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| 12/9/1996 12:00:00 AM

DEL INFIERNO A LA GLORIA

Bill Clinton ganó el derecho a entrar a la historia. El balance de su presidencia no permite saber si finalmente lo logrará.

Es posible que, a juzgar por lo que hizo en su primer período, Bill Clinton no pase a la historia como el mejor presidente. Pero lo que sí es casi seguro es que será considerado como el mejor político electoral del siglo. Porque el hombre que regirá hasta 2000 los destinos del país más poderoso del planeta demostró en su campaña fi-nal una capacidad extraordinaria para tocar los temas adecuados, guardar silencio en los espinosos, reservar para el momento preciso los argumentos demoledores. Clinton tuvo la habilidad para explotar las carencias de su contendor, el republicano Bob Dole, aprovechó su popularidad con las mujeres (en extraña concordancia con su fama de conquistador) y se apoyó, sobre todo, en el buen desempeño de la economía, mientras se apropiaba de los temas de sus opositores republicanos.La gloria de la semana pasada confirmó el remoquete de Clinton de 'The comeback kid', algo así como 'el muchacho que se recupera'. Porque su carrera ha estado signada por su capacidad para recuperarse de las peores derrotas, aun a costa de virajes ideológicos que le han merecido otro apodo, menos agradable: 'Slick Willy', o 'Memo el resbaloso'.Cuando fue gobernador de Arkansas, a los 32 años, Clinton fue derrotado por la reelección, pero ganó cuatro años más tarde. Y la historia de su primera presidencia está marcada por el mismo signo. Hace sólo dos años el presidente era un virtual cadáver político. La oposición republicana había retomado el control total del Congreso, sus principales iniciativas eran un fracaso y su ética personal estaba en la picota por cuenta de varios escándalos, no sólo administrativos sino también sexuales.Hoy, sin embargo, el presidente ha sido reelegido a pesar de que sus conciudadanos no le consideran el hombre más honrado del mundo. Y la pregunta lógica es, ¿cómo logró semejante hazaña?La primera razón es que el país se recuperó económicamente, dentro de una combinación ideal de baja inflación, descenso en el desempleo (se crearon 10,5 millones de puestos) y decrecientes tasas de interés. No importa que la recuperación haya sido débil, como dicen los republicanos, con una tasa de crecimiento del 2,5 por ciento. Los norteamericanos, pura y simplemente, no encontraron un motivo suficientemente fuerte para cambiar de presidente ni una alternativa atractiva en Bob Dole.Los problemas para Clinton comenzaron muy pronto. Su primer traspié vino por cuenta de su intento por aceptar abiertamente a los homosexuales en el ejército, lo que motivó un ruido de sables entre la alta oficialidad. Después, varios candidatos a secretarios (ministros) fracasaron en el Congreso por sus antecedentes. Más adelante un paquete de medidas para la reactivación económica fue derrotado en el Congreso, un desastre sólo superado por la caída de su iniciativa de reforma al sistema de salud, dirigida por su esposa Hillary. Su único logro de ese momento (finales de 1993) fue la ratificación del Tratado de Libre Comercio, con el apoyo de los republicanos, pues el tema era en realidad obra de su antecesor George Bush.Como telón de fondo, varios escándalos le quitaban el sueño, comenzando por el caso Whitewater (ver recuadro). Una y otra cosa llevaron a su peor momento, cuando los republicanos arrasaron en las legislativas por primera vez en 40 años. Pero, curiosamente, ese momento marcó el inicio de su recuperación. Clinton contrató a Dick Morris, el mismo que renunció poco antes de las elecciones por un escándalo con prostituta incluida. Morris aconsejó al presidente dar un paulatino viraje hacia el centro político. Al mismo tiempo se enfrentó con los republicanos en el tema del presupuesto, se opuso a recortes sociales impuestos por sus adversarios y permitió que el impasse cerrara temporalmente el gobierno federal. Y después de dejar a los republicanos, y su impopular Newt Gingrich, como los malos del paseo, no tuvo inconveniente en quitarles otra bandera al reformar el sistema de seguridad social y quitar beneficios calificados de paternalistas. Milagrosamente Clinton logró presentar esa medida como el menor de los males y, de nuevo, dejar en la oposición la fama de insensibilidad.En octubre de 1994 cambió de nuevo sus antiguas convicciones y ocupó con éxito relativo a Haití para "restablecer la democracia". Y en febrero de 1995 rescató, con un préstamo de 20.000 millones de dólares, la economía mexicana, y de paso al TLC. Para completar su respaldo a posiciones republicanas, aceptó leyes propuestas por la oposición contra Cuba, Irán y Libia. De esa forma, el Clinton que cuando era liberal izquierdoso era superado en las encuestas por los republicanos por no menos de 20 puntos, llegó a las elecciones habiéndoles quitado las banderas y con una popularidad superior al 60 por ciento.La personalidad de Clinton, flexible y adaptable para unos, o voluble y cínica para otros, dificulta hacer previsiones sobre cómo enfrentará su segunda oportunidad sobre la Tierra. ¿Será el liberal de sus primeros dos años o el moderado de los otros dos? Como el Congreso continuará en manos de los republicanos, sus opciones serán muy limitadas. En todo caso su último esfuerzo por pasar a la historia será un espectáculo digno de verse. nDineros dudososLa historia de los segundos períodos en la presidencia de Estados Unidos está repleta de desastres. Franklin D. Roosevelt fracasó estrepitosamente en su esfuerzo por manejar la Corte Suprema. Richard Nixon cayó por el legendario caso Watergate y Ronald Reagan escapó por muy poco de los efectos del Irán-Contras. Si esos antecedentes son válidos, las perspectivas de Bill Clinton son complejas porque trae ya problemas éticos del primer período, y sin comenzar siquiera el segundo ya estalló un escándalo nuevo relacionado con la financiación de su campaña.Los anteriores son el caso Whitewater, el problema de los archivos del FBI relacionados con miembros del Partido Republicano, supuestamente utilizados ilegalmente por la Casa Blanca, y el despido ilegal de varios empleados de la oficina de viajes de la presidencia, supuestamente para nombrar allegados a los Clinton. De ellos, el Whitewater tiene la potencialidad de convertirse en el Watergate de Clinton. Y el nuevo, el de la financiación electoral, es aún de gravedad incierta.El tema llegó a la opinión pública el 31 de octubre cuando la fiscal general Janet Reno anunció que, por solicitud de cinco senadores republicanos, el Departamento de Justicia estaba iniciando pesquisas para determinar si el Partido Demócrata consiguió ilegalmente fondos para la campaña.La investigación se produce en medio de denuncias según las cuales nunca como antes se habían acumulado tantos fondos, en dinero duro (contribuciones directas) y blando (pago de cuentas y servicios). Clinton ha sido señalado por importantes medios como un político obsesionado con el tema del dinero electoral, al punto que una buena contribución es el requisito para estar en la agenda de citas del presidente.Específicamente el escándalo estalló por un ingrediente nuevo: las contribuciones de extranjeros que podrían comprometer las decisiones de política exterior. La investigación de Reno se refiere a las contribuciones de la familia indonesia Riady, cuyo hijo, James, vivió en Arkansas en los 80 y se hizo amigo de Clinton. La otra figura clave es John Huang, antiguo ejecutivo de los Riady, quien terminó haciendo parte del Comité Nacional Demócrata para conseguir fondos en el Lejano Oriente. En ambos casos las contribuciones no superan el millón de dólares.Lo que más molesta a los estadounidenses es que Clinton prometió en su primera campaña reformar el sistema de financiación electoral, para luego dejarlo entre el tintero.
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