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| 12/19/2016 8:19:00 AM

¿Todavía pueden frenar a Trump?

El colegio electoral, este lunes, elegirá formalmente al sucesor de Obama. ¿Podría evitar la llegada de Trump, después de sus cuestionables anuncios y nombramientos?

La elección formal de los presidentes de Estados Unidos nunca es noticia. En sentido estricto, la hace el colegio electoral, que cumple un procedimiento rutinario y de trámite en el que se concreta lo que ya se definió en las elecciones que se llevan a cabo el primer martes de noviembre. Mientras las campañas, los debates y el día de elecciones son una de las noticias a las que los medios de todo el mundo le ponen más atención y le invierten más recursos, la decisión del colegio electoral apenas se registra.

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¿Ocurrirá lo mismo esta vez? Este lunes 306 de los 538  delegados de los estados, desde sus capitales, -sin reunirse en un solo lugar- votarán por Donald Trump. Esos eventos quedarán registrados en un informe que se enviará al Congreso federal de Estados Unidos, en Washington. Allí, a comienzos de enero, el vicepresidente Joe Biden terminará de certificar que Trump, a partir del 20 de enero, será el 45 presidente de la federación.

Por muchas razones, el complejo sistema de elección, del que rara vez se habla, en esta elección ha sido objeto de mucha atención. La principal de ellas es que Hillary Clinton, la candidata demócrata, obtuvo 2.8 millones de votos más que el presidente electo, el republicano Trump. ¿Cómo es posible que el que pierde la elección gana la presidencia? ¿Hay un problema de legitimidad? Un mandatario tan polémico y extravagante, ¿puede hacer lo que quiera cuando la mayoría de los ciudadanos preferían a Clinton?

El sistema de votación indirecta tiene muchas críticas pero muy pocas posibilidades de ser modificado. Sus orígenes tienen que ver con el hecho de que Estados Unidos es una federación. Quienes redactaron la Constitución buscaron que fueran los estados, y no los ciudadanos, quienes definieran la elección presidencial, con el objetivo de asegurar la intervención definitiva de los estrados pequeños, y que el poderoso presidente de la Unión no fuera impuesto solo por los grandes. También era una especie de seguro para blindar el proceso, con mayor tiempo, reflexión y una segunda instancia –el colegio electoral- dirigido a evitar una elección inconveniente lara los intereses de la federación.

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Y eso es precisamente lo que muchos se preguntan hoy: ¿No es Trump, acaso, un presidente inconveniente para los Estados Unidos? La pregunta viene de sus cuestionables posiciones en materia de política exterior –acercamiento a Rusia, alejamiento de China, amenazas contra los TLC, actitud anti migrantes, provocaciones a México-, de su confusa agenda interna –contra el sistema de salud, negación sobre el cambio climático, desdén por los derechos humanos-, y de su impredecible carácter.

En teoría, el colegio electoral podría escoger, este lunes, a Hillary Clinton (o, de hecho, a otra persona). No hay obligación constitucional para que los delegados de los estados –que fueron elegidos por el pueblo el día de las elecciones presidenciales- voten por su candidato. Pero eso es lo que dicen las normas. En la práctica, es muy raro que alguno de los delegados vote en el colegio electoral por otro candidato distinto al que respaldó el día de la elección presidencial. De paso, sobra decir que los dos partidos se cuidan mucho de poner en las listas de quienes van a conformar el colegio electoral, a personas de comprobada fidelidad.

El caso de Trump, al ganar la casa Blanca perdiendo la elección general, no es frecuente pero tampoco es único. Ha ocurrido dos veces en este siglo, y una que otra vez más en el siglo XX. La extraña combinación es posible cuando quien gana la presidencia obtiene mayorías estrechas en muchos estados, y quien pirde obtiene ventajas muy amplias en los estados de mayor población. Nunca, hasta ahoraí, la diferencia de votos en contra del triunfador -2.8 millones más de Clinton sobre Trump- había sido tan grande. ¿Qué tipo de mandato político tiene Trump?

El magnate ha dicho que su elección fue contundente: un land slide, para argumentar que tiene amplios poderes para implementar su agenda de cambio. Dice que ganó más votos que cualquier republicano en la historia (lo cual es cierto) obtuvo una mayoría amplia en el colegio electoral, y que el partido republicano alcanzó mayorías, tanto en el senado como en la cámara. Es claro que, con esa narrativa y los primeros nombramientos de gabinete ya anunciados, Trump no considera que necesita hacer concesiones al partido demócrata, ni en la definición de la agenda de gobierno, ni en la incorporación de un equipo ministerial bipartidista.

La verdad es que la victoria de Trump no fue tan amplia. Perdió el voto popular por una diferencia significativa, y ese resultado alcanzó a empujar a los demócratas, que disminuyeron sus desventajas en ambas cámaras, aunque no alcanzaron a modificar el dominio republicano. Su imagen favorable es la más baja en la historia, para un presidente que inicia su mandato.

Pero ese panorama electoral y político se tropieza, sin embargo, con la sólida legitimidad institucional que caracteriza al régimen estadounidense. Hillary Clinton reconoció su derrota en cuestión de horas, a pesar de que habría tenido argumentos verbales para cuestionarla. El sistema, más allá de las críticas y de los debates, es ampliamente acatado. Las reglas se cumplen. Y según ellas a Donald Trump, extravagante, ignorante y provocador, le aceptarán el ejercicio de la presidencia a su medida.

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