Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/01/23 00:00

Desconcierto

La victoria de la derecha ha desatado una tormenta de acusaciones en la Concertación que gobernó 20 años. ¿En qué queda la centro-izquierda?

El presidente electo, Sebastián Piñera (izquierda), recibe la felicitación del candidato derrotado, Eduardo Frei, quien se refirió al triunfo de la derecha como un “alto en el camino”

El triunfo del empresario derechista Sebastián Piñera en las elecciones presidenciales chilenas del pasado 17 de enero ha significado un golpe difícil de asimilar para la Concertación de Partidos por la Democracia, que gobernó desde la salida del dictador Augusto Pinochet, en 1990, y convirtió a este país en una de las democracias más admiradas del continente. Tanto, que el incierto destino de la coalición de centro-izquierda ha despertado más atención que los preparativos del nuevo gobierno.

En el momento de admitir su derrota, el ex presidente Eduardo Frei, el candidato oficialista, afirmó que "esto es sólo un alto en el camino". Pero el nuevo paisaje político no luce muy prometedor para la histórica sociedad entre el Partido Socialista, la Democracia Cristiana y otras agrupaciones más pequeñas. Aunque el balance de estos 20 años es positivo, y la presidenta Michele Bachelet ostenta una aprobación récord que supera el 80 por ciento, la derrota ha desnudado una crisis política que, desde fines del gobierno de Ricardo Lagos (2000-2006), se anidaba en el corazón de la Concertación.

La interpretación general es que el resultado es un llamado al retiro para muchos dirigentes. Acusada de estar carente de ideas, con una dirigencia envejecida que no da espacio a nuevos liderazgos, la Concertación ofrece hoy el triste espectáculo de acusaciones cruzadas entre los presidentes de los partidos que la integran. Estas acusaciones han abierto una brecha entre los sectores más conservadores, que apoyaron la fallida aspiración del democristiano Frei, y los sectores de la izquierda, a la que pertenece la presidenta Bachelet, y que se vieron obligados a apoyar una candidatura impuesta por una minoría en un proceso criticado por su falta de democracia interna.

La derrota sacó a la luz las dos almas de la Concertación: una más a la derecha, representada por la Democracia Cristiana, y otra mucho más izquierdista, representada por el Partido Socialista, agrupaciones que fueron antagonistas hasta el golpe de Estado de 1973, cuando una parte de los democristianos apoyó y participó en la dictadura militar. Desde hace años, la disparidad ideológica entre los dos socios principales había despertado especulaciones acerca de si la coalición sería capaz de soportar una derrota en las urnas. Hoy, es un hecho cumplido.

El rechazo a las cúpulas y las voces que piden las cabezas de los Presidentes se repitió en ambas agrupaciones. El del Partido Socialista, Camilo Escalona, a quien la opinión pública señala como responsable de la derrota, reconoció que "hay que trabajar para recomponer la unidad, eso significa naturalmente nuevas figuras, nuevos rostros, nuevos liderazgos". Y el ex presidente Lagos, también socialista, llamó a "ser generosos" y "abrir paso a las nuevas generaciones", lo que algunos consideraron como una salida oportunista para reposicionarse en el nuevo escenario político. En cualquier caso, se espera que ambas agrupaciones renueven sus dirigencias en los próximos días.

Sin embargo, la rebelión de las juventudes, que acusan a sus partidos de una creciente desconexión de la sociedad, salvo que fuera a través de vínculos de tipo clientelista, revela que el malestar es profundo y no se soluciona con el cambio de nombres en las cúpulas. Un descontento que, dicho sea de paso, ya se había hecho evidente durante la campaña con la candidatura disidente del joven Marco Enríquez-Ominami, quien decidió correr por su cuenta después de que su partido, el Socialista, le negó la oportunidad de competir en las primarias de la Concertación.

El 20 por ciento que alcanzó en la primera vuelta ME-O, como le llama la prensa, hace pensar que él puede ser una de las fuerzas renovadoras de la izquierda chilena. Cuando concedió su tardío y poco entusiasta apoyo a Frei para la segunda vuelta, Enríquez-Ominami dejó claro que aspiraba a competir en las presidenciales de 2014. También ha prometido que va a formar un nuevo partido, lo que se podría convertir en el golpe de gracia a la Concertación.

Para rematar, Piñera podría estar pensando en pescar en río revuelto. Se rumora que el equipo de trabajo del Presidente electo estudia atraer sectores importantes de la Concertación, pero sólo de la Democracia Cristiana, para anotarse una carambola: cumplir sus promesas de un gobierno de unidad nacional y, de paso, conseguir la ruptura de la Concertación. Pase lo que pase, la izquierda chilena se tendrá que reinventar desde la oposición.

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