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| 3/3/2017 10:25:00 PM

El doctor Donald y míster Trump

El magnate sorprendió al mundo al mostrar su cara más conciliadora y presidencial ante el Senado de su país. ¿Se trata de un lobo con piel de oveja, o de un verdadero giro hacia la moderación?

Lo más chocante del discurso que Donald Trump dio ante el martes ante el Congreso fue que no tuvo nada de chocante. En los 60 minutos de un optimismo que contrastó con su tono fatalista durante su campaña y los primeros días de su Presidencia, el mandatario leyó un discurso en el que tendió puentes con los demócratas, rechazó los crímenes de odio y sugirió que millones de indocumentados podrían regularizar su situación. Sin embargo, también dejó claro que piensa desmontar buena parte del legado de Barack Obama, empezando por el Obamacare, el plan de salud que su predecesor convirtió en su política insignia. Por otra parte, la gran incógnita de la noche fue cuál será la posición de Trump frente a Rusia, que a pesar de ser el asunto que más problemas le ha generado al magnate, pasó de agache en su alocución. Con todo, su discurso tuvo dos consecuencias. Por un lado, llevó a reconocer incluso a sus más severos críticos que por primera vez el magnate sonó presidencial y alejó el espectro de un impeachment. Por el otro, tiene a muchos dudando de su sinceridad, pero también de sus posibilidades de poner en práctica una serie de políticas que van en contravía de lo que dijo una y otra vez durante la campaña.

¿Contra el odio?

Aunque seamos una nación dividida por la política, somos un país que permanece unido en la condena del odio y de la maldad en todas sus formas”. Junto con su referencia al Mes de la Historia de los Negros y su condena del reciente aumento de los ataques antisemitas y del asesinato de dos ciudadanos indios en Kansas, esas palabras fueron como agua de mayo para un país al que las divisiones étnicas tienen literalmente desgarrado. Reconocer esos hechos significa un avance importante, pues como candidato Trump exacerbó una y otra vez los odios étnicos para alcanzar sus fines electorales, y hasta ahora había indicado que su Presidencia era sólo para los blancos. Sin embargo, aunque es válido ilusionarse con su cambio de actitud, todo se podría quedar en un saludo a la bandera. Pues lo cierto es que Trump no tuvo inconveniente en nombrar como fiscal general a Jeff Sessions, un senador que ha sido varias veces señalado por sus comentarios racistas, y que su principal asesor es Steve Bannon, un supremacista blanco que cita sin ruborizarse los ideólogos del fascismo italiano. No deja de ser llamativo que Bannon sea uno de los autores del discurso.

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Vamos a trabajar en equipo...

Trump llegó al poder tras humillar a su partido, describir a sus contrincantes demócratas como unos criminales y prometer: “Sólo yo pude arreglar esto”. Por eso sorprendió a propios y extraños no sólo por pronunciar un discurso que pocos republicanos rechazarían, sino por invitar a la oposición a trabajar juntos “por el bien del pueblo estadounidense”. Sin embargo, la cosa está muy lejos de poder resolverse con un simple ‘trabajemos juntos’. Por un lado, la polarización política de Estados Unidos es crónica y la mayoría de los demócratas han leído el cambio de actitud de Trump como una maniobra de distracción. Y razones no les faltan, pues muchos tienen la certeza de que Trump es un presidente ilegítimo que llegó al poder gracias a las maniobras del Kremlin y a la difusión de noticias falsas desde sitios vinculados a su campaña (como Breitbart News, que hasta el año pasado dirigió Bannon). De hecho, pese a los gestos conciliadores del martes, uno de los ejes de su administración ha sido desmontar el legado de Barack Obama, a quien acusó el lunes de estar detrás de estar detrás de las manifestaciones en su contra. Además, hizo un llamado al Congreso para reemplazar el Obamacare, la política insignia de su predecesor, que según Trump es un sistema de salud “insostenible y al borde del colapso”.  

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Amnistía o deportaciones (¿o ambas?)

Poco antes de pronunciar su discurso, Trump dijo en una reunión con varios periodistas de las principales cadenas estadounidenses una frase que dejó a muchos boquiabiertos: “Este es el momento indicado para una ley sobre inmigración siempre y cuando haya un compromiso de ambas partes”. Y ante el Senado habló de crear un sistema basado en el mérito, un sistema que se remonta a la administración de George W. Bush que consiste en endurecer los controles migratorios al tiempo que contempla la regularización de los 11 millones de indocumentados que hay en el país. Sin embargo, desde cuando Trump se posesionó, la vida para esas personas se ha convertido en una pesadilla, pues la definición que su gobierno ha dado de ‘criminal’ es tan amplia, que prácticamente todos pueden ser deportados en cualquier momento por una infracción menor. De hecho, un informe publicado por la agencia AP a mediados de febrero reveló que el presidente había considerado usar la Guardia Nacional para indocumentados.

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Reconstruir el país... ¿o el muro?

Uno de los pocos puntos en los que los republicanos y los demócratas están de acuerdo es el estado lamentable de la infraestructura nacional. Por eso cayó particularmente bien la propuesta de Trump de lanzar “un nuevo programa de reconstrucción nacional”. Sin embargo, esa iniciativa tiene importantes grietas, pues aunque ambos partidos coinciden en que es necesario reconstruir aeropuertos, vías férreas y puentes, en el centro de la política pública del Ejecutivo está el “gran muro” que pretende construir en la frontera sur. No se trata de un asunto menor, pues su construcción (o por lo menos la intención de hacerlo) se podría convertir en la gran piedra en el zapato del único tema con apoyo bipartidista. Por un lado, Trump no tiene ninguna intención de dar marcha atrás en ese tema, pues aunque se trate de una propuesta sencillamente inviable, fue el símbolo de su campaña y su base electoral no le va a permitir retractarse. Por el otro, además de costar un ojo de la cara (los últimos cálculos apuntan a unos 40.000 millones dólares), este representa todo lo que los demócratas rechazan de su Presidencia y no es fácil imaginar ningún escenario en el que estén dispuestos a apoyar ninguna medida que lo favorezca.

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¿Viva la Otan? Ni tanto...

No debería tener nada de extraordinario que el presidente de Estados Unidos diga “apoyamos firmemente a la Otan”. Como afirmó el propio Trump, “esa alianza se forjó a través de los lazos de las dos guerras mundiales que destronaron al fascismo, y de la guerra fría que derrotó al comunismo”. Sin embargo, hasta ahí le llegó el entusiasmo, pues  les recordó a los países miembros que deben cumplir las obligaciones económicas que plantea la alianza y se quejó de los “trillones” de dólares que Estados Unidos ha invertido en guerras foráneas. En efecto, no se puede olvidar que Trump llamó a la OTAN una organización “obsoleta”, ni que su secretario de defensa, James Mattis, advirtió que si los miembros no aumentan sus contribuciones, Estados Unidos moderará su apoyo a la organización.

Honrando a los caídos

La dosis emocional del discurso de Trump llegó con el homenaje al operador especial de la marina estadounidense, el difunto William “Ryan” Owens. Al discurso acudió su viuda, Carry Owens, quien se sentó junto a Ivanka Trump y derramó lágrimas durante la alusión a su esposo. “Ryan murió como vivió: como un guerrero y un héroe, luchando contra el terrorismo y protegiendo a nuestra nación”. Si bien el apoyo a los veteranos y muertos en combate es un asunto bipartisano, Trump fue blanco de críticas dado que Owens murió durante un controversial ataque en Yemen que Trump aprobó poco después de asumir la Presidencia. Así mismo, el presidente enalteció a todos los muertos en combate y le prometió mayores recursos al Ejército.

Brillaron por su ausencia

El discurso de Trump fue notable por lo que dijo, pero también por lo que calló. En concreto, el presidente no se refirió ni una sola vez a los vínculos de su gobierno con Rusia, un asunto que le gana críticas de los demócratas y genera tensiones internas en su propio partido. Sin embargo, aunque Trump ha ignorado la histórica rivalidad con el Kremlin, sí aprovechó su discurso para hacer lo que se puede interpretar como un guiño a sus críticos y, quizá, al mismo Vladimir Putin. “Estados Unidos hoy es amigo de quienes antes eran sus enemigos”, reiteró el mandatario.  Por otro lado, las relaciones con China, a la que Trump criticó hasta la saciedad en su campaña, pasaron de agache en su alocución.

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