacional con la que se manejó durante gran parte de su vida pública. En todo el tiempo que duró su tratamiento, y mientras su cuerpo se lo permitió, él era la única voz que podía dar información sobre su salud. Según las circunstancias, podía anunciar y celebrar su total curación, gracias al “Dios del pueblo”, como notificar también una nueva recaída. Más que partes médicos ofrecía actas de fe, evocaciones amorosas, himnos. El Chávez vencedor de la muerte subió en las encuestas, a finales de 2011, y se entregó en 2012 a una nueva contienda electoral. Corrían rumores sobre su verdadera situación. Y aunque él desmintió todo y se comprometió a dirigir una nueva batalla, una nube de dudas siempre parecía flotar sobre una campaña muy peculiar,  con un líder que, por momentos, mostraba una fragilidad nunca antes vista. Sin embargo, el 7 de octubre de 2012 volvió a triunfar. Casi de inmediato se vio obligado a desaparecer. De algún modo, su última victoria electoral lo devoró.


 Apenas dos meses después de su triunfo, Chávez le habló al país y le anunció que la enfermedad había vuelto a aparecer, que debía viajar a Cuba a someterse a nueva operación. En esta ocasión, no obstante, por primera vez asomó la tragedia. Propuso un horizonte sin su presencia. Y dejó instrucciones sobre su heredero: el vicepresidente Nicolás Maduro. Esa fue la última vez que los venezolanos vimos y escuchamos a Chávez. Ese fue su último mensaje. Una herencia. En los tres meses siguientes, bajo la siempre misteriosa tutela de los Castro, Hugo Chávez permaneció en Cuba. Poco o nada se sabía sobre su salud.


Los rumores se multiplicaron. Tanto, que hasta los comunicados desde el gobierno parecían un rumor. La falta de información precisa fue alimentando el desconcierto y la confusión. Al mismo tiempo, de manera cada vez más apabullante, se desarrollaba desde los medios públicos una poderosa campaña de culto a la personalidad. Diariamente asistíamos a la consagración mediática de Chávez. El Estado se convirtió en una maquinaria religiosa empeñada en apurar el mito, en sacralizar a su líder.  Una nueva retórica oficial promovió el título de “padre” para Hugo Chávez, distinción que hasta ahora la religión civil venezolana solo le había otorgado al Libertador. El 5 de marzo, unas horas antes de dar la fatal noticia, Nicolás Maduro, en una alocución al país, se refirió a Chávez como el “redentor” de la patria, como el “nuevo Simón Bolívar”. 

 

A Hugo Chávez siempre le faltó una épica. Su condición de militar y su verbo encendido, su ambición y su retórica, siempre echaban chispas un poco más arriba de su propia vida. No vino de la guerra. No tumbó a un dictador. Ni su intento de tomar el poder por las armas, ni el golpe en su contra en 2002, tuvieron la envergadura suficiente para crearle una gesta heroica. En rigor, ganó unas elecciones y, después, desde adentro, arropado por su carisma y amparado en maniobras poco trasparentes, finalmente cambió las reglas del juego y fue construyendo un proyecto personal, donde acumuló cada vez más poder. Cuando estaba empezando a hablar desde la eternidad, llegó el cáncer. Tal vez entonces encontró su verdadera épica. Sacrificó su propia salud para ganar unas elecciones. Se inmoló en las batallas de un quirófano, en la íntima y humilde tragedia de las jeringas, para lograr que su proyecto sobreviviera.


Los años clave de Chávez


El 28 de julio de 1954, nace en Sabaneta, un pueblo del estado llanero de Barinas. 


El 5 de julio de 1975 se gradúa de la Academia Militar con el grado de subteniente.


En 1982 crea el Movimiento Bolivariano Revolucionario. Con otros oficiales jura: “No daré tranquilidad a mi alma hasta no ver rotas las cadenas que oprimen a mi pueblo”. 


El 4 de febrero de 1992 fracasa en su golpe contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Se entrega y declara: “Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”. 


El presidente Rafael Caldera lo indulta en 1994. Recorre Venezuela, para “refundar la República”. En Cuba, Fidel Castro lo recibe como su hijo pródigo.


Conquista la Presidencia el 6 de diciembre de 1998 con el 56 por ciento de los votos. Impulsa un nueva Constitución. Lo reeligen en julio de 2000 con base en la nueva Carta.


Los militares se toman el poder el 11 de abril de 2002. Pedro Carmona se autojuramenta como presidente, pero el chavismo retoma el control. 


En las elecciones del 3 de diciembre de 2006 aplasta con el 62 por ciento de los votos al opositor Manuel Rosales. 


En 2007, el gobierno enfrenta protestas por no renovar la licencia del canal opositor RCTV. Chávez pierde por primera vez una votación, un referendo constirucional. Califica el logro opositor de “victoria de mierda”.


El 30 de junio de 2011, Chávez reconoce que le extirparon en La Habana un tumor cancerígeno del tamaño de una bola de béisbol.


A pesar de su enfermedad, el 7 de octubre de 2012 vuelve a ganar las elecciones. Le saca diez puntos a Henrique Capriles. 


El 8 de diciembre de 2012, Chávez parte a La Habana para una cuarta operación. En su última aparición pública, señala a Nicolás Maduro como su sucesor. Muere el 5 de marzo de 2013.

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