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| 7/23/2016 12:00:00 AM

El show de la convención que eligió a Trump

La convención republicana tuvo bochornosas embarradas y mostró que en ese partido todos están divididos.

Donald Trump prometió que la Convención Republicana no iba a ser aburrida y cumplió su palabra. En la reunión de los seguidores del Grand Old Party que se desarrolló en el Quick Sand Arena de Cleveland, entre el martes y el jueves, hubo de todo. Por un lado, los asistentes y los millones de telespectadores que siguieron el evento escucharon los consabidos discursos exaltando los valores partidistas, vieron los globos rojos, blancos y azules cayendo desde el techo, y contemplaron una escenografía con un podio monumental celebrando el nombre del elegido. Después de todo, las convenciones de los grandes partidos norteamericanos son grandes carnavales cuyo fin es coronar a su candidato a la Presidencia.

Pero por el otro, también conocieron en tiempo real las acusaciones de plagio en contra de Melania, la mujer de Trump. Asistieron a las peleas que tienen casadas las facciones del partido. Escucharon discursos en los que sus líderes apoyaban a regañadientes al elegido, o se negaban a pronunciar su nombre. Y vieron cómo, a última hora, varios miembros del partido trataron de sabotear la coronación de Trump. Si la convención de esta semana sirvió para algo, fue para mostrar lo dividido que estaba el partido a menos de cuatro meses de las elecciones generales.

Los pronósticos no eran buenos. Durante el año largo que lleva en campaña, Trump ha cosechado votos con un discurso basado en atacar al establishment, es decir, a la clase política de su país, y no ha hecho ninguna excepción con los miembros de su partido, a quienes ha tratado incluso peor que a los demócratas. Desde que lanzó su candidatura, el magnate ha insultado a los pesos pesados republicanos, ha ridiculizado a sus contrincantes, ha despreciado su dinero y solo hasta hace poco ha tendido puentes con los líderes conservadores.

Aunque el objetivo de impedir que los demócratas gobiernen otros cuatro años debería bastar para reunir a los republicanos, lo cierto es que esas heridas siguen abiertas. Y eso se notó en Cleveland, donde la lista de ausentes era más abultada y contenía más nombres importantes que la de los oradores del evento. De hecho, ninguno de los expresidentes republicanos vivos (los dos Bush) ni los dos últimos candidatos presidenciales de ese partido asistieron, lo mismo que decenas de congresistas, senadores y gobernadores que normalmente se pelean por tener un puesto en el evento político del año. El único excandidato republicano que estuvo fue Bob Dole, quien a sus 94 años tiene poca influencia en el resto del partido.

El resultado de esa situación fue una lista de oradores compuesta sobre todo por políticos poco conocidos por el público nacional, entre los cuales solo se destacaban los gobernadores Mary Fallin de Oklahoma, Asa Hutchinson de Arkansas, Chris Christie de Nueva Jersey y Scott Walker de Wisconsin. Y aunque la presencia de los dos últimos en el podio podría haberse visto como una muestra de unidad partidista –pues ambos fueron precandidatos y a los dos los derrotó Trump durante las primarias–, también es cierto que las principales víctimas de su matoneo no dieron su brazo a torcer.

Aunque durante las primarias los precandidatos republicanos se comprometieron a apoyar al ganador, los insultos personales que el magnate les dirigió llevaron a varios de ellos a desdecirse. Algunos faltaron a la gran fiesta de su partido, como John Kasich y Lindsey Graham, y otros dijeron que van a apoyar a candidatos de otros partidos, como Jeb Bush, que dijo que respaldaría al libertario Gary Johnson. Sin embargo, quien marcó la agenda fue Ted Cruz, que dejó boquiabiertos a los asistentes. Pero no por sus palabras invitando a votar por el magnate (a quien simplemente felicitó), sino a hacerlo “según su conciencia, por cualquiera de los candidatos que hay en la competencia que crean que va a defender nuestras libertades y que va a ser fiel a la Constitución”. El abucheo fue de tal magnitud, que Cruz y su esposa tuvieron que salir escoltados del recinto.

Y ante la ausencia de líderes políticos, el escenario lo coparon dos tipos de oradores muy bien definidos. En primer lugar, las celebridades de baja categoría, entre los cuales los más conocidos eran Willie Robertson, el protagonista del reality Duck Dinasty; Stephen Baldwin, el hermano menor de Alec; y el actor Scott Baio, a quien los mayores de 30 tal vez recuerdan como el protagonista de algunas series de televisión.

En segundo, varios familiares e hijos del magnate, que tuvieron cada uno 20 minutos para hablarles a los estadounidenses en horario triple A. Esa estrategia comunicacional no deja de ser sorprendente y no solo porque es inédita en la política gringa. La familia Trump podría ser la más disfuncional del país, ya que el empresario ha sostenido varias relaciones extramatrimoniales, ha tenido hijos con diferentes mujeres y se ha casado en tres ocasiones, la última con Melania, una voluptuosa modelo eslovena varias décadas menor que él. Sin embargo, es comprensible que Trump haya apelado a su círculo más cercano para que lo ‘humanice’ y así cambiar la opinión que de él tienen los estadounidenses (más del 60 por ciento tiene una imagen desfavorable).

El primer día la estrategia pareció funcionar con su hijo Donald Jr., que pronunció el discurso más destacado de la jornada y se posicionó como una estrella ascendente entre los conservadores estadounidenses. Pero en el segundo, fracasó con la intervención de Melania. La prensa descubrió que algunos párrafos del texto que leyó habían sido copiados de la primera dama, Michelle Obama (ver recuadro). Aunque la excusa sirvió para controlar el daño político de semejante metida de pata, esa situación puso de nuevo en evidencia la improvisación y la falta de coordinación que imperan en la campaña de Trump.

En realidad, en los tres días de la convención el único argumento que logró unir y convocar las pasiones republicanas fue la idea de destruir a Hillary Clinton. Christie la acusó de vender a su país a los hermanos Castro y a los ayatolás iraníes. La madre de un soldado asesinado en Libia la responsabilizó de la muerte de su hijo, no obstante, todas las investigaciones hayan dicho lo contrario. Y Al Baldasaro, un consejero de la campaña para los asuntos de los veteranos, pidió incluso que la pasaran por el pelotón de fusilamiento. En varias ocasiones, el enardecido público coreó “¡que la encierren!, ¡que la encierren!”, como si se tratara de una de las brujas de Salem.

En su discurso de aceptación, el propio Trump insistió en que la ex secretaria de Estado era la principal responsable del estado del país y del mundo, que pintó en términos sombríos. “Este es el legado de Hillary Clinton: muerte, destrucción y debilidad”, dijo. Y con su conocida demagogia, el magnate presentó como el candidato de la ley y el orden, pues “nadie conoce el sistema mejor que yo, por eso soy el único que puede arreglarlo”.

Ante el colapso de su partido y las debilidades de su candidato, parecería que los republicanos han centrado su estrategia en demostrar que Hillary es peor. Pero aunque es cierto que ella tiene una imagen mala entre los votantes, la de Trump es insuperable y se concentra en los grupos entre los que necesita crecer: los latinos, las mujeres y los negros. Además, esta semana les toca el turno a los demócratas, que llegan unidos a su convención y con el viento a su favor en las encuestas. n

Odiando a Obama, copiando a Michelle

El momento más vergonzoso de la convención corrió por cuenta de la esposa de Trump.El escándalo comenzó pocos minutos después de que Melania Trump leyera su discurso. El primero en darse cuenta de que algo andaba mal fue Jarrett Hill, un periodista independiente que en un trino comparó algunas de las frases que ella había usado con las que pronunció la primera dama, Michelle Obama, durante la nominación de su marido en 2008. Aunque al principio la campaña de Trump negó todo y atribuyó la denuncia a la supuesta persecución de la prensa liberal, al final tuvo que reconocer los hechos. La explicación oficial fue que el discurso lo escribieron dos especialistas republicanos en comunicaciones políticas. Pero como Melania no quedó satisfecha con el resultado, lo reescribió ella misma junto con Meredith McIver, la autora de varios libros firmados por Trump y una vieja amiga de la familia. Y según la propia McIever, ella fue la responsable de incluir las polémicas frases y la única culpable del revuelo. Pero era demasiado tarde, pues el caos de la campaña Trump había vuelto a quedar al descubierto.

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