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| 3/4/2017 12:00:00 AM

Rusia, el factor que le aguó la dicha a Trump

Justo cuando su primer discurso ante el Congreso parecía mejorar la imagen de Trump, las reuniones de su fiscal con el embajador ruso en los momentos más intensos de los ciberataques ponen de nuevo sus relaciones con el Kremlin en el centro de las miradas.

Nunca, desde que asumió la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump se había acercado tanto a proyectar la imagen presidencial que esperaban sus copartidarios republicanos, preocupados por la consistente caída en las encuestas del mandatario. Pero el mismo día en que los titulares hablaban de su nueva imagen, y describían el desconcierto de los demócratas, un nuevo escándalo acabó con esa corta luna de miel.

Esta vez, la polémica sobre la intervención rusa en las elecciones a favor de Trump se concentró nada menos que en su fiscal general, Jeff Sessions. Según una investigación publicada el jueves por The Washington Post, que cita fuentes del Departamento de Justicia, este se reunió a mediados de julio y a principios de septiembre de 2016 con el embajador ruso, Sergey Kislyak. Aunque los encuentros entre los miembros de una campaña y el cuerpo diplomático de otros países son legales –y de hecho frecuentes–, los que ellos sostuvieron son una bomba de tiempo para la administración Trump por varias razones.

En primer lugar, Sessions mintió bajo juramento ante el Senado cuando los demócratas le preguntaron si había tenido contactos con Rusia. En segundo, porque el encuentro de julio sucedió pocos días antes de que WikiLeaks publicara 20.000 correos electrónicos del Partido Demócrata, que los rusos ‘hackearon’ un mes antes. En tercero, porque desde la anexión de Crimea y la desestabilización del oriente de Ucrania hay fuertes tensiones entre Washington y Moscú (pocos días antes del encuentro de septiembre, el presidente Obama le exigió a Putin que “cortara de tajo” el ‘hackeo’).

En cuarto lugar, porque varios funcionarios de inteligencia han descrito a Kislyak no solo como un espía muy experimentado, sino incluso como un reclutador de espías. Y en quinto, porque en la rueda de prensa que Sessions dio el jueves en la tarde abundaron las evasivas y sus explicaciones dejaron más dudas que respuestas.

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De hecho, el fiscal no pudo recordar si habló de Trump o de la campaña durante su encuentro con Kislyak. Pero si se trató de una simple cuestión de detalle, ¿por qué le mintió al Senado? Por medio de un portavoz justificó su olvido con la excusa de que no se reunió con este en cuanto miembro de la campaña de Trump, sino como miembro de la Comisión de las Fuerzas Armadas del Senado. Además, en su primer encuentro con la prensa tuvo que recusarse y anunciar que se iba a apartar de todas las investigaciones sobre la conexión entre el Kremlin y la campaña de Trump, lo que significa comenzar con el pie izquierdo en un cargo cuya imparcialidad debe estar por fuera de duda.

¿Uno más o uno menos?

Sessions no fue el primero de los hombres del gabinete de Trump en dar explicaciones por sus vínculos con Moscú. El otro fue Michael Flynn, quien se desempeñó como asesor de Seguridad del presidente hasta el 13 de febrero, cuando este lo echó con el argumento de que le había mentido al vicepresidente, Mike Pence. Sin embargo, Trump sostuvo hasta el último minuto que sus contactos con Rusia no tenían nada de malo y dijo incluso que él mismo le habría pedido contactar a Moscú si no lo hubiera hecho, aunque negó que supiera de sus encuentros con Kislyak.

Del mismo modo, el presidente dijo durante una visita al portaviones USS Gerald Ford que no sabía de las conversaciones de Sessions con el embajador ruso, pero afirmó que tenía una confianza “total” en él y que no creía que fuera necesario que dimitiera de su cargo. Y eso significa que no le importa ignorar lo que sus subalternos hagan o dejen de hacer, o que independientemente de lo que sepa prefiere hacerse el loco para que a la larga ellos asuman las consecuencias de su campaña. De cualquier modo, aunque no es descabellado pensar que Sessions termine como Flynn, es razonable que Trump lo defienda hasta el final. Y esto por varias razones.

En primer lugar porque su única línea de defensa consiste en afirmar que los demócratas son unos malos perdedores que han emprendido en su contra “una caza de brujas”, y que reunirse con el embajador de Rusia no tiene nada de malo debido a la importancia de ese país en el mundo. Como dijo a SEMANA Kenneth Schultz, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Stanford, “la mayor amenaza para Trump es perder el apoyo de los congresistas republicanos, que ante la acumulación de pruebas pueden decidir que políticamente es más seguro distanciarse de él y de su programa”.

En segundo lugar, porque, a diferencia de Flynn, Sessions es una figura clave del gobierno de Trump, tanto desde el punto de vista ideológico como político. Y en tercer lugar, porque existen fuertes indicios de que Flynn y Sessions no son los únicos enredados por los vínculos con Moscú. A principios de la semana, The New Yorker publicó una extensa investigación según la cual los encuentros entre Kislyak y el exasesor de Seguridad ocurrieron en la Torre Trump de Manhattan.

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A su vez, esta revela que en ellos estuvo presente nada menos que el yerno de Trump y su actual asesor Jared Kushner, una figura central del gobierno y uno de los autores del discurso que el presidente pronunció el martes en el Capitolio ante el Senado (ver recuadro). Según el semanario neoyorquino, su función era “crear una mejor línea de comunicación” con el gobierno ruso. Esas reuniones ocurrieron a finales de diciembre, justo cuando Obama había anunciado nuevas sanciones contra Rusia por su interferencia en las elecciones.

A su vez, The New York Times informó que las agencias de inteligencia británicas y holandesas les dijeron a sus colegas estadounidenses que, durante todo 2016, varios miembros de la campaña de Trump se reunieron en ciudades europeas con agentes rusos y otras personas cercanas a Putin. Según el mismo diario, durante los últimos días de Obama en el poder las agencias de inteligencia se encargaron de difundir los resultados de sus pesquisas para “asegurarse de que la injerencia rusa no se repita en las próximas elecciones estadounidenses o europeas, y para dejar una clara traza de inteligencia para los investigadores del gobierno”.

De hecho, a diferencia de lo que afirman la Casa Blanca y el Kremlin, el escándalo del Rusiagate no comenzó por una denuncia periodística, sino por un informe conjunto del FBI, la NSA, la CIA y el resto de las agencias de inteligencia. La situación es compleja para el gobierno. Como dijo Schultz, “aunque a estas alturas no es posible saber qué tan graves son las amenazas que todo esto plantea para la seguridad nacional, el simple hecho de que esa cuestión se plantee es muy perturbador”.

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