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| 12/12/2015 5:14:00 PM

¿El aire engorda?

Aunque suene risible, estudios científicos demuestran que no es descabellado pensar en una estrecha relación entre el aire, la gordura y la diabetes.

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BBC
Respira profundamente y exhala. Dependiendo de dónde vives, esa bocanada de aire podría estar contribuyendo a que engordes y desarrolles diabetes.

La idea de que el aire engorda puede sonar ridícula, pero algunos estudios realmente desconcertantes aportan evidencia para apoyar esa teoría.

Dos personas que consumen la misma comida y realizan el mismo tipo de ejercicio pueden terminar con una diferencia de peso significativa con el paso de los años, gracias a la atmósfera que los rodea.

El humo de los tubos de escape y de los cigarrillos son las principales fuentes de preocupación: estos poseen partículas irritantes que desatan inflamaciones en el organismo y disminuyen la capacidad del cuerpo para quemar energía.

Aunque el efecto a corto plazo es mínimo, en el largo plazo pueden ser suficientes para contribuir al desarrollo de enfermedades graves, además de afecciones respiratorias más comúnmente asociadas al smog.

"Apenas estamos comenzando a entender que el aire que absorbemos y la contaminación que circula en el ambiente puede afectar a otros órganos además de los pulmones", dice Hong Chen, un investigador del Servicio De Salud Pública de Ontario y del Instituto de Ciencias Clínicas Evaluativas, en Canadá.

Pero, ¿qué tan sólidos son los hallazgos de estos estudios? ¿Debemos preocuparnos?

Humo, grasa y diabetes

Las pruebas con ratones ofrecieron las primeras claves sobre el efecto de la contaminación en otros órganos más allá de los pulmones.

Qinghua Sun, quien los ha criado en la Universidad del Estado de Ohio, ha estudiado por qué los habitantes de la ciudad enfrentan un mayor riesgo de sufrir enfermedades del corazón que quienes viven en el campo.

Para muchos el estilo de vida puede ser una de las razones para explicar esto: en gran parte de las ciudades un individuo encontrará a pocas cuadras de distancia un local de comida rápida, que sin duda lo estimulará a comer comida poco saludable.

Sin embargo, Sun se pregunta si no habrá otra razón, quizás flotando en el aire que respiramos.

Para buscar indicios en esta dirección, el investigador comenzó a criar ratones en las condiciones similares a las que puedes encontrar en diversas ciudades.

Algunos respiraron aire limpio y filtrado, mientras que otros estuvieron expuestos a tubos de escapes como en el tráfico de cualquier capital.

Durante todo el experimento el equipo de Sun registró el peso de los ratones y realizó diversas pruebas para estudiar cómo reaccionaba el metabolismo.

Después de 10 semanas el efecto era claramente visible.

Los ratones expuestos al aire contaminado mostraban un gran volumen de grasa corporal, tanto alrededor de la barriga como de los órganos internos.

Vistas con microscopio, las células de grasas eran 20% más grandes.

Aún más, parecían haberse hecho menos sensible a la insulina, la hormona que indica a las células convertir el azúcar en la sangre en energía, lo cual constituía el primer paso hacia la diabetes.

Esas partículas

Si bien el mecanismo sigue siendo objeto de debate, otros experimentos con animales también sugieren que el aire contaminado desata una cascada de reacciones en el cuerpo.

Hay pequeñas partículas, de menos de 2,5 micrómetros de ancho, que serían las grandes responsables de estos cambios, y que también son las que producen esa bruma de la neblina.

Cuando llevamos aire a nuestros pulmones, las partículas contaminantes irritan los receptáculos que permiten al oxígeno pasar hacia el flujo sanguíneo.

Como resultado de eso, la cubierta de los pulmones reacciona de más, haciendo que nuestro sistema nervioso se acelere.

Esto, a su vez, libera hormonas que entre otras cosas reduce la potencia de la insulina y aleja la sangre del tejido muscular sensible a la insulina, impidiendo que el cuerpo pueda controlar los niveles de azúcar en la sangre.

Estas partículas irritantes también pueden generar una inundación de moléculas inflamatorias llamadas"citocinas" para limpiar la sangre, una respuesta que por otra parte incita a células inmunes a invadir tejido sano en el cuerpo.

Con ello no solo interfiere en la capacidad del tejido para reaccionar ante la insulina, sino que adicionalmente también interviene las hormonas y la parte del cerebro que gobierna nuestro apetito, explica Michael Jerrett, de la Universidad de California, Berkeley.


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