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| 5/15/2010 12:00:00 AM

¿Divorcio a la vista?

En medio de temores de secesión entre sus dos comunidades, la crisis política belga, en el corazón de la Unión Europea, parece no llegar nunca a su fin.

Envenenada por sus diferencias lingüísticas, Bélgica se asoma al precipicio de la secesión. La crisis política en el corazón de Europa es un déjà vu permanente por la división entre los flamencos del norte, donde se habla neerlandés, y los valones francófonos del sur. Cada vez parece más insalvable el muro invisible entre las dos mitades del país, que está de nuevo sin gobierno después de que el rey Alberto II aceptó la renuncia del primer ministro Yves Leterme. Su gobierno no sobrevivió a meses de infructuosas negociaciones sobre el estatus de los suburbios de Bruselas, el único territorio bilingüe compartido por las dos comunidades. La última sesión de la Cámara de Representantes antes de las elecciones anticipadas del próximo 13 de junio se cerró con la frase de un representante secesionista que gritó "¡Viva Flandes, muera Bélgica!".

Los observadores han perdido la cuenta de las veces que Leterme, líder de los democristianos flamencos, ha dimitido desde las últimas elecciones, en 2007. De hecho, apenas había regresado al poder el pasado noviembre. Tras esos comicios, los políticos tardaron casi 200 días para ponerse de acuerdo en formar gobierno con una frágil coalición de cinco partidos. A ese acuerdo le ha seguido una larga cadena de crisis que se ha prestado para la confusión, el humor o la ironía. Cuando una parodia televisiva sobre la división del país mostró al rey partiendo al exilio, muchos creyeron que la noticia era cierta. Un bromista puso en venta el reino en eBay. Según la prensa británica, los primeros ministros ingleses les dedican menos tiempo a sus colegas belgas en las cumbres de la Unión Europea (UE) porque saben que a la vuelta de un año van a lidiar con uno nuevo. Incluso un diario alemán fue un paso más allá y calificó a Bélgica como "el Estado fallido más exitoso de la historia".

Pero la situación tiene poco de graciosa, pues la distancia entre las dos comunidades se agranda con cada una de las sucesivas crisis. Bélgica vive en una suerte de división constitucional donde flamencos y valones se dan la espalda. Salvo la monarquía, no hay ninguna institución de alcance nacional. El sistema político, con cinco parlamentos distintos, se basa en líneas regionales o lingüísticas. Los partidos, los medios y hasta la Cruz Roja tienen una versión a cada lado. Existen dos partidos socialistas, dos liberales y dos democristianos. Hay una prensa en francés y otra en neerlandés. Los símbolos compartidos son más bien precarios y se limitan al rey, algunas cervezas y la alicaída selección de fútbol, los diablos rojos que fueron sensación en otros tiempos pero hoy no clasifican a las citas importantes. Solo el uno por ciento de los matrimonios son mixtos.

La situación tiene raíces profundas, y Bélgica, según el propio Leterme, es un "accidente de la historia". Conocido como 'el campo de batalla de Europa', pues fue escenario de muchas, entre otras la de Waterloo, se trata de uno de los Estados más jóvenes del continente. Nació en 1830 cuando se independizó de los Países Bajos, y fue reconocida en la Conferencia de Londres por las Grandes Potencias en 1839, para que se convirtiera de hecho en un Estado colchón (buffer state) entre el Reino Unido y Francia. Hasta el rey es importado, pues los británicos propusieron que lo dirigiera una casa real fuerte. El honor correspondió al duque de Sajonia, convertido en Leopoldo I. Bélgica fue, a mediados del siglo XX, uno de los miembros fundadores de la Unión Europea, además de sede de la Otan.

El pecado original del Estado belga es haber optado como lengua oficial por el francés, el idioma de las élites, en detrimento del neerlandés, el de los campesinos de las zonas más desfavorecidas, cuya discriminación dio pie a que naciera el nacionalismo flamenco. Los papeles han cambiado desde entonces, pues el norte atrasado y agrario ha pasado a ser la región pujante, mientras las industrias siderúrgica y minera del sur han caído de forma dramática. Esa disparidad económica empeora todo, pues si se tomaran por aparte, Flandes sería una de las regiones más ricas de Europa y Valonia una de las más pobres.

A grandes rasgos, las dos comunidades se miran con desconfianza, pues los valones creen que los flamencos buscan la independencia, mientras estos sienten que sus vecinos del sur quieren vivir subsidiados por ellos. Y en medio de todo está Bruselas, sede de las instituciones europeas. La capital es un enclave principalmente francófono en Flandes (ver mapa) y es la única región bilingüe del país. Eso la convierte al mismo tiempo en el ancla que mantiene unida a Bélgica y en la manzana de la discordia entre las dos comunidades.

La nueva crisis, la que tumbó al gobierno de Leterme, se originó en la discusión por la conflictiva circunscripción electoral de Bruselas y sus suburbios, conocida como BHV. Aunque estos suburbios se encuentran en Flandes, los francófonos tienen derechos excepcionales allá, como acudir a la justicia en su propia lengua. El proyecto que impulsaban los flamencos pretendía limitar esas condiciones a la capital, con lo que más de 100.000 ciudadanos francófonos perderían esos derechos. Los políticos valones exigían como contrapartida un corredor entre Valonia y Bruselas, algo a lo que se oponían los flamencos pues temían que se propagara la 'mancha' francófona en Flandes. En esas condiciones fue imposible llegar a un acuerdo, y el gobierno cayó.

"Mientras Flandes no esté dispuesto a abandonar Bruselas y el territorio flamenco que la rodea, no puede haber separación", explicó a SEMANA Marc de Vos, director del Itinera Institute. "Solo una fracción del electorado realmente quiere la separación, pero podría acelerarse si las cosas siguen en un punto muerto después de las elecciones". En algún sondeo los separatistas flamencos lideran la intención de voto y muchos temen que en los comicios anticipados los radicales pesquen en río revuelto.

La gran paradoja es que Bélgica, en crisis perpetua, mantiene un papel de liderazgo en la UE, a la que debe una parte de su destino. El país había trascendido sus divisiones durante el tiempo que estuvo como primer ministro Herman Van Rompuy, quien se había mostrado como un negociador exitoso del conflicto entre las dos comunidades. Pero dejó el cargo en manos de Leterme, mucho menos dialogante, para aceptar el puesto de presidente del Consejo de Europa en noviembre.

A eso se añade que a Bélgica le corresponde asumir en julio la presidencia rotativa de la UE, y es probable que para ese entonces todavía esté negociando una coalición de gobierno. Como escribió en El País Lluís Bassets, "la presidencia europea dará así un paso más hacia la irrelevancia, después de un semestre español dominado por la crisis económica".

La ironía salta a la vista. Un proyecto de integración basado en superar barreras culturales y lingüísticas, como la UE, será presidida por un país amenazado internamente por la división. Y cada vez un paso más cerca del divorcio.
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