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| 5/1/1989 12:00:00 AM

¿DONDE ESTA EL PILOTO?

El más grande derrame de petróleo causa alarma en el Pacífico norte.

A las 9 y 30 de la noche del jueves 23 de marzo, el buque cisterna Exxon Valdez salió de Puerto Valdez, en Alaska, llevando un millón 260 mil barriles de petróleo crudo rumbo a Long Beach, California, un recorrido de rutina para las distintas embarcaciones de la Compañía Naviera Exxon que transportan a diario desde ese lugar un enorme porcentaje del petróleo que se consume en los Estados Unidos y que llega al puerto a través de un oleoducto.

El Exxon Valdez siguió la fila de otras naves que partieron primero a través del canal del puerto y a eso de las 11 y 30 pidió permiso al sistema de guardacostas para girar a la izquierda, un movimiento también de rutina, antes de penetrar a las aguas frías del Estrecho Prince William. El permiso fue concedido pero cuarenta minutos después se había perdido todo contacto con la embarcación, que estaba al mando del capitán Joseph Hazelwood, un veterano con 23 años sobre la ruta del Pacífico.

El Exxon Valdez, que viajaba entonces a una velocidad de ocho nudos por hora, perdió la normalidad en su interior al poco tiempo de haber abandonado el puerto. El capitán Hazelwood, que había estado bebiendo al parecer toda la noche, dejó el control de la nave a Jim Cousins, un oficial de mando con permiso para remplazarlo en cualquier momento menos en aguas del estrecho, por los riesgos de tanto arrecife bajo la superficie en cercanías del glaciar Columbia, lo que exige una licencia especial, que el señor Cousins no tenía.
Abajo, en su camarote, el capitán Hazelwood seguramente roncaba el delirio de su borrachera cuando el resto de la tripulación sintió el primer cimbronazo a estribor, un golpe seco y luego como una cuchilla que rebanó la parte inferior del buque durante unos quince minutos, antes del segundo golpe en firme que dejó al barco virado y encima de una mole inmensa de hielo, hasta la luz del día siguiente cuando se descubrieron las magnitudes del desastre y los indígenas de Tatlitek empezaron a ver los primeros patos disecados en petróleo, flotando sobre las aguas cercanas a la playa.

Doscientos setenta mil barriles del combustible habían salido de las entrañas del Exxon Valdez y como una sombra enorme de veinte kilómetros de largo y siete de ancho avanzaban en dirección a los cardúmenes de salmón rosado y sardinas de arenque que visitan el Golfo de Alaska en esta época del año y que son subsistencia e industria de las seis mil familias de norteamericanos que habitan esa, una de las zonas pesqueras más ricas del planeta.

Hace menos de veinte años, esas mismas familias se opusieron sin éxito a la construcción del muelle petrolero en la bahía de Valdez. Los directivos de la compañía prometieron hasta el juramento que la industria de la pesca no se vería afectada en lo más mínimo y que se tomarían todas las medidas de seguridad para evitar cualquier derramamiento de petróleo en el área. Hoy, los pescadores se sienten traicionados. Y a las puertas de la bancarrota. Compradores del salmón y el arenque dentro y fuera de los Estados Unidos manifestaron no tener ningún interés en adquirir un solo pescado que venga de esa zona, mucho menos la variedad de caviar que se obtiene de esas mismas aguas. Ellos, los pesqueros, interpretan lo sucedido como un desastre anunciado. Un desastre que aún no conoce a ciencia cierta el verdadero volumen de su perjuicio. El mismo alcalde de Valdez, John Devens, manifestó al borde de un ataque de nervios: "Se pasaron todos estos años prometiendo que limpiarían cualquier derrame de combustible y que mantendrían la calidad de vida. Es claro que gracias a ellos enfrentamos ahora el apocalipsis de nuestro pueblo".

La Exxon aceptó de inmediato la responsabilidad financiera de la tragedia y admitió, para hacerla aún más grande, su imposibilidad para recuperar la mayor parte de los 240 mil barriles de contaminación que cubren con su peste negra las plantas y los peces del lugar y que, a juicio de los biólogos presentes, seguirá afectando la vida animal de la zona por varias generaciones.

Es el mayor derramamiento de petróleo en la historia de los seres humanos sobre la Tierra. Al desastre, se suma no sólo la demora en el proceso de limpieza para minimizar el daño ecológico, sino para practicar los exámenes de alcohol pertinentes tanto al capitán Hazelwood como al oficial Cousins y al piloto del buque cisterna, Robert Kagan.

Los 600 mil barriles de crudo que aún guardaba en su vientre el Exxon Valdez fueron traspasados a otro buque adyacente. La operación se hizo con extremo cuidado, porque se corría el riesgo de que el barco accidentado terminara por partirse e infestar aún más las aguas del golfo. De acuerdo con los primeros cálculos, el petróleo vertido afectaría a 52 millones de peces salmón durante dos años y produciría una pérdida de 100 millones de dólares anuales a la industria pesquera. La Exxon ha prometido dar a los pescadores una suma "razonable". Las demandas están ya en camino. Como dicen con tristeza los indigenas de los alrededores, que tienen fama de ser los mejores anfitriones del mundo porque comparten sus mujeres con los visitantes: "El aceite y el pescado sólo se combinan bien dentro del caldero".--
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