Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 6/27/2010 12:00:00 AM

Despedido

El despido del comandante de las tropas gringas en Afganistán, Stanley McChrystal, muestra que Barack Obama no admite insubordinaciones, pero deja claro que para Washington la guerra en ese país va mal.

El despido del general Stanley McChrystal como jefe de los ejércitos en Afganistán se convirtió en el escándalo político de la semana pasada en Estados Unidos y dejó dos cosas muy claras. La primera es que el presidente Barack Obama piensa amarrarse los pantalones frente a los militares cada vez que le toque. Y la segunda, que si bien la estrategia de hacerles frente a los talibanes parece ser la correcta, los gringos están perdiendo la guerra. Lo grave es que no se trata de una guerra cualquiera: con nueve años de duración, la de Afganistán es la más larga que han librado las tropas norteamericanas en toda su historia, incluso por encima de la que pelearon en Vietnam hasta 1975 y de la Segunda Guerra Mundial, en la que vencieron a Adolfo Hitler en 1945.

En esta ocasión, el detonante del escándalo fue el propio McChrystal. El general, graduado en la célebre academia militar de West Point, había sido destinado a Afganistán en junio de 2009 por Obama y el secretario de Defensa, Robert Gates. Pero la semana pasada cometió el imperdonable error de criticar e incluso burlarse de sus jefes. Sucedió en una entrevista con la revista Rolling Stone, cuyos principales apartes fueron destacados el lunes 20 en la página web de la publicación. El escándalo era inevitable.

No fueron de poca monta sus declaraciones al periodista Michael Hastings. Dice el texto, por ejemplo, que los asesores del general consideran a Obama un hombre "incómodo" e "intimidado", y que el propio McChrystal, al ser interrogado sobre el vicepresidente gringo, Joe Biden, responde con sorna: "¿Está preguntando por Biden? ¿Quién es él?". Tras lo cual agrega burlonamente uno de sus segundos, haciendo un juego de palabras como diciendo "muérdame el trasero": "¿Se refiere a 'Bite me'?".

Pero no solo eso. En el artículo, titulado 'The Runaway General' (algo así como 'El general disidente'), que salió a la calle el viernes de la semana pasada, McChrystal, que considera que la estrategia militar gringa en Afganistán puede transformar al país en un 'Caos-istán', también la emprende contra el consejero de Seguridad Nacional, James Jones, a quien tilda de "payaso"; contra el embajador norteamericano en Kabul, el ex general Karl Eikenberry, y contra el enviado especial de la Casa Blanca, Richard Holbrooke, a quien no le contesta los correos tal como cuenta Michael Hastings. Para rematar, Rolling Stone resume el artículo del siguiente modo: "Stanley McChrystal, el comandante de las tropas en Afganistán, ha logrado el control de la guerra sin perder de vista a sus verdaderos enemigos: los debiluchos de la Casa Blanca".

Cuando estalló la noticia se produjeron varias reacciones. Primero, McChrystal quiso disculparse. Luego, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, pidió que el general continuara en ese país. Finalmente, el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, se declaró "enfermo" con las palabras de quien apreciaba muchísimo, pues fue uno de los hombres claves en el operativo que hace cuatro años dio de baja al jefe de Al Qaeda en Irak, Abu Musab al-Zarqawi. Pero nada de esto sirvió. Como era de esperarse, el presidente Barack Obama mandó llamar a McChrystal, lo destituyó ipso facto y lo reemplazó por el general David Petraeus, jefe del Comando Central encargado de supervisar lo que ocurre en Irak, en Afganistán y en Pakistán. Y advirtió: "Tenemos una meta clara. Vamos a acabar con el impulso de los talibanes. Yo acepto el debate, pero no tolero la división".

Era la forma correcta de reaccionar. Por un lado, los militares en las democracias son un cuerpo no deliberante y sujeto al poder civil. Si tienen reparos, deben hacerlos a puerta cerrada y estar mudos ante la prensa. Por otro, ningún presidente se aguanta que un subalterno se mofe públicamente de su administración. El que manda, manda.

No es la primera vez que un presidente gringo llama a calificar servicios a un general que como McChrystal dirige las tropas en una zona de guerra. Pero tampoco es usual. Hace casi un año el secretario de Defensa, Robert Gates, le pidió la renuncia al comandante en Afganistán, el general David McKiernan, antecesor inmediato del propio McChrystal. Mucho antes, en 1951, se presentó el episodio más sonado cuando el presidente Harry S. Truman retiró de la comandancia en el Japón al general Douglas MacArthur luego de que este pusiera en duda la estrategia de la Casa Blanca de no iniciar una guerra total contra la China. MacArthur, que era una leyenda entre los militares, no tuvo más remedio que volver a Washington: "Old soldiers never die. They just fade away" ("Los soldados viejos nunca mueren. Se desvanecen solamente").

Pero más allá de la desvinculación de McChrystal, lo cierto es que el plan de Washington en Afganistán, si bien se parece al que está dando éxito en Irak, deja mucho que desear. Actualmente hay unos 100.000 soldados de 46 países en ese país asiático, donde procuran doblegar a los talibanes, evitar que estos fortalezcan sus lazos con Al Qaeda, impedir que se enriquezcan con el tráfico de amapola y mantenerlos fuera del vecino Pakistán.

No ha sido así. Es cierto que tras la invasión estadounidense a finales de 2001, en respuesta a los atentados del 11 de septiembre, cayó el régimen talibán que gobernaba desde Kabul, la capital. Pero nueve años después, Estados Unidos no ha conseguido acabar con estos extremistas a pesar de que Obama anunció en diciembre, a petición de McChrystal, el envío de otros 30.000 soldados. Por si fuera poco, este junio ha sido el mes más sangriento en varios años para las tropas del Pentágono: hubo 46 bajas. Los muertos gringos ya superan los 1.000, y el control de las dos provincias claves del suroeste, Kandahar y Helmand, es cada vez más difícil.

Según los analistas, dos asuntos han conspirado contra un mejor desempeño de Estados Unidos en Afganistán. El primero, tal como constata el columnista conservador de The Washington Post Charles Krauthammer, es que cuando Obama anunció en diciembre el traslado de los 30.000 soldados también dijo que empezarían a retirarse en julio de 2011, con lo cual nadie puede tomar en serio a Estados Unidos. Y el segundo, la corrupción del gobierno de Hamid Karzai, el presidente impuesto por la Casa Blanca. La Otan difundió hace poco un informe sobre el despilfarro de 2.000 millones de dólares en pagos a contratistas privados, que además han reclutado a más de 50.000 pistoleros a sueldo para mantenerse a salvo. Y The Economist afirma que Ahmed Salid Karzai, el hermano del Presidente, es el hombre fuerte en Kandahar, donde ha montado un imperio de narcotráfico y negocios sucios.

Si las cosas siguen así, el futuro es negro. Obama actuó bien al despedir a McChrystal. Demostró que no va a permitir insubordinaciones. Petraeus es el general indicado para dirigir a las tropas, según los analistas, y puede dar un timonazo en la dirección correcta desde el punto de vista militar. Pero si el Presidente no presiona a Karzai para que le meta el diente a la corrupción, y si no manifiesta su compromiso a largo plazo y con apoyo internacional para que ese país salga adelante, la de Afganistán puede convertírsele no solo en la guerra más larga en la historia de Estados Unidos, sino en un punto muy negro de su gobierno.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1851

PORTADA

El doloroso asesinato de 81 líderes (este año)

José Jair Cortés es el más reciente de casi un centenar de líderes asesinados este año sin que el Estado pudiera evitarlo.¿Cómo parar este desangre?