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| 5/13/2017 10:15:00 PM

Trump y el FBI: un golpe bajo

Al destituir al director del FBI, que investigaba los vínculos de su campaña con Rusia, Trump logró lo que ya parecía imposible: desatar un escándalo capaz de poner en peligro su presidencia.

El martes en la noche, una de las limusinas de Donald Trump se detuvo frente al Edificio J. Edgar Hoover en Washington, donde funciona la sede central del FBI. Del auto salió uno de los guardaespaldas del magnate con una carta para el director de esa entidad, James Comey, que estaba en Los Ángeles. El texto era breve, pero su contenido bastó para crear una onda de choque que se extendió como pólvora cuando pocos minutos después la Casa Blanca la publicó en su sitio web. En pocas palabras, la misiva decía que Comey “no está en capacidad de liderar efectivamente el Buró” y le comunicaba su despido “con efecto inmediato”. Este se enteró de las malas noticias por CNN, mientras le hablaba a un grupo de subalternos en California.

La decisión de Trump dejó boquiabierto a medio mundo no solo por inusual e inesperada, sino por las consecuencias que podría tener para las pesquisas sobre la intervención rusa en las elecciones de 2016, que amenazan la legitimidad de su triunfo. También, por los argumentos que su gobierno usó para justificarse, por el evidente abuso de poder que comporta, y sobre todo por el golpe que asesta a la credibilidad en el gobierno de Estados Unidos.

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No es usual que un presidente bote al director del FBI y mucho menos de una manera tan pública, humillante y escandalosa. Hasta ahora, eso solo había sucedido una vez y entre la clase política estadounidense existe el consenso de que, independientemente de su orientación política, los gobernantes deben dejar que los directores de las agencias de inteligencia cumplan su periodo, para que no se politicen. Solo que ahora las circunstancias son extremas.

Una trama compleja

La Casa Blanca difundió la versión oficial según la cual Trump destituyó a Comey por recomendación de su fiscal general, Jeff Sessions, y del vicefiscal, Rod Rosenstein. Estos justificaron el despido por el manejo que Comey le dio, antes de las elecciones, a la investigación contra Hillary Clinton por usar un servidor privado en sus comunicaciones oficiales, cuando fue secretaria de Estado de Barack Obama

Rosenstein, confirmado en el cargo por el Senado hace dos semanas, argumentó que Comey usurpó en julio las funciones del fiscal al hacer pública la investigación sobre los correos de Hillary, y también por su “desprecio” por la candidata demócrata al enviar una carta al Senado en la que anunció –en la recta final de la campaña– la reapertura de ese caso. Eso, en plata blanca, equivale a decir que Trump echó a Comey porque había sido demasiado duro con Clinton.  

Pero se necesita ser muy ingenuo para pensar que Rosenstein actuó por su cuenta o que la verdadera razón para sacar a Comey fue la manera como trató a la candidata demócrata. Por el contrario, hoy es claro que justamente la carta que el director del FBI le envió al Senado una semana antes de las elecciones dinamitó la campaña de Clinton, a menos de diez días de los comicios, y fue un factor clave en la victoria de Trump.

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Como se recordará, cuando era candidato Trump echó mano a todos los trucos sucios para desprestigiar a su rival y felicitó efusivamente a Comey por enviar la carta que en últimas le dio la victoria el 8 de noviembre. “Hace falta ser valiente”, dijo Trump en su momento. Pero como presidente, su actitud cambió diametralmente. Primero, al darse cuenta de que el FBI no estaba dispuesto a respaldar todas sus afirmaciones, como quedó en evidencia cuando Comey negó en marzo que Barack Obama le hubiera chuzado el teléfono al magnate. Y segundo, cuando entendió que la investigación del FBI sobre sus vínculos con Rusia iba en serio. De hecho, según algunas fuentes, los agentes de esa entidad ya le estaban respirando en la nuca. 

A esa situación se suma que Comey debía testificar el jueves ante el Senado, pero tras perder su cargo su declaración quedó anulada. Además, según The New York Times, la semana pasada este le había pedido a Rosenstein aumentar el presupuesto para ese caso, pues la trama se estaba extendiendo y sus hombres no daban abasto. Según CNN, en los últimos días el presidente estaba furibundo con el curso que estaban tomando las pesquisas y la decisión de sacarlo ya estaba tomada. Solo le faltaban una excusa y alguien que estuviera dispuesto a servir como fachada. Y como Sessions tuvo que recusarse a principios de marzo por sus vínculos con Rusia, esa responsabilidad recayó sobre Rosenstein. De ahí su memorando con el absurdo argumento de los comentarios despectivos hacia Clinton. Aunque la Casa Blanca negó durante varias horas que eso fuera exacto, el jueves el propio Trump reconoció que “de todas maneras” tenía planeado echar al “exhibicionista” de Comey.

De lo anterior, sin embargo, no hay que deducir que Trump tenga una compleja estrategia de defensa más allá de utilizar todo su poder por mantenerse en la Casa Blanca. Pues por un lado el presidente ya había obstruido las investigaciones sobre sus vínculos con Rusia. A principios de año, Trump despidió a la fiscal general encargada, Sally Yates, después de que esta le advirtió que su asesor de seguridad, Michael Flynn, no solo se había reunido varias veces con el embajador de ese país en Estados Unidos, Sergey Kislyak, sino que había mentido al respecto, por lo que el Kremlin podría chantajearlo. Y no obstante, al magnate le tomó 18 días apartar a Flynn de su cargo. Por el otro, Sessions y Flynn son solo dos de las personas cercanas a Trump que la Justicia investiga por sus vínculos con Rusia; en esa lista también está su yerno Jared Kushner.

A eso se agrega que el miércoles, o sea un día después de botar a Comey, Trump recibió en la Casa Blanca al propio Kislyak y al canciller ruso, Sergey Lavrov, que en el colmo del cinismo fingió no estar al tanto del despido y comentó ante la prensa que “es muy degradante para los estadounidenses escuchar que Rusia está controlando la política interior de su país”. 


Los encargados de buscar una razón para echar a Comey fueron el fiscal general, Jeff Sessions, y el vicefiscal, Rod Rosenstein. Un día después de despedir a Comey, Trump se reunió con el canciller ruso, Sergey Lavrov, que despachó como si él fuera el anfitrión. 

Todo ello ha desatado un escándalo mediático sin precedentes en los últimos años, que a los ojos de múltiples observadores ha puesto a la mayor democracia del planeta al nivel de una república bananera. Y las opciones políticas son pocas. Los demócratas quieren nombrar un investigador especial, pero la mayoría republicana del Congreso ha dicho que se opone. Y lo mismo sucede con la posibilidad de un impeachment. A menos que la evidencia de la corrupción de Trump sea tan apabullante como la que llevó a Nixon a renunciar, las posibilidades de que sus copartidarios lo saquen del poder son remotas. Como dijo a SEMANA Robert Y. Shapiro, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Columbia, “creer que Trump puede ser impugnado antes de 2018 es pensar con el deseo”.

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Sin embargo, eso no quiere decir que Trump pueda seguir como si nada. Aunque la decisión de despedir a Comey fue legal, es evidente que el presidente se está poniendo por encima de las leyes y que está llevando su actitud hasta el límite de lo aceptable en una democracia. “El Rusiagate no va a cesar hasta que sepamos qué pasó. Por ahora, lo único claro es que esto va a tener serias consecuencias para sus proyectos legislativos sobre salud, impuestos y otros temas”, dijo Shapiro. “Y a eso se suma la posibilidad de que haya muchas personas implicadas en la trama, y estas podrían comenzar a hablar con la Justicia y la prensa ante el temor de tener que pagar los platos rotos. El director encargado del FBI, Andrew McCabe, ya ha dicho que la investigación va a continuar y a su sucesor le va a quedar muy difícil hacerse el de la vista gorda con ese tema”. Como dijo el senador demócrata Richard Blumenthal, el país se enfrenta a una “crisis constitucional” debido a los intentos del presidente de “obstruir la Justicia”.

Y lo que es peor, el presidente se encarga, él solo, de enredar las cosas casi con cada hora que pasa. El jueves en la noche, Trump contradijo la versión oficial en una entrevista con la cadena NBC al reconocer sin pestañear que tenía en mente “esta cosa rusa” al fulminar a Comey, y que ya había tomado la decisión antes de que Sessions y Rosenstein se lo recomendaran. Y el viernes por la mañana publicó dos trinos con tono desafiante. En el primero, planteaba la posibilidad de cancelar todas las ruedas de prensa, algo que los medios consideraron una práctica dictatorial, y en el segundo prácticamente chantajeaba al exdirector del FBI: “¡Más le vale a Comey que no haya ‘grabaciones’ de nuestras conversaciones antes de que comience a filtrar a la prensa!”.

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Es imposible exagerar la gravedad de la situación. Para los comentaristas, las discrepancias entre Trump y su equipo comprueban que en la Casa Blanca no existe una estrategia de comunicaciones, y que todo depende del humor del presidente, que dio la entrevista a la NBC en uno de sus ya conocidos impulsos. Esa situación está a punto de crear un cortocircuito gubernamental, mientras en el frente exterior el caos en Washington tiene a varias potencias haciendo cábalas y pensando en cómo capitalizarlo. Si no, que lo digan Lavrov y Kislyak, que según la revista Político celebraron esta semana “el baile de la victoria de Rusia en el despacho oval”.

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