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| 5/20/2017 8:30:00 PM

Cruzó la línea

El posible delito de obstrucción a la Justicia y el nombramiento de un investigador especial para sus relaciones con los rusos cierran el cerco alrededor de Donald Trump, mientras en Washington la palabra ‘impeachment’ comienza a resonar.

Donald Trump ha entrado en aguas peligrosas y lo sabe. “Ningún político ha sido tratado tan injustamente como yo”, dijo el miércoles en un discurso. “¡Esta es la mayor caza de brujas de la historia de Estados Unidos!”, trinó el jueves en la madrugada. No era para menos. Los últimos diez días han sido un verdadero viacrucis para el magnate, que la semana pasada creyó deshacerse de la investigación sobre la injerencia del Kremlin en las elecciones de 2016 al despedir al director del FBI, James Comey. Pero lo que hizo en realidad fue patear el avispero de una historia que lo acompañará hasta el final de su mandato.

El miércoles en la noche, dadas las “circunstancias excepcionales” del incidente, el Departamento de Estado nombró fiscal especial del caso al exdirector del FBI Robert S. Mueller, un personaje con fama de incorruptible entre los demócratas y los republicanos, que tendrá independencia absoluta para indagar hasta el fondo de lo que desde ahora es una investigación criminal (ver recuadro). Y eso incluye investigar cualquier vínculo o coordinación entre el gobierno ruso e individuos asociados con la campaña del presidente presentar cargos judiciales contra él y sus allegados o solicitar los recursos que necesite. Todo eso, con independencia del Departamento de Justicia.

Y eso es importante porque significa que la Casa Blanca no tendrá injerencia alguna sobre el curso de la investigación, ni el propio fiscal general, Jeff Sessions, un aliado ideológico de Trump que tuvo que recusarse de la investigación sobre Rusia por estar bajo sospecha de colaborar con Moscú. De hecho, a Mueller lo nombró su vicefiscal general, Rod Rosenstein, quien estuvo ocho días en el ojo del huracán por haber escrito el memorándum que sirvió de base a la absurda versión oficial según la cual Comey había perdido su puesto por la manera como trató a Hillary Clinton durante las elecciones.

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Por la boca muere el pez

En buena medida, el mayor responsable de la situación es el propio Trump. Este no solo reconoció (contradiciendo a sus voceros oficiales) que había despedido a Comey por sus investigaciones sobre Rusia, sino que dos días después lo amenazó por Twitter con revelar las grabaciones de sus conversaciones si hablaba con la prensa. Sin embargo, el presidente no contaba con la capacidad de previsión de Comey, que por algo fue el director del FBI y es conocido en el medio por su carácter meticuloso y ordenado.

Según informó el martes The New York Times, este elaboró un memorándum privado de cada una de sus conversaciones con Trump. Y lo que se ha conocido de esas notas deja muy mal parado al magnate, pues revelan –entre otras perlas– que le pidió a Comey jurarle lealtad y también que encarcelara a los periodistas que publicaran información clasificada.

Sin embargo, las “circunstancias excepcionales” que llevaron a Rosenstein a nombrar a Mueller apuntan a un comentario específico del presidente, que el 14 de febrero presionó a Comey en pleno despacho oval. Según las notas de Comey, en esa reunión el presidente le pidió cerrar la investigación sobre su exasesor de seguridad Michael Flynn, que un día antes había renunciado a su cargo tras conocerse que estaba metido hasta el cuello en la trama rusa. “Espero que puedas dejarlo ir”, le dijo, tal vez sin plena conciencia de que esa frase configuraría un claro caso de obstrucción a la Justicia. Es decir, uno de los delitos por los que el presidente puede ser sujeto a un proceso de impeachment para destituirlo de su cargo.

Pese a las presiones, Comey se negó a cerrar la investigación. Y si bien hoy es claro que por eso Trump lo destituyó, el nombramiento de Mueller significa que al presidente el tiro le salió por la culata. Aunque en un principio la Casa Blanca reaccionó con moderación y publicó un comunicado de tono conciliador, el jueves prometió “contraatacar”. Y aunque es cierto que en su cuenta de Twitter tiene más de 100 millones de seguidores, que 3 de 4 republicanos siguen apoyándolo y que los líderes de las mayorías de ese partido en el Congreso y la Cámara se han hecho los de la vista gorda ante todos sus escándalos, la cosa no pinta nada bien para Trump. Incluso entre sus copartidarios las voces críticas están aumentando, como la de los senadores Bob Corker, quien dijo el lunes que la Casa Blanca “está en un espiral descendente”; Lindsey Graham, que advirtió el jueves que el caso Trump se había convertido en una “investigación criminal”; o John McCain, quien fue aún más lejos y lo comparó con Nixon (ver recuadro).

El temor de los republicanos es comprensible. Aunque Trump es clave para aprobar proyectos ultraconservadores como el desmonte del Obamacare, la reducción de impuestos o el desmonte de la legislación medioambiental, el caos de su administración podría costarles sus curules en las legislativas de 2018. Y la historia justifica ese temor. Como escribió el editor de la Gallup, Jeffrey M. Jones: “Desde 1946, cuando la popularidad del presidente está por encima del 50 por ciento, su partido pierde en promedio 14 curules en la Cámara en las elecciones de medio mandato. Si su popularidad está por debajo de ese nivel, las pérdidas rondan las 36 curules”. Las últimas encuestas apuntan a que menos del 40 por ciento de los estadounidenses apoyan a Trump, por lo que está en una zona crítica.

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Y eso sin olvidar que la virtual parálisis de su administración y la trama rusa ya están teniendo efectos concretos en la economía estadounidense, como lo demostró la caída de 370 puntos que sufrió el miércoles el Dow Jones y afectó a casi todos los sectores.

Un presidente sin libreto

El nombramiento de Mueller no es más que uno de los dolores de cabeza de Trump, que comenzó mal la semana cuando The Washington Post publicó que había revelado información ultraconfidencial durante su encuentro con el canciller y el embajador ruso en el despacho oval. En esa charla, el presidente les dijo que contaba “con la mejor inteligencia del mundo” y, para demostrárselos, les dio información detallada de un plan de Isis para derribar aviones mediante computadores portátiles, e incluso reveló el nombre de la ciudad donde se recopiló esa información.

Pero esa información no era propia, sino de los servicios secretos israelíes, que desde antes de las elecciones ya habían expresado su temor de que cualquier dato que le suministraran a Trump terminara en manos de los rusos, que a su vez son aliados de Siria y de Irán, dos de los grandes enemigos de Tel Aviv. Por eso, en cuanto terminó la reunión, el asistente de seguridad de la Casa Blanca, Thomas P. Bossert, llamó a la CIA y a la NSA para advertir sobre lo que Trump había hecho. El mismo tiempo, otros asesores trataron de que esa información no quedara en las minutas de la reunión.

Aunque en un principio la Casa Blanca negó esa información, el propio Trump se encargó de desmentir a sus subalternos y afirmó que tenía “todo el derecho” de compartir esos datos como quisiera. Y en eso tiene razón, pues tiene facultades legales y constitucionales para hacerlo. Sin embargo, los presidentes normalmente ejercen esas atribuciones en el marco de una estrategia diseñada en conjunto con sus asesores del más alto nivel, sopesados todos los factores. Pero, como dijo a SEMANA Russell Riley, especialista en la Presidencia de Estados Unidos del Miller Center de la Universidad de Virginia, “el gran problema de este presidente es que confunde la simple capacidad de hacer algo con la conveniencia de hacerlo”.

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Y si esa actitud está sembrando el caos dentro de las fronteras de Estados Unidos, el resto del mundo está aterrado por las consecuencias que ese carácter voluntarioso e imprevisible puede tener. Por eso, la primera gira internacional de Trump tiene con los pelos de punta a los diplomáticos de Arabia Saudita, Israel, Italia y Bélgica, donde estará entre el 20 y el 27 de mayo. Si visitar las sedes del islam, el judaísmo, el cristianismo y la Otan es un desafío de marca mayor para cualquier político experimentado, para un tipo que se enorgullece de su ignorancia es un verdadero campo minado. 

Un hueso duro de roer

El encargado de investigar a Trump es un personaje curtido que ya se ha enfrentado a otros presidentes.

Robert Mueller III asumió la dirección del FBI pocos días antes del 11 de septiembre de 2001. En ese cargo, tuvo que contener el ascenso de Al Qaeda y coordinar la expansión del aparato de inteligencia estadounidense en un mundo en el que la amenaza terrorista no paraba de crecer. Sin embargo, en esa posición también demostró ser capaz de trazar líneas y sobre todo de respetarlas. Así, cuando el presidente George W. Bush pretendía en 2004 reautorizar un programa de espionaje de ciudadanos estadounidenses, presentó su renuncia y solo la retiró cuando el mandatario aceptó modificarlo. Hoy, este jurista de 72 años, veterano de la guerra de Vietnam y nacido en una familia acaudalada de Filadelfia, tiene la responsabilidad de retomar la investigación sobre la trama rusa en las elecciones del año pasado. Y su figura tiene una particularidad poco vista en estos días.

Un ‘déjà vu’

La situación de Trump recuerda la de Richard Nixon, quien tuvo que renunciar ante la amenaza de ser destituido. Y la razón, si cabe, era menos grave.

“Creo que está llegando al amaño y la escala Watergate”, dijo el senador republicano John McCain tras enterarse de que el presidente le pidió al exdirector del FBI James Comey abandonar una investigación sobre el exasesor de seguridad nacional Michael Flynn. Y es que a medida que pasan las semanas las comparaciones con Richard Nixon se multiplican en la prensa, pues este perdió la Presidencia por espiar la campaña de su rival, una razón que suena menos grave que aliarse con una potencia extranjera para ganar el poder. Sin embargo, ni su astucia de zorro ni sus profundos conocimientos de la política, características de las que Trump carece, le permitieron a Nixon impedir un juicio en su contra, que lo llevó a renunciar para no verse sometido a la humillación de un impeachment.

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