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| 12/13/2008 12:00:00 AM

Despegó una potencia

En 2008, todos los ojos estuvieron puestos en China. El país que brilló en los Juegos Olímpicos se consolidó como protagonista mundial. Pero no todo fue alegría.

El 27 de septiembre, Zhai Zhigang se convirtió en un héroe. A bordo del cohete Shenzhou VII, este astronauta de 42 años llevó a China a ser el tercer país del mundo que realiza una caminata espacial, el primero después de las dos superpotencias de la Guerra Fría. Mientras Zhai movía de un lado a otro una pequeña bandera de su país, millones de compatriotas que estaban viendo la transmisión en directo lo aplaudían en la tierra. Fue el colofón perfecto después de los Juegos Olímpicos de agosto, en los que Beijing deslumbró con sus avances tecnológicos, su dominio deportivo y sus ceremonias espectaculares. Ya no hay duda: en 2008, 30 años después del comienzo de las reformas económicas de Deng Xiaoping, China ratificó con hechos concretos su condición de potencia.

Pero el año no comenzó tan bien. Después de las peores nevadas en más de medio siglo, que afectaron a 100 millones de habitantes, en marzo se desataron las protestas del Tíbet y se popularizó otra amenaza: la violencia de los separatistas uigures. China parecía temblar ante la mera posibilidad de que alguna de sus minorías boicoteara los Olímpicos. En mayo, el gigante asiático volvió a temblar, pero esta vez literalmente. Un demoledor terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter arrasó la provincia de Sichuan, mató a 70.000 personas y mostró el lado oscuro chino, sumido en la pobreza y el atraso.

En ese momento, el mundo volvió a pensar en China y en su inmensa paradoja. Es un país que se precia de ser una de las cinco economías más grandes del planeta, con un crecimiento en promedio de alrededor del 10 por ciento y que puede darse el lujo de enviar cohetes al espacio y construir maravillas arquitectónicas. Al mismo tiempo, es una nación en vías de desarrollo, con una desigualdad creciente, con niveles altos de corrupción y alrededor de 200 millones de personas que, según el Banco Mundial, gastan menos de un dólar cada día.

"El aspecto más impactante del liderazgo del presidente Hu Jintao es el éxito notable para avanzar en sus intereses en el extranjero a pesar de la confusión interna", explicó la revista Time en un artículo de portada sobre China y su estatus de potencia. Y es cierto. Hoy, pese a los problemas locales y la ubicuidad del partido comunista, la voz de China se escucha con fuerza en todo el mundo. Desde países africanos que afrontan conflictos armados hasta América Latina, que recibió recientemente al presidente Hu, pasando por Asia, donde China es el rey. Su influencia es tan grande, que resulta imposible discutir temas internacionales, como el calentamiento global, sin hablar de China, el país que agrupa a un quinto de la población mundial. La crisis financiera es otro ejemplo claro, hasta el punto de que una caída en la economía china, como la que se está presentando, tiene tanto a Beijing como al resto del mundo con los pelos de punta. Es una muestra de que en un nuevo mapa geopolítico, con un recién elegido presidente en Estados Unidos y una Rusia desafiante, el rol que pueda desempeñar Beijing como protagonista resultará decisivo.

Y China lo sabe. Por eso, aunque en 2008 sufrió por el terremoto, por la crisis financiera que vulneró su economía, por tormentas invernales, por protestas políticas, por su récord de derechos humanos y por escándalos alimenticios, logró demostrarle al mundo que hoy, más que nunca, es una nación indispensable.
 
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