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| 1/29/2017 12:00:00 AM

¿Sobrevivirá la democracia del Viejo Continente la pesadilla patriótica?

Los líderes de la extrema derecha europea celebraron en Coblenza, Alemania, el triunfo de Donald Trump. Creen que el nuevo presidente populista y nacionalista les dará impulso.

Frente a un telón en el que se leía “2017: el año de los patriotas”, las fuerzas populistas de Europa se dieron cita en la ciudad de Coblenza, en Alemania, para reunir fuerzas de cara al año electoral en Europa. Los invitados estrella de la reunión fueron Marine Le Pen, la candidata del partido Frente Nacional, que lidera las encuestas a la Presidencia de Francia, y Geert Wilders, el fundador del Partido por la Libertad en los Países Bajos, más conocido como el Trump holandés.

También asistieron Harald Vilimsky, representante del Partido de la Libertad de Austria, que perdió por pocos votos las elecciones presidenciales de su país el año pasado, y Matteo Salvini, líder del partido regionalista italiano Lega Nord. Y para completar ese dream team xenófobo también estuvo presente Frauke Petry, la líder del ultraderechista Alternativa para Alemania, que aspira a que su partido se convierta en la tercera fuerza más importante en el Bundestag.

Aunque pretenden ser simples vehículos de las aspiraciones de sus connacionales, todos comparten su rechazo al proyecto político de la Unión Europea, así como su admiración por los regímenes de Donald Trump, en Estados Unidos, y de Vladimir Putin, en Rusia. En efecto, durante su discurso en la reunión, Le Pen afirmó que “a partir del momento en que abandonemos la prisión de la Unión Europea, veremos renacer la diversidad de culturas y naciones de Europa. Esta diversidad no es sinónimo de guerra, como años de ideología nos lo han hecho creer. La guerra es este mercado forzado. La guerra son estas elites que nos llaman a armarnos contra el señor Trump, o contra el señor Putin”.

Pero lo cierto es que Putin es el gran ganador con la fiebre nacionalista que se ha apoderado del Viejo Continente, pues no solo apoya políticamente a esos grupos, sino que los financia. Como dijo a SEMANA Pavel Baev, experto en política exterior y seguridad rusa de la Brookings Institution, “Rusia busca aumentar los desacuerdos dentro de la Unión Europea, que se ha convertido en su principal adversario político, y pretende explotar cualquier división en Occidente. Pero estos esfuerzos son cada vez más contraproducentes porque los Estados europeos están desarrollando estrategias comunes para contrarrestar estos desafíos”. Sin embargo, si bien el brexit y la aparición de gobiernos hostiles llevaron a un leve aumento de la popularidad de la Unión, lo cierto es que su margen de maniobra frente a las elecciones de este año es muy limitado.

Un programa común

Es diciente que el evento en Coblenza se realizara un día después de la posesión de Trump. Tras el triunfo del magnate en Estados Unidos, los movimientos populistas de la extrema derecha europea han renovado sus esperanzas frente a los comicios que este año le cambiarán la cara a la democracia en el continente. Y es que las similitudes entre estos candidatos y la visión de Trump son evidentes, empezando por su relación con los medios de comunicación, que han incluido ataques por Twitter y otras descalificaciones en público.

Siguiendo sus pasos, los organizadores del evento de Coblenza prohibieron la entrada a varios miembros de los medios, incluidas las cadenas públicas de televisión alemanas ZDF y ARD y la revista Der Spiegel, alegando que las organizaciones vetadas “se desacreditan a sí mismas con la calidad de su trabajo”. Mientras tanto, en un guiño a Putin, la agencia de comunicaciones oficial Russia Today transmitió en directo el evento.

Otro elemento reúne a estas derechas no tradicionales en el mundo: la islamofobia. Mientras el nuevo presidente de Estados Unidos quiere crear una base de datos para rastrear a los musulmanes y vigilar las mezquitas de su país, los populistas europeos han hecho de su desdén hacia los inmigrantes uno de los estandartes de sus programas políticos. En Alemania, Petry es reconocida como una firme opositora a la canciller Angela Merkel, a la que ha fustigado por su política de puertas abiertas hacia los refugiados. Además, quiere eliminar el derecho al asilo de la Constitución germana.

Mientras tanto, Le Pen dijo que el burkini (la versión del vestido de baño usada por mujeres musulmanas en Francia) es un “uniforme del fundamentalismo”, y Wilders prometió cerrar las fronteras de su país a inmigrantes musulmanes, así como clausurar las mezquitas y vetar el Corán. Todo indica que en su ánimo de erradicar los múltiples fantasmas que los acechan (la globalización, los inmigrantes, la Unión Europea, etcétera), la extrema derecha decidió unirse y hacer frente común.

La paradoja nacionalista

Si Trump y Putin son sus ejemplos por fuera de Europa, el brexit es el principal referente nacionalista dentro del Viejo Continente. Por ello, han prometido imitar a Reino Unido y retirarse de la Unión Europea, que según Le Pen es una “fuerza esterilizadora”. En su discurso, Harald Vilimsky, el tercero al mando del Partido de la Libertad de Austria, celebró la renovada exaltación de identidades nacionales en rechazo a lo que llamó los males de la globalización. Afirmó que abandonar las posiciones políticamente correctas desatará en Europa continental una “primavera patriótica”. Este nacionalismo rampante tiene en ascuas a buena parte de los países miembros de la Unión. Y su preocupación no es injustificada.

La gran paradoja detrás de estos movimientos populistas, es que mientras sostienen que revivir los “orgullos nacionales” traerá paz y tranquilidad a Europa, el nacionalismo fue por siglos una de las razones de las guerras en el continente. Esa situación cambió tras la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, cuando la integración se vislumbró como la alternativa para evitar nuevos enfrentamientos.

No obstante, los líderes populistas congregados en Coblenza niegan que este patriotismo sea sinónimo de aislamiento o de confrontaciones armadas. Por el contrario, Le Pen sostiene que la asociación de países en torno a la figura de la Unión Europea le ha robado a las naciones la capacidad de decidir por ellas mismas y ha profundizado las divisiones entre los miembros. Para la francesa, “la Unión Europea se convirtió en una religión, donde ellos son los sacerdotes. No pueden reflexionar por fuera de ella. Excomulgan a cualquiera que piense diferente. Prohíben cualquier crítica a su sistema. Son ellos los verdaderos dogmáticos. Son ellos los verdaderos antidemócratas”.

Con ello, mientras la izquierda y la derecha tradicionales pierden adeptos, los extremismos cobran fuerza y dan paso a regímenes que, si bien se eligen democráticamente, tienen un claro trasfondo autoritario. Aunque se cree que los sistemas políticos europeos son suficientemente estables para lidiar con los retos que plantea el populismo de la extrema derecha, los giros inesperados del planeta enseñan que ya nada es inamovible.

Si la democracia liberal como se conoce en Europa ha de sobrevivir y fortalecerse, la sociedad civil tendrá que defender en las urnas los valores que la caracterizan. Así lo reiteró Jean Asselborn, el ministro de Asuntos Exteriores de Luxemburgo, cuando dijo en la multitudinaria protesta contra la cumbre de Coblenza: “Es necesario trabajar por una Europa del siglo XXI y no por una Europa del siglo XIX (...)”. El funcionario reiteró que frente al auge del populismo nacionalista es preciso defender modelos políticos en los que “todos tengan un lugar para participar democráticamente, sin fanatismos, sin exclusión y sin odio”. 

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