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| 3/27/2000 12:00:00 AM

¿Democracia?

La victoria de los reformistas en Irán podría ser el paso clave para la liberalización de la única revolución islámica.

Tarde o temprano el paso del tiempo suele cobrar su tarifa a las revoluciones más radicales. Y en 21 años es mucha el agua que corre bajo los puentes. La semana pasada, cuando respaldaron abrumadoramente a quienes abogan por el cambio, los 38 millones de votantes de Irán pusieron en tela de juicio el legado político-religioso del ayatollah Ruhollah Khomeini. Algo que hubiera sido impensable en 1979, cuando bajo su liderazgo manifestaciones abrumadoras hicieron que el régimen del sha Reza Pahlevi se viniera abajo por su propio peso.

La dimensión de la victoria de los reformistas demostró que los iraníes están cansados tanto del aislamiento internacional como de la intromisión del régimen teocrático en la vida cotidiana. En especial las mujeres, obligadas a cubrirse completamente y restringidas en sus actividades profesionales, sentaron su intención de favorecer a quien les devolviera su autonomía perdida.

No resulta fácil entender porqué si triunfaron los reformistas el gran ganador fue el presidente Mohamed Khatami. La explicación es que el ayatollah Khomeini instauró tras su triunfo una Constitución en la cual coexisten instituciones democráticas como la presidencia y el Parlamento con un poder superior representado por las autoridades religiosas, al frente de las cuales está el hoy sucesor de Khomeini, el líder supremo Ali Khamenei (ver recuadro). Eso hace que en la escena política iraní Khatami, elegido en 1997, sea al mismo tiempo jefe del gobierno y líder opositor.

Pero es fácil confundirse con esa terminología. Bajo su presidencia dejaron de aplicarse algunas de la reglas más estrictas, como la prohibición de que una mujer saliera a la calle con alguien que no fuera de su familia. Pero ello se ha hecho por la vía de la vista gorda, no del cambio formal de las normas. Khatami nunca ha dicho una sola palabra que pueda sonar a discrepancia con el liderazgo religioso y el aparato represivo no ha dejado de funcionar del todo.

La razón de la extrema prudencia de Khatami es que el verdadero poder sigue residiendo en el ayatollah Khamenei, el líder supremo elegido por un ‘Consejo de Expertos’ islámicos y jefe del ejército, las fuerzas policiales y el poder judicial. Prácticamente ninguna decisión importante puede llevarse a cabo sin su aprobación y la de varias instancias religiosas. Una colisión de frente con ese poderoso estamento podría llevar a una guerra civil. Y además,como dijo a SEMANA el politólogo Mohammed Darbar, “los reformistas quieren una sociedad más abierta, con separación de poderes y con mejores relaciones con el mundo exterior. No quieren desmontar el orden religioso, sólo que sea compatible con la democracia”.

En cualquier caso la victoria de los reformistas se convierte en una herramienta poderosa en las manos de Khatami a pesar de que los poderes del Parlamento son limitados. El presidente cuenta con que los iraníes, según dice el experto, “reconocen cada vez más que la religión no es una buena forma de gobierno. Los creyentes piensan que someter al Islam a las exigencias diarias de la política le roba a la religión su trascendencia y al país las instituciones que necesita”. No obstante todavía falta mucho para que sus deseos se vuelvan realidad. Pero el ejercicio único en el mundo islámico de democracia y régimen religioso, que se da en Irán, abre una puerta de esperanza tras las elecciones de la semana pasada.
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