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| 2/21/2015 10:00:00 PM

Dónde radica la fuerza de Estado Islámico

Ante la ineficacia de la respuesta militar, Occidente comienza a entender que las armas no serán suficientes para derrotar a EI.

Siempre que Estado Islámico (EI) lleva a cabo una nueva atrocidad, bien sea decapitar a un grupo de cristianos egipcios, como la semana pasada, esclavizar a las mujeres yazidís en Irak o quemar vivas a sus víctimas, la opinión pública mundial se aterra y pregunta: ¿por qué?, ¿cuál es su objetivo?

Un primer paso para responder a estas preguntas es entender que Estado Islámico no se comporta como un grupo terrorista corriente. A diferencia de amenazas pasadas, el EI no solo ataca civiles o planea operaciones en ciudades estratégicas de Occidente. Estos rebeldes cuentan con unos 30.000 combatientes, controlan gran parte del territorio en Irak y Siria, mantienen amplias capacidades militares, controlan las líneas de comunicación, y son capaces de financiarse por sus propios medios. En otras palabras, son un pseudoestado liderado por un poderoso ejército.

A diferencia de otros, este grupo no busca esconder sus atrocidades. Por el contrario, promueve su visión del mundo a través de crueles videos en las redes sociales, que sirven para demostrar su poderío militar y facilitar nuevos reclutamientos.

Estado Islámico parece seguir haciendo enemigos sin importar las consecuencias. Para eso decapitó al periodista norteamericano James Foley; quemó vivo al piloto jordano Muath al-Kaseasbeh y masacró a 21 cristianos coptos. Esta estrategia no es arbitraria y tiene un sentido muy claro.

Según expertos en terrorismo de Medio Oriente, los miembros de Estado Islámico se consideran representantes del bien en una batalla apocalíptica contra el mal para instaurar en el mundo entero el imperio de la sharía o ley islámica. Bajo esta lógica, consideran que quien no está de su lado es un enemigo que por ley debe morir, así sea musulmán. Para un mundo tan secular como Occidente, pensar en una guerra religiosa que lleve al final de los tiempos es un concepto difícil de entender. Pero para EI esta es una profecía cumplida, y así de seria es su amenaza.

Uno de los pilares principales que diferencian a este grupo terrorista de su antiguo mentor al Qaeda, es que tiene un proyecto político concreto, el emirato, para anteponer a la organización estatal que Occidente impuso en las tierras musulmanas tras la Primera Guerra Mundial. Por eso, EI busca primordialmente conquistar territorios. Primero lo hizo en Irak y Siria, y ahora lo hacen sus filiales en Yemen, Somalia y, más recientemente, en Libia. Este último caso es uno de los más llamativos.

En libia


Desde 2011, la caída y muerte del dictador Muamar el Gadafi tras la primavera árabe creó un vacío de poder que dejó a Libia sumida en la violencia, el fraccionamiento y la polarización política. Hoy tiene dos gobiernos, parlamentos, primeros ministros y fuerzas militares. El de Benghazi, que tiene reconocimiento internacional y tendencia moderada, lucha contra otro localizado en Trípoli, más afín con el islamismo extremo. Ambos combaten entre sí por la legitimidad, y el caos resultante interfiere con la posibilidad de hacer frente a la facción libia de Estado Islámico. En estas condiciones, ese grupo ha avanzado rápidamente hasta tomar completamente el control de Derna, una ciudad de 100.000 habitantes cercana a la frontera con Egipto. El avance yihadista ha alcanzado también la costa libia, haciendo presencia en Benghazi, Sirte e incluso Trípoli.

Es difícil precisar el origen de la presencia de Estado Islámico en Libia, y qué tanto control ejercen los líderes de este grupo terrorista sobre sus filiales en el norte de África. Pero el esfuerzo deliberado del EI en Libia por publicitar sus alcances, a través de los mismos canales que ha utilizado en Siria e Irak, y con la misma barbarie y calidad de imagen y edición, hace pensar que se trata de una filial en toda la línea El video que muestra la decapitación de 21 cristianos coptos se acompaña de subtítulos que identifican la masacre junto a la playa de ‘la provincia de Trípoli’, probablemente cerca de la ciudad de Sirte donde los egipcios fueron secuestrados.

Esta no es la única demostración que han hecho los yihadistas en Libia. El mes pasado, EI montó un ataque suicida con una bomba en el mejor hotel de Trípoli. Murieron nueve personas en la operación, que parecía diseñada para señalar dramáticamente la presencia de su amenaza lejos del ‘emirato’, donde las banderas negras han estado volando desde el derrocamiento de Gadafi.

El contraataque

Incluso antes de que las noticias sobre la inminencia de la amenaza de Estado Islámico en Libia comenzaran a circular, países como Italia ofrecieron liderar una fuerza internacional que hiciera frente al yihadismo, mientras la ONU trató de convocar a conversaciones sobre un alto el fuego y la creación de un gobierno de unidad nacional en ese país. Pero la comunidad internacional no tomó ninguna decisión, por lo que, de hecho, Libia es el nuevo gran campo de batalla de EI.

En efecto, el asesinato de los coptos provocó la reacción de Egipto, que lanzó sus aviones contra posiciones yihadistas en la costa mediterránea, lo mismo que había pasado con Jordania cuando quemaron a su piloto y publicaron las imágenes. El líder Abu Bakr al Bagdadi parece dispuesto con esas acciones a atraer a otros países a la guerra, teniendo en cuenta que las acciones militares de la coalición que lidera Estados Unidos contra su grupo no parecen haber disminuido el avance de su régimen de terror. La amenaza no retrocede y esto se debe a la poca comprensión que existe sobre el pensamiento y funcionamiento del Estado Islámico.

En efecto, el principal problema a la hora de contraatacar al Estado Islámico está en entender su ideología y cómo esta se refleja en su acción militar y reclutamiento.

Estos terroristas ofrecen un mensaje muy llamativo para hombres y mujeres jóvenes. El grupo atrae a sus seguidores no solo mediante el anhelo de justicia religiosa, sino también de aventura, poder personal, y un sentido claro de comunidad. Algo que es bienvenido por jóvenes alrededor del mundo, incluso por aquellos que solo se interesan en la violencia brutal que demuestra el dominio del grupo. El Estado Islámico ofrece a sus reclutas cubrir cualquier necesidad, incluso procurar una pareja sexual a los militantes masculinos. Todo esto respalda su propaganda sobre la conquista, que a corto plazo cumple el deseo de gratificación de estos jóvenes y que no responde a ninguna lógica.

Ya han pasado más de seis meses desde que Estados Unidos envió aviones para bombardear al EI y cuatro meses desde la formación de una coalición internacional para ayudar a combatir al grupo terrorista. Pero nada ha sido suficiente para contrarrestar la amenaza. Por eso el presidente Barack Obama, luego de pedir autorización al Congreso para intensificar el esfuerzo militar, la semana pasada anunció ante una cumbre antiterrorista la necesidad de cambiar la estrategia. No solo afirmó tajantemente que es falso que Occidente esté en guerra contra el islam. También propuso trabajar para mejorar el nivel de vida y las oportunidades de los potenciales reclutas de EI, en busca de una verdadera respuesta a la amenaza.

Eso quiere decir, en el fondo, que solo un conocimiento más profundo de los mecanismos mentales que explican el funcionamiento del Estado Islámico podrá dejar de subestimar los alcances de este grupo terrorista y contrarrestar definitivamente su amenaza. ¿Será posible? La pregunta está abierta.
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