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| 7/4/1994 12:00:00 AM

DESENCUENTRO EN EL VATICANO

Un presidente acusado por delitos sexuales y que aprueba el aborto, y un Papa conservador que no ceja en su condena, protagonizan una reunión llena de eufemismos.

EL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS, BILL Clinton, sabía que su viaje a Roma no sería fácil. Primero estaba la visita al Papa Juan Pablo II, con quien son conocidas sus diferencias en cuanto a temas de control de la natalidad, en general, y de aborto, en particular. Y luego vendría la reunión con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, a quien acusan en toda Europa por ser el primer dirigente que incorpora en su gobierno a neofascistas, precisamente cuando el motivo principal de su visita era la conmemoración del ataque sobre Lazio, que en 1944 significó el principio del fin para el fundador del fascismo, Il Duce Benito Mussolini.
Pero la prueba de fuego era la visita al Vaticano por los antecedentes recientes de Clinton, quien enfrenta acusaciones de acoso sexual por parte de una antigua empleada del estado de Arkansas. En esas condiciones el tema permitía que los críticos satirizantes de Estados Unidos hicieran toda clase de comentarios sobre la absolución que, según ellos, debía pedir el presidente por todos sus pecados.
El tema, sin embargo, no trascendió, aunque los dos personajes se reunieron a solas por espacio de 35 minutos en la biblioteca del Vaticano. Al final, las declaraciones de Clinton ante los periodistas y los comentarios del vocero papal, Joaquín Navarro Valls, sólo coincidieron en el uso indiscriminado de eufemismos que se podrían resumir en una sola expresión: desacuerdo total.
Ante 140 seminaristas estadounidenses, a quienes recibió en una sala del Vaticano, Clinton dijo que "hemos hablado con el Santo Padre sobre aquello en que estamos de acuerdo y sobre lo que no estamos de acuerdo". Más adelante dijo que "hemos hablado de cómo podremos llegar juntos a una política que promueva el crecimiento responsable de la población mundial y, al mismo tiempo, reafirmar un empeño común en el papel central de la familia en la sociedad de cada día". Y, como en tono aclaratorio, agregó que "debe quedar en claro que nadie, al menos en Estados Unidos, y sobre esto tenemos diferencias con China, pretende apoyar el aborto como medio de control de la natalidad".
En la reunión fue tema central la Conferencia Internacional de El Cairo sobre Población y Desarrollo, la cual ha sido atacada por el Papa ante la posibilidad de que allí se tomen medidas favorables al control y la legalización del aborto. Según dijo Navarro, en cuanto a ese tema el Papa mencionó "los graves problemas éticos relacionados con la promoción y defensa de la vida y de la familia en partisular". Navarro informó que el Papa "hizo un llamamiento a la responsabilidad de una gran nación, como es la norteamericana, que en el origen y en el curso de la historia siempre ha propugnado por los valores éticos que están en la base de toda civilización".
En suma, la reunión de 35 minutos debió ser toda una batalla retórica, sin vencedores ni vencidos, y eso era lo previsible. La verdadera prueba de fuego vendría después en la reunión con Berlusconi. Esa dificultad no estaba prevista cuando se acordó la visita, pues en esa época, el mes de marzo pasado, Berlusconi no había sido nombrado ni había incluido en su gabinete a los neofascistas del Partido Alianza Nacional.
Pero Clinton salió con una facilidad que nadie esperaba. Al cierre de esta edición, cuando el presidente viajaba a Francia para integrarse a la espectacular conmemoración del Día D, todavía se comentaba el espaldarazo que le dio a Berlusconi cuando justificó a los neofascistas al decir que "es necesario tener en cuenta que en el mundo existen muchos partidos políticos cuyas raíces corresponden a un pasado no del todo democrático, pero todos deben ser juzgados por lo que hacen". Una posición pragmática y peligrosa dado el resurgimiento del racismo y la xenofobia tan queridos por la ultraderecha, y cuyo resultado se medirá por la reacción de los europeos, para quienes un fascista es un fascista, sin importar el ropaje con que se cubra.-
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