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| 1/21/2017 12:00:00 AM

¿Podrá deshacer el legado de Barack Obama?

Donald Trump prometió deshacer la herencia de su predecesor. Aunque nada le impide cumplir su palabra, sus decisiones se le pueden devolver como un bumerán.

Barack Obama deja la Presidencia de Estados Unidos tras 75 meses de crecimiento económico consecutivo, con una popularidad del 63 por ciento y sin ningún escándalo a cuestas. Puede jactarse de haber extendido el seguro de salud a 20 millones de norteamericanos, de haber legalizado el matrimonio homosexual en todo el país y de haber impedido que se repita un atentado como el del 11 de Septiembre.

En política exterior, cuenta dentro de sus logros haber detenido el programa nuclear iraní por las buenas, liderar el primer acuerdo global para prevenir el cambio climático y normalizar las relaciones con Cuba. Sin embargo, su sucesor no solo es su antítesis personal y política, sino un enemigo jurado de su Presidencia.

Durante la campaña electoral, Donald Trump acusó a Barack Obama de ser el creador de Isis, de no haber nacido en Estados Unidos y de ser el “peor presidente de Estados Unidos”. De las dos primeras acusaciones tuvo que retractarse. Pero se reafirma en la tercera, a pesar de los índices favorables. Y ahora que está al mando del país, tiene todo para desmantelar lo que no le gusta de su legado.

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En primer lugar, el magnate llega a la Casa Blanca en un país dominado por el Partido Republicano. Aunque Hillary Clinton le sacó casi 3 millones de votos el 8 de noviembre, lo cierto es que esos comicios representaron una verdadera paliza para los demócratas, que pese a todas las expectativas salieron blanqueados. De hecho, este año los republicanos no solo dominan la Presidencia, sino también las dos cámaras del Congreso, y casi todas las gobernaciones y las legislaturas estatales.

Como dijo a SEMANA Robert Singh, autor del libro Barack Obama’s Post-American Foreign Policy: The Limits of Engagement, “la elección de 2008 y la reelección en 2012 se debieron a un voto personal por él y no a uno por su partido. Es muy diciente que los congresistas demócratas hayan visitado con más frecuencia la Casa Blanca durante la administración de George W. Bush que durante la de Obama”.

El resultado de esa situación es que Trump cuenta con las mayorías necesarias en el Senado y en la Cámara de Representantes para que sus iniciativas se conviertan en leyes. Y eso significa que puede deshacer cualquiera de los textos aprobados en esas entidades durante los últimos ocho años. Así quedó demostrado en una de las primeras sesiones de 2017 de la Cámara de Representantes, en la que las mayorías republicanas votaron en bloque para iniciar el desmonte del Obamacare, tal vez el legado más importante de los ocho años de gestión del demócrata.

En segundo lugar, la mayoría de las normas aprobadas por Obama fueron órdenes ejecutivas. Es decir, no pasaron ni por la Cámara ni por el Congreso y entraron en vigencia únicamente gracias al poder que la Constitución le otorga al presidente. Aunque esa situación se debió más a la intransigencia de los propios republicanos que a la de Obama, lo cierto es que el nuevo mandatario tiene todo para deshacerlas, pues para rechazarlas le basta firmar una orden que contradiga la de su antecesor.

De hecho, el equipo de Trump lleva meses preparando el Proyecto Primer Día en el que tiene prevista una ‘firmatón’ para deshacer el legado de su antecesor. Y es larga la lista de las medidas que puede adoptar. Entre ellas, puede revertir la política de aproximación a Cuba, reanudar la deportación de los inmigrantes que llegaron a Estados Unidos siendo menores o reactivar el centro de torturas de la prisión de Guantánamo. También, romper el acuerdo nuclear con Irán, anular los compromisos contra el cambio climático o suspender el control sobre los vendedores de armas. Como dijo el congresista ultraconservador Newt Gingrich, se trata de reducir el legado de su antecesor “al tamaño de una pelota de golf”.

Esto no se acaba acá

Obama y Trump no solo son dos contrincantes políticos, sino que además son los principales defensores de dos maneras de entender el mundo y el papel de Estados Unidos. Por un lado, la frase que el neoyorquino escogió como eslogan de su campaña (Make America Great Again) resume la nostalgia que sus compatriotas blancos sienten hacia los tiempos en que su país mandaba la parada a nivel económico, comercial, militar y científico. Y en ese sentido, su mensaje aislacionista y sus constantes demostraciones de fuerza apuntan a tratar de revivir los años de la posguerra, cuando los deseos de Washington eran órdenes que medio mundo tenía que cumplir.

Por el otro, Obama en su gobierno partió de la base de que las prioridades geopolíticas habían cambiado tras la caída del Muro de Berlín. También, asumió que Estados Unidos tendría que adaptarse a un mundo multipolar en el que el ascenso de países como China, India o Irán es inevitable, y que la intimidación era la peor estrategia para afrontar ese contexto. Por eso, desde que estaba haciendo campaña escogió el diálogo y la diplomacia como los pilares de su política exterior, y utilizó su figura y su historia personal para tender puentes con otros países. En efecto, nunca Estados Unidos gozó de mejor reputación que durante el gobierno de Obama, que deja el cargo con niveles récord de popularidad en el resto del mundo.

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Como dijo en diálogo con SEMANA Robert E. Gilbert, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Northeastern de Boston, “como quedó demostrado en su discurso de despedida en Chicago, Obama sigue siendo un gran orador y sigue siendo capaz de atraer grandes multitudes y de entusiasmar a sus seguidores. Millones de personas en Estados Unidos y en el mundo lo consideran un ‘héroe’”. Aunque esa realidad puede parecer irrelevante ante el tsunami que amenaza el legado de Obama, sería un error subestimar el carácter simbólico de su Presidencia.

Por un lado, Obama tiene apenas 57 años y ya ha dicho que está dispuesto a regresar a la arena política si Trump pone en peligro las libertades civiles. Por el otro, el contraste entre ambos presidentes es de tal magnitud que los electores podrán comparar en tiempo real las consecuencias de elegir uno u otro modelo. Y en ese sentido, es sensato pensar que la dimensión del legado de Obama solo se podrá conocer plenamente cuando se conozcan los efectos de la gestión de Trump. Mientras tanto, el mundo se prepara para los cuatro años más peligrosos de las últimas décadas.

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