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| 5/6/2017 10:00:00 PM

Donald Trump: Dime con quién andas...

No para de crecer la lista de déspotas con los que el magnate es inusualmente cortés. Las razones de tanta amabilidad podrían tener que ver más con sus asuntos empresariales y su concepción del poder que con el interés de Estados Unidos.

Para Donald Trump, las 7.000 ejecuciones extrajudiciales cometidas durante los primeros diez meses del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, son secundarias. También lo es que este se haya comparado con Hitler o que haya dicho que Barack Obama era un “hijo de puta”. Por el contrario, para el magnate lo clave es la “importancia estratégica y militar” de ese país, en particular para crear un bloque regional contra la amenaza nuclear de Corea del Norte. De ahí que el fin de semana haya invitado al filipino a la Casa Blanca en una conversación telefónica que el propio Trump calificó de “muy amistosa”.

No es el único déspota con quien el presidente de Estados Unidos ha tendido puentes. El domingo, en una entrevista con CBS, cambió por enésima vez su tono hacia Corea del Norte y dijo que el líder de ese país, Kim Jong-un, era “un tipo bastante inteligente” con quien se reuniría y “sería un honor” hacerlo. A su vez, a mediados de abril llamó a su colega turco, Recep Tayyip Erdogan, para “felicitarlo por su victoria” en un plebiscito marcado por las irregularidades, cuyo resultado lo convirtió virtualmente en dictador y oficializó la política de islamización y de mano dura que ya ejercía en la práctica.

Pero la cosa no termina ahí. En la primera semana de abril, el magnate recibió con todos los honores en su club de Mar-a-Lago al líder chino, Xi Jinping, obviando el historial de violación de derechos humanos del régimen de Beijing. Y hace un mes hizo otro tanto en la Casa Blanca con el dictador egipcio, Abdulfatah al Sisi, a quien no ahorró elogios a pesar de que, tras derrocar en 2013 al presidente Mohamed Morsi, el general instauró un régimen represivo que deshizo todos los avances de la Primavera Árabe. A su vez, durante las elecciones solo tuvo palabras amables hacia el presidente Vladimir Putin, cuya dudosa reputación no es un misterio, a quien calificó de “muy inteligente”.

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Según la Casa Blanca, las invitaciones y los encuentros con líderes autoritarios son simples gestiones diplomáticas para “proteger a los estadounidenses”, afirmó el portavoz, Sean Spicer. Y en ese sentido, la conversación con Duterte y la reunión con Xi harían parte de un vasto plan para contener a Corea del Norte, y la cumbre con Al Sisi y la llamada a Erdogan para hacer otro tanto con Isis en Oriente Medio. Sin embargo, esa explicación tiene muchas zonas oscuras.

En primer lugar, porque mientras ensalza a esos personajes el presidente ha descuidado uno de los grandes pilares de la seguridad norteamericana: sus aliados. En menos de tres meses y sin que haya ninguna crisis de por medio, Trump ha insultado, amenazado o desairado a los líderes de Alemania, Australia, Canadá y México, y se ha convertido en uno de los principales detractores de la Unión Europea (UE), cuyo fin desea. Y lo cierto es que la hostilidad hacia estos se conecta con las afinidades hacia aquellos.

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“Mientras las relaciones con los países democráticos pueden ser muy complejas e implican intercambios y beneficios con base en objetivos a largo plazo, con los tiranos las cosas son mucho más sencillas”, dijo a SEMANA Mark Atwood Lawrence, profesor de Historia de la Universidad de Texas. “Trump tiene una preferencia instintiva por los líderes autoritarios, pues piensa que con ellos es más fácil llegar a acuerdos personales sin el riesgo de que interfieran las cortes, el Parlamento, la prensa o la opinión pública de sus países. Esto, por supuesto, viene de su experiencia en el mundo de los negocios”, agregó Michael Klare, autor de Supplying Repression: U.S. Support for Authoritarian Regimes Abroad.

En segundo lugar, es difícil creer que los contactos con autócratas hacen parte de una vasta estrategia de seguridad, pues una de las mayores víctimas de Trump ha sido la diplomacia, justamente la principal herramienta para alcanzar ese fin. Eso se ha manifestado por un lado en el nombramiento de una primípara en política internacional como Nikki Haley a la cabeza de la delegación de su país ante la ONU. Y por el otro, en fuertes recortes presupuestales y de personal en el Departamento de Estado, que preside Rex Tillerson, otro neófito en asuntos exteriores, que, sin embargo, comparte el enfoque empresarial de su jefe. De hecho, el plan presupuestario para 2018 presentado por Trump a mediados de marzo reduce en un 32 por ciento los fondos destinados a ese entidad, que tendrá que arreglárselas con unos 18.000 millones de dólares menos en sus arcas. Lo cual, por otro lado, tiene un desarrollo aún más siniestro: el presidente, como ya ha demostrado en Siria y Afganistán, estaría más dispuesto a recurrir a las vías militares que a las diplomáticas, y más por impulsos que por una estrategia orgánica.

Debilitar de esa manera la política exterior de su país y cortejar a los tiranos del mundo debería tener efectos políticos. Como dijo en diálogo con esta revista Robert Hutchings, exdirector del Consejo Nacional de Inteligencia y profesor de Asuntos Públicos de la Universidad de Texas, “no cabe duda de que Estados Unidos necesita mantener relaciones de trabajo con esos países, pero semejante predilección por los líderes autoritarios va en contravía de los valores de este país”. Sin embargo, dos factores explican la poca atención que Trump les presta a las consecuencias de su política exterior.

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El primero consiste en que no obstante el magnate sea el mandatario más impopular de la historia de Estados Unidos, sus seguidores siguen apoyándolo en masa (ver recuadro). Y aunque parezca paradójico, eso tiene que ver con su manejo de la política exterior. “Trump cuenta con una base que reacciona mejor ante el poder y las afirmaciones de la superioridad moral estadounidense que a la diplomacia y el compromiso. En dos palabras, confunden el machismo con verdadera fortaleza”, dijo Hutchings.

Y el segundo tiene que ver con lo que mejor sabe el magnate: ganar dinero. Aunque algunos de los especialistas consultados por esta revista han renunciado a buscarles la lógica o la coherencia a su política exterior, una pista sobre su comportamiento consiste en que sus empresas están construyendo una Trump Tower en Manila y su organización ya cuenta con dos rascacielos de oficinas y apartamentos de lujo en Estambul. Además, la compañía del magnate tiene dos firmas que operan en Egipto y otras nueve en China. Sin olvidar que varios inversionistas vinculados al Partido Comunista chino han puesto plata en los principales proyectos del magnate, comenzando por la torre que lleva su nombre en el corazón de Manhattan.

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Sin embargo, es difícil saber a qué atenerse con Trump, que hoy dice maravillas de esos autócratas, pero mañana puede cambiar diametralmente de opinión. De eso pueden dar fe Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un, a quienes en menos de un año este pasó de atacar con saña a alabar sin reservas (o viceversa). Tal vez por eso Duterte prefirió no aceptarle la invitación a la Casa Blanca alegando que “no podía prometer nada” porque “estaba muy ocupado”.

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El presidente ignorante

Trump carece de los conocimientos necesarios para liderar Estados Unidos. Pero eso no es un problema para sus votantes.

El origen del comportamiento errático de Donald Trump es, para muchos, su sorprendente ignorancia. Además de mostrar que no tiene claras las causas de la guerra civil de su país, Trump elogió al difunto presidente Andrew Jackson. “Él estaba muy enojado con lo que estaba pasando en la guerra”, dijo el domingo. El problema es que Jackson murió 16 años antes del conflicto bélico que enfrentó al norte y al sur de Estados Unidos por la abolición de la esclavitud.

Poco antes de este desconcertante comentario, el presidente chino, Xi Jinping, tuvo que darle a Trump una lección exprés de historia de Asia Pacífico para mostrarle que presionar a Kim Jong-un no es tan “sencillo” como el magnate pensaba. Además, Trump encendió las alarmas al admitir que no sabía que formular un plan de asistencia médica fuese “tan difícil”. Sin embargo, mientras los expertos arremeten contra él, Trump ha sido el presidente perfecto para un electorado al que poco le importan los hechos, y que lo eligió para rebelarse contra la clase política tradicional.

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