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| 10/26/2013 2:00:00 AM

María y Leonarda: lamento gitano

La tragedia no abandona los romaníes. La expulsión de una joven de Francia y el drama de la niña hallada en Grecia, ahondan la desgracia.

En Europa hay un país del tercer mundo, de más de 10 millones de habitantes, una nación sin fronteras, miserable y estigmatizada, un espantapájaros que alimenta discursos populistas y ficciones de extrema derecha, una etnia regada por toda la región desde hace siglos sin que nadie sepa aún como integrarla. 

Los llaman gitanos, zíngaros, calés, sintis, manuches, romas o romaníes, el nombre oficial de este pueblo sin patria, de la minoría más grande y perseguida del Viejo Continente. Comunidad indomable, en los últimos días ocupa titulares y debates con situaciones que mezclan lo trágico y lo miserable.

El 9 de octubre en el este de Francia, Leonarda Dibrani, una gitana de 15 años, iba con sus compañeros del colegio a una excursión. De pronto una patrulla de la Policía detuvo al vehículo. Sin que tuviera tiempo de despedirse, los agentes hicieron bajar a Leonarda. Se la llevaron al aeropuerto de Lyon, donde sus padres y sus cinco hermanos esperaban un avión para salir deportados hacia Kosovo, un país desconocido para ellos.

Cuatro años atrás los Dibrani habían ingresado ilegalmente a Francia, donde pidieron asilo político. Las autoridades se lo negaron cinco veces, pues según afirmaron, el padre de Leonarda no buscaba trabajo, varias veces insultó a los trabajadores sociales y sus hijas se quejaron de que las golpeaba. 

Terminaron en Kosovo, pues allá nació Resat Dibrani, quien salió hace 38 años de ese país de la antigua Yugoslavia. Pero sus hijos nacieron en Italia y en Francia y han vivido en media Europa, siguiendo el destino errante de su pueblo, siempre huyendo de la pobreza y la persecución de las autoridades, y en busca de mejores mañanas. Hasta ese día en que fueron detenidos en Francia, el país de los derechos humanos, donde la escuela es un espacio sagrado y gobierna el Partido Socialista. El país donde el caso de Leonarda se volvió un escándalo de enormes proporciones. 

Si bien la expulsión es legal, militantes de derechos humanos dijeron estar “sorprendidos por los métodos utilizados para devolver a niños de la minoría gitana a países que no conocen y cuya lengua no hablan” y “estupefactos por ver cómo los esfuerzos de integración de estos niños en la escuela son reducidos a cero por unas políticas ciegas e inhumanas”. 

La indignación incluso alcanzó aliados del presidente, algunos ministros criticaron la decisión y varios políticos renunciaron a su partido. El ministro de Interior Manuel Valls, famoso por sus frases duras, acrecentó las divisiones al decir que “solo una minoría de romas se quiere integrar. Tienen que volver a sus países e integrarse allá”. Un discurso que roza con el de la extrema derecha, pero que fue apoyado por el 77 por ciento de los franceses. 

Unos días después, a miles de kilómetros, otro drama le añadió combustible al debate. El 16 de octubre, la Policía hizo un registro rutinario en un campamento gitano en Grecia. En una de las casas prefabricadas del asentamiento encontraron a María, una niña rubia, de ojos verdes y piel blanca.

No se parecía a sus padres de tez morena y pelo negro. Suspicaces, los agentes les pidieron documentos que probaran la filiación de la pequeña. No fueron capaces de demostrarla y cambiaron una y otra vez su versión: que en realidad la encontraron en un supermercado, que su padre era canadiense y que su madre la abandonó. 

La historia terminó con los dos supuestos padres en la cárcel, un examen de ADN que confirmó que no eran de la misma familia y María, el “ángel rubio” como la apodaron los periodistas griegos, en una fundación para menores. Como perros de caza, los tabloides agarraron la noticia y no la soltaron. 

Escribieron que María era robada, que la obligaban a bailar por dinero, que la iban a vender. Entre tanto las autoridades lanzaron una investigación internacional para encontrar los padres, mientras miles de personas llamaban a Grecia para dar pistas. Al cierre de esta edición una gitana búlgara dijo que se podía tratar de su hija, que “regaló, pues no teníamos como alimentarla”. 

Un perfume de histeria medieval no tardó en tomarse la Europa del siglo XXI. En Irlanda la Policía se llevó a dos niños rubios de dos familias romas, pues según tituló el diario sensacionalista The Mirror “no se parecían a sus hermanos y hablaban mejor inglés”. Después de los exámenes de ADN, las autoridades tuvieron que pedir perdón y devolver los dos infantes. 

Los dramas de María y de Leonarda son las dos caras de una moneda que confunden y confirman estereotipos, que revelan las calamidades que padecen los gitanos y las desgracias en las que terminan metidos. Mientras Leonarda asisitía a la escuela y se quería integrar, su padre era violento y abusivo. Lo que le pasó a María es repulsivo, pero pensar que un niño es demasiado blanco como para ser gitano es abiertamente racista. 

Como le dijo a SEMANA Aidan McGarry, profesor de política de la Universidad de Brighton y autor de ¿Quién habla por los romas?, “ellos están en Europa desde el siglo XIV y siempre se han enfrentado a la hostilidad y a las persecuciones. Los han matado y apartado por ser quienes son, una discriminación que sigue aguda. Son la minoría más odiada y parte de eso se explica por las percepciones, los ven como ladrones, mendigos y parásitos que no pertenecen a la sociedad.

Desafortunadamente la desconfianza es mutua, y las oportunidades para desafiarla son limitadas”. 
En Europa se calcula que son por lo menos 10 millones, aunque por miedo, en los censos muchas veces esconden su origen. Según varios estudios, el 25 por ciento vive en tugurios, el 55 por ciento no tiene acueducto, dos tercios dicen que no les dan trabajo solo por ser gitanos y el 15 por ciento no sabe ni leer ni escribir.  

El problema es que las políticas públicas impulsadas en la Unión Europea poco han servido. Como le explicó a SEMANA Matthew Kott, coordinador del Centro de Estudios Romaníes de la universidad de Uppsala, “las directivas europeas pasan por el filtro de los Estados miembro. En vez de ponerlas en práctica, las vetan, las burlan o las desnaturalizan. 

En Francia, por ejemplo, expulsan a  romas búlgaros y rumanos a pesar de que son ciudadanos europeos con derecho a la libre circulación. Además, la voz del millón de estonios y de los 400.000 malteses pesa más que la de los 10 millones de romas. Mientras las decisiones no incluyan actores supranacionales, sus problemas no se van a resolver”. 

Entre tanto lo poco que se ofrece es violencia y exclusión. Los nazis aniquilaron a por lo menos 800.000 gitanos y el tiempo, en este caso, ha pasado en vano. En la República Checa estudian en colegios segregados de menor calidad; en Ostrovany, Eslovaquia, la alcaldía construyó un muro para separar los gitanos; en Hungría milicias paramilitares los atacan; en Rumania la extrema derecha le ofreció 300 euros a cada gitana que se esterilice; en Polonia en algunos restaurantes les prohibieron el acceso; en Bulgaria miles de personas salieron a las calles prometiendo “volverlos jabón”; en Francia y en Italia las autoridades han quemado sus campamentos; incluso en Suecia la Policía los metió en unabase de datos ilegal por el criterio étnico. 

La desgracia es que políticamente y mediáticamente sigue siendo más rentable escandalizar que explicar. El gitano siempre será el otro, el diferente, el sospechoso. Algún día tocará entender que eso no es forzosamente un problema. Pues como dijo Günter Grass,  nobel de Literatura, los gitanos “viven en todos los países de Europa, no miran fronteras, no quieren un Estado y han contribuido a nuestra cultura. ¡Los gitanos son los verdaderos europeos! Tenemos mucho que aprender de los gitanos, son el alma de Europa”.
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