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| 8/12/2017 10:15:00 PM

Donald Trump y Kim Jong-un, como dos locos sueltos

Nunca antes un presidente había usado palabras tan irresponsables y peligrosas como las que Trump empleó en la crisis con Corea del Norte. El mundo contiene la respiración, pues el tema alcanzó tal nivel, que la pesadilla atómica volvió a las primeras planas.

¿Se da cuenta Donald Trump del peso de sus palabras? ¿Le importan las consecuencias de sus declaraciones? ¿Qué busca comportándose como si aún estuviera en campaña? Esas y otras preguntas se planteó medio mundo el martes, cuando el magnate interrumpió sus vacaciones de verano para amenazar a Corea del Norte, como quien no quiere la cosa, con “un fuego, una furia y un poder que este mundo nunca ha visto”.

Dos días después, el desconcierto se transformó en angustia después de que este dijo en una rueda de prensa frente a uno de sus clubes que “quizás no había sido lo suficientemente duro” en sus declaraciones anteriores. Y el viernes, muchos comenzaron a evaluar seriamente la posibilidad de un conflicto cuando el magnate publicó en la madrugada un mensaje preocupante: “La solución militar está completamente lista, asegurada y cargada, en el caso de que Corea del Norte actúe con insensatez. ¡Ojalá que Kim Jong-un encuentre otro camino!”.

Dos hechos ocurridos a principios de esta semana ayudan a entender su reacción, y ambos tienen que ver con los dos ensayos balísticos que el régimen de Pyongyang realizó a principios y a mediados de julio. Por un lado, ese régimen probó con éxito en julio dos misiles de largo alcance, lo que significa que su Ejército puede realizar ataques mucho más allá de su vecindario inmediato. Y por el otro, The Washington Post publicó el martes un artículo, basado en fuentes de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, según el cual Corea del Norte ya está en condiciones de miniaturizar una bomba atómica para ponerla en la punta de un cohete.

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Pero si Trump buscaba reducir el entusiasmo militar de su adversario, desde el primer minuto resultó claro que su intervención fue contraproducente. El miércoles, el general norcoreano Kim Rak-gyom respondió a sus amenazas con un comunicado en el que advertía que sus palabras son “un montón de tonterías”. En este también afirmó que no era posible dialogar con un tipo “desprovisto de razón” y concluyó que con Trump solo “la fuerza absoluta” podía funcionar.

Pero ahí no acabó la cosa, pues Kim advirtió también que su país estaba “examinando cuidadosamente un plan” para lanzar esta semana cuatro misiles de mediano y largo alcance Hwasong-12 que, tras recorrer a una velocidad supersónica el sur de Japón, impactarían en el océano Pacífico a unos 30 kilómetros de Guam, una isla estadounidense situada en medio del Pacífico con unos 160.000 habitantes.

Pocas horas antes, un portavoz del Ejército norcoreano había hablado de “un mar de fuego” sobre la isla. Y, sobre todo, amenazó específicamente a las bases navales Andersen y Guam, de donde salen los submarinos nucleares, los bombarderos estratégicos y los cazabombarderos con los que la Fuerza Aérea y la Marina estadounidenses monitorean la zona. “¿Solo Estados Unidos puede recurrir a la ‘guerra preventiva’?”, preguntaron con ironía en un comunicado las fuerzas estratégicas del Ejército norcoreano.

El reto que semejante desafío representa para Washington es de marca mayor, pues el misil norcoreano tardaría solo 14 minutos en llegar a los alrededores de Guam. Y ese sería el lapso con el que las autoridades estadounidenses contarían para evaluar si los cohetes representan o no una amenaza para los habitantes de la isla. Porque si se tratara solo de un misil descargado y de un ensayo ‘inocente’, Corea del Norte podría considerarse agredida por la reacción.

El aprendiz de brujo

La retórica guerrerista de Pyongyang era esperable, pues está en línea con el tono apocalíptico con el que los Kim suelen manejar sus relaciones internacionales. Pero su plan de bombardear Guam significa un cambio de marca mayor en sus amenazas, pues es la primera vez que ese país habla de un blanco específico y de una fecha concreta para atacar. Y, sin embargo, los riesgos de ese cambio estratégico palidecen ante los desafíos que plantea el manejo que Trump le está dando al asunto. Pues su decisión de amenazar a Corea del Norte como lo hizo esta semana es un hecho totalmente sin precedentes, para el que no existen explicaciones tranquilizadoras.

La versión oficial, como dijo el secretario de Estado, Rex Tillerson, es que “el presidente le está mandando un mensaje a Corea del Norte con las palabras que Kim Jong-un puede entender, pues este no parece comprender el lenguaje diplomático”. Esa explicación le daría también sentido al mensaje de Twitter que Trump publicó el miércoles en la madrugada, en el que se refirió al conflicto en curso sin necesidad de nombrar a Kim ni a su país. “Mi primera orden como presidente fue renovar y modernizar nuestro arsenal nuclear. Ahora es más fuerte que nunca”.

Según este orden de ideas, el plan del magnate consistiría en plantarle un pulso psicológico a Kim mediante una ‘política del abismo’, una estrategia consistente en demostrarle al enemigo que es capaz de ir hasta las últimas consecuencias para asustarlo y obligarlo a hacer concesiones. Y en ese sentido, Trump habría invocado una guerra devastadora al tiempo que aludía a su arsenal militar con el fin de que Kim renuncie a su arsenal nuclear y se siente a dialogar en los términos de Washington.

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Sin embargo, esa estrategia plantea un riesgo enorme con un adversario tan peculiar como Kim. Como le dijo a SEMANA Joseph M. DeThomas, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Estatal de Pensilvania, “Corea del Norte podría pensar que ‘el fuego y la furia’ de los que habló Trump son más que una amenaza hueca y optar por recurrir a su arsenal nuclear antes de que sea demasiado tarde”. Por eso, para que la ‘política del abismo’ funcione es necesario que haya una coordinación milimétrica entre todos los miembros del gobierno para evitar malentendidos con consecuencias devastadoras.

Y en ese sentido, el pesimismo se ha apoderado de los especialistas por dos razones. Por un lado, Estados Unidos y Corea del Sur tienen previsto realizar entre el 21 y el 31 de agosto las maniobras llamadas Ulchi-Guardián de la Libertad, unos ejercicios militares anuales de gran escala que se organizan desde 1976 y movilizan a cientos de miles de soldados de las Armadas, los Ejércitos y las Fuerzas Aéreas de ambos países. Aunque Seúl y Washington insisten en que se trata de operaciones defensivas, estas ponen siempre en alerta máxima al Ejército norcoreano, que todos los años las interpreta, no sin razón, como el ensayo general de una invasión. Este año, la novedad es que se van a desarrollar en medio de las amenazas crecientes de Trump y de la decisión de Pyongyang de bombardear Guam.

Por otro lado, nada indica que el equipo de Trump esté siguiendo el mismo libreto. Pues aunque el jueves el magnate dijo que sus militares lo apoyaban “al cien por ciento”, lo cierto es que el caos de la Casa Blanca se ha reflejado en los comentarios pronunciados esta semana por los encargados de la seguridad estadounidense.

Mientras el secretario de Estado, Rex W. Tillerson insistió en el camino diplomático, dijo que los estadounidenses podían “dormir tranquilos” y que “la situación no había cambiado en las últimas 24 horas”, el de Defensa, Jim Mattis, afirmó que Corea del Norte se enfrentaba “al fin de su régimen y a la destrucción de su pueblo”. Del mismo modo, mientras el vicepresidente Mike Pence dijo que Washington no tenía la intención de dialogar con Pyongyang, el propio Tillerson lo contradijo al afirmar que ya había esfuerzos diplomáticos en esa dirección, y que incluían a China y a Rusia.

De hecho, es comprensible que Tillerson, Mattis y Pence hayan actuado con semejante torpeza, pues en sus declaraciones del martes el presidente estaba improvisando y nunca les avisó que iba a utilizar palabras de ese calibre. Y eso significaría que detrás de sus declaraciones no hay estrategia diplomática alguna, ni mucho menos un plan militar respaldado por el gobierno en su conjunto. En condiciones normales, eso significaría que las amenazas de Trump no son más que un gigantesco bluff. Pero lo cierto es que la Presidencia del magnate es una de las más anormales de la historia de Estados Unidos y no se puede descartar que esté pensando seriamente en lanzar un ataque preventivo contra Corea del Norte.

Esa posibilidad tiene aterrados a los expertos, pues ese país tiene diseminados por todo su territorio cientos de lanzaderas de misiles tradicionales, y eliminarlos todos de una sola vez es imposible. Y eso significa que independientemente del número de bombas arrojadas en un eventual ataque, el régimen de Pyongyang contaría con un arsenal tan grande como para acabar con una buena parte de los 26 millones de habitantes de Seúl, que están a menos de 70 kilómetros de la frontera común. Y una suerte similar podrían correr los 40 millones de habitantes de Tokio, pues su ciudad también está en el rango de los centenares de misiles de corto alcance que el Ejército norcoreano tiene escondidos en su territorio.

Previsiblemente, Corea del Sur y Japón están aterrados con una posibilidad que hasta hace pocos años parecía impensable. Pero también lo están China y Rusia, que el sábado respaldaron en Naciones Unidas una nueva ronda de sanciones económicas contra el gobierno de Corea del Norte, que podría ver reducidos sus ingresos en un 30 por ciento. Y puesto que el propio gobierno norteamericano afirmó que esas sanciones son “las más severas aplicadas a cualquier país en toda un a generación”, muchos se preguntan por qué Trump no esperó a que estas hicieran efecto antes de pasar a una etapa de mayor beligerancia.

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Todo lo cual ha llevado a algunos actores clave de la contienda a revisar sus posiciones. En particular a Beijing, que a principios de julio había publicado junto con Moscú una declaración a favor de “una solución pacífica del conflicto a favor del diálogo” y que el jueves indicó que podría adoptar una actitud menos neutral. Según el editorial del Global Times, conocido como el portavoz no oficial del Partido Comunista, el Ejército Popular de Liberación apoyaría a Pyongyang si Estados Unidos y Corea del Sur lanzan un ataque preventivo en su contra.

Sin embargo, la explicación de esta podría ser muy sencilla y no tener que ver gran cosa con la geopolítica mundial. Pues, paralelamente a la crisis de Corea, en Estados Unidos están avanzando a pasos agigantados las investigaciones por el Rusiagate. El viernes pasado, el fiscal especial para ese caso, Robert Mueller, reforzó la investigación al convocar a un jurado investigador compuesto por 12 peritos con poderes especiales y comenzó a indagar las finanzas del magnate y de su familia. Y el martes, el FBI allanó la casa de su exjefe de campaña Paul Manafort, a quien Mueller investiga por su participación en esa trama. No sería la primera vez que un presidente desencadena una guerra para tender una cortina de humo sobre sus propios problemas.

De Truman a Trump 

Hay similitudes entre el discurso del presidente Truman en 1945, cuando decidió lanzar las bombas de Nagasaki e Hiroshima, y las amenazas del magnate. 

Pocas horas después de autorizar el lanzamiento de la bomba nuclear Fat Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, el presidente Harry S. Truman hizo una declaración sobre esa histórica medida.  Aprovechó el momento para advertirle a Japón (prácticamente ya derrotado) que si no ofrecía una rendición incondicional, debía esperar “una lluvia de ruina desde los aires, de una dimensión nunca antes vista en esta tierra”. Justo esta semana, 72 años después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki (arrojadas el 6 y el 9 de agosto de 1945), el presidente Donald Trump afirmó, desde su club de golf de Bedminster, que si Corea del Norte no paraba sus amenazas, “se encontrará con un fuego y una furia nunca antes vistas”. Si bien las dos frases son parecidas, la diferencia radica en la manera en que las dijeron. Aunque Truman es el responsable directo de una de las acciones más criticadas del siglo XX, nunca estuvo del todo cómodo con el uso de armas nucleares, y siempre lamentó que cobraran la vida de miles de civiles. Por el contrario, Trump trata el tema con una banalidad aterradora. Ya en las elecciones había invitado a Corea del Sur y a Japón a dotarse de esas armas de destrucción masiva. Como si nada. 

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