Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/04/30 00:00

Divorcio a la vista

Las relaciones de Estados Unidos y Rusia están en un punto muy bajo. Algunos hablan de una nueva guerra fría.

Divorcio a la vista

El romance de Estados Unidos y Rusia, surgido de la terminación de la guerra fría y la disolución de la Unión Soviética, parece a punto de terminar definitivamente. En las últimas semanas se ha presenciado un intercambio de recriminaciones de parte y parte que hace pensar en que ambos tienen sus agendas cada vez más separadas.

Uno de los hechos más significativos de esa nueva situación fue la expulsión de más de 50 diplomáticos rusos por parte de Estados Unidos, la cual se considera una consecuencia del descubrimiento de que un agente de contraespionaje del FBI, Robert Hanssen, venía entregando secretos militares y de inteligencia a los rusos a cambio de dinero. La decisión, que involucró a los agentes rusos que ‘manejaban’ a Hanssen, fue tomada directamente por el presidente norteamericano George W. Bush y causó como respuesta la expulsión recíproca de varios funcionarios norteamericanos de Moscú.

El escándalo de Hanssen no es sino uno más en una larga cadena de desentendimientos. Rusia dejó saber su profunda incomodidad con el hecho de que un alto funcionario del Departamento de Estado, John Beyrle (cuyo cargo, además, es el de ’asesor especial sobre Estados recién independizados’), se reuniera con el líder checheno Ilyas Akhmadov justo días después de que varias bombas atribuidas a rebeldes separatistas de esa república mataran a decenas de personas en Rusia. La actitud norteamericana fue calificada de “inmoral” por el canciller ruso, Igor Ivanov, y minimizada por el Departamento de Estado con el argumento de que la reunión no cambia el hecho de que Estados Unidos reconoce la pertenencia legal de Chechenia a la Federación Rusa.

Esos hechos se unieron a otros que parecen anecdóticos, como el descubrimiento de un túnel mediante el cual los norteamericanos espiaban la embajada rusa en Washington y la condena en Moscú del estadounidense Edmund Pope, después perdonado por Putin por razones de salud. Algo así no pasaba desde el juicio legendario del piloto del avión espía U-2 Gary Powers en 1960.

Para muchos la situación tiene tanto que ver con la presencia de George W. Bush en la Casa Blanca como con la de Vladimir Putin en el Kremlin. Este llegó al poder como heredero político de Boris Yeltsin en diciembre de 1999 y aunque muchos notaron su procedencia de las filas de la KGB, la inteligencia soviética, para el gobierno liberal de Bill Clinton, que no veía con sospechas la incógnita acerca de las verdaderas intenciones de Putin, el nacionalismo de éste y su evidente interés por devolverle a Rusia su papel geopolítico eran vistos como una oportunidad de negocios más que como una amenaza. Fue así como Clinton manejó las diferencias con Rusia sobre el camino por seguir en el conflicto de Kosovo, la guerra separatista de Chechenia y la oposición a la expansión de la Otan.

Pero la subida del conservador George W. Bush cambió las cosas radicalmente. Desde la campaña su asesora de seguridad, Condoleeza Rice, había anunciado el viraje cuando dijo que “si algo hemos aprendido en los últimos años es que una visión romántica de Rusia no sirvió de nada para asegurar la estabilidad de ese país”. Y desde el comienzo del nuevo gobierno la actitud paternalista se acabó. Bush anunció el renacimiento del sistema de defensa antinuclear ‘Guerra de las Galaxias’, heredado de Ronald Reagan, que es rechazado por Rusia por ir en contravía de los acuerdos de desarme nuclear de 1972 y por estimular una nueva carrera armamentista. Desde que se posesionó Bush señaló su nueva orientación cuando prefirió reunirse con el mexicano Vicente Fox antes que con Putin, a quien no verá antes de medio año. Y no ha tenido problema en amenazar con cortar la ayuda económica a Rusia, algo que hubiera sido impensable en la era Clinton.

Putin, por su parte, ha mostrado claramente que tiene su propia agenda. Ha viajado a Europa Occidental y a varios de los antiguos aliados de la Unión Soviética, como Cuba, Vietnam, Mongolia y China, con el claro objetivo de reasumir el papel de influencia internacional al que, a sus ojos, Rusia tiene derecho propio y criticando la existencia de un mundo “unipolar” en el que Estados Unidos sea la única superpotencia. En el Viejo Mundo intenta liderar un proyecto de defensa nuclear de cooperación europea como respuesta al norteamericano. Y en uno de sus actos más audaces acordó el mes pasado en Moscú la reanudación de las ventas de armas convencionales y cooperación nuclear con el presidente iraní Mohammad Khatami.

Los rusos son quienes hablan de que el gobierno norteamericano está usando una “retórica tipo guerra fría” y que todos los actos de Bush están dirigidos a torpedear los intentos de su presidente de reposicionar a su país como actor importante en la escena internacional.

En todo caso la presencia de hombres como Putin y Bush al mando garantiza, al menos, que la relación armoniosa entre esos dos países que vaticinaban los apóstoles del ‘fin de la historia’ está lejos de consolidarse. Para Estados Unidos bajo Bush la ‘democratización’ y la inserción en el sistema capitalista ya no parecen ser la ilusión capaz de tapar la influencia mafiosa, la criminalidad y todos los defectos de Rusia. Y para ésta con Putin los desastrosos efectos sociales de su capitalización han hecho que el ejemplo de Estados Unidos en términos económicos y políticos no ejerza la fascinación de antes. Si bien no es probable el renacimiento de una situación tan polarizada como la guerra fría, la desaparición del factor ideológico comunismo-capitalismo no garantiza que Estados Unidos y Rusia puedan jamás llegar a ser aliados verdaderos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.