Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/07/10 00:00

Dividida

La decisión de fraccionar a Microsoft es apenas una de las directrices que impedirán a Bill Gates dominar el mercado de ‘software’ en el mundo.

Dividida

Finalmente llegó el día del juicio. Casi desde un comienzo, en octubre de 1998, el proceso antitrust contra Microsoft resultó complicado para la empresa de software más grande del mundo. Desde que el juez Thomas Penfield Jackson dictaminara que la empresa se comportaba como un “monopolista abusivo”, en abril de este año, era de esperar que se aplicara la idea del Departamento de Justicia y que Microsoft fuera dividida en dos empresas: una productora de sistemas operacionales y otra productora de aplicaciones. Durante las audiencias el juez expresó, inclusive, la idea de que la empresa fuera fragmentada en tres o cuatro partes.

Sin embargo el caso no terminará aquí. Con seguridad continuará en la forma de sucesivas apelaciones que pueden prolongarse hasta por dos años. Además, teniendo en cuenta las circunstancias del juicio, la persistente negación por parte de Microsoft de que estuviera haciendo algo malo constituye, por decir lo menos, una mala táctica. En determinado momento del juicio Microsoft propuso una serie de enmiendas menores en su comportamiento pero malogró su gesto al aseverar poco después que apelaría inclusive contra sus propias propuestas. Ahora piensa apelar no sólo contra el fallo del juez Jackson, sino contra las enmiendas de conducta que ella misma propuso. Si se acumula esta actitud con la de negar cualquier comportamiento inadecuado lo único que puede resultar son mayores dificultades para ganar la apelación.

Aunque naturalmente el centro de atención de todo el procedimiento está en la decisión de dividir la empresa, en realidad el remedio más significativo contra las prácticas monopolísticas impuesto por el gobierno —desde el fraccionamiento de la AT&T en 1983— lo constituyen las nuevas directrices de conducta impuestas por la Corte. Estas entrarán en vigencia en un plazo de 90 días y serán lo más significativo en el futuro inmediato. Ellas le restringirán a Microsoft la explotación de su monopolio sobre los computadores de escritorio mediante la imposición de sus aplicaciones a los usuarios. Debido a que la empresa se verá obligada a ofrecerle al público una versión de Windows despojada de toda aplicación adicional, así como a publicar los códigos del software, el efecto será que liberará a todos los fabricantes de software del estrecho control ejercido por Microsoft.

La respuesta de Microsoft ante todo esto —el fallo que dispone su división y las nuevas normas de conducta— es que significan un atentado a la capacidad de la industria de software para innovar y para capitalizar sobre su propiedad intelectual en beneficio de los consumidores. Bill Gates, presidente de la junta directiva de la compañía, inclusive tuvo el descaro de afirmar esta semana que el fallo constituye una amenaza contra la “sana competencia en la industria del software”.

No obstante, el juicio ha demostrado de manera fehaciente que las tácticas del señor Gates no son precisamente las que caracterizan la sana competencia. Más bien se han hecho notorias por sus intentos de utilizar procedimientos poco elegantes destinados a perjudicar a cualquier competidor que pudiese desafiar el control de esta empresa sobre el mercado de los computadores de escritorio. A medida que el juicio avanzó, hasta el fallo de esta semana, se observó que la capacidad de innovación del sector no es la que ha sufrido sino más bien el precio de las acciones de Microsoft, que ya ha caído a la mitad en lo que va corrido del año. Ese ha sido el castigo tanto por el mal comportamiento como por las malas tácticas.

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