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| 12/23/2002 12:00:00 AM

Economía mundial, ¿un lugar seguro?

Si en Colombia llueve con la recesión y la crisis, en el resto del mundo no escampa. Déficit, pobreza, desempleo, son conceptos tan actuales como globales.

Es una paradoja. A medida que el fútbol se vuelve más masivo, más universal y más rentable, los aficionados deben esforzarse más y más para encontrarse con espectáculos dignos de semejante despliegue mediático y mercantil.

En 2002 se vivió un Mundial de Fútbol que es fiel reflejo de lo anterior. A pesar de la constelación de estrellas que se reunieron en los estadios de Corea y Japón ninguno de los 64 partidos que se jugaron resultó digno de un torneo de esa magnitud. A lo sumo se vieron pasajes entretenidos en algunos pocos encuentros y un puñado de jugadas aisladas que le recordaban a la gente que aquello no era un torneo de barrio, pero nada comparable a espectáculos de torneos anteriores como el Brasil-Dinamarca de 1998, el Holanda-Brasil de 1994 o el Inglaterra-Camerún de 1990, por sólo citar tres ejemplos de mundiales recientes.

En Corea-Japón varias de las grandes figuras del fútbol mundial fueron incapaces de recrear siquiera el 5 por ciento de lo que muestran en sus equipos. Los dos grandes favoritos antes de arrancar el mundial eran Francia y Argentina. Ambos fueron eliminados en la primera fase. Francia no marcó ningún gol, un caso insólito en la historia pues era la primera vez que esto le sucedía al equipo defensor del título mundial. Argentina apenas hizo dos goles, uno de ellos ilegal.

Pero estos equipos no fueron los únicos que quedaron en deuda. Portugal, a pesar de contar con los muy promocionados Figo, Rui Costa y Nuno Gomes, tampoco pudo superar la primera fase. Italia fue víctima de decisiones arbitrales equivocadas y por eso se fue en octavos de final pero también pagó muy caro el fútbol tacaño que exhibió. Inglaterra llegó un poco más lejos -cuartos de final- pero tampoco mostró demasiado. Un muy buen primer tiempo ante Dinamarca y mucha garra ante Argentina, un partido lo ganaron más con hormonas que con fútbol. Uruguay, Paraguay, Suecia y Nigeria, que no eran favoritos al título pero iban como posibles animadores del torneo, tampoco mostraron demasiado. Los suecos sacaron un heroico empate ante Argentina. Uruguayos y paraguayos se acordaron del verdadero significado de la garra en sus segundos tiempos ante Senegal y Eslovenia, respectivamente. De resto, aguantar, ensuciar, quemar tiempo. Igual, al volver a casa los recibieron como héroes, lo que da a entender que las hinchadas y el periodismo de esos países, en el pasado grandes potencias del fútbol, hoy se conforman con muy poco.

Sólo Alemania, y sobre todo Brasil, sacaron la cara por los llamados históricos. Estos dos equipos llegaron sin demasiadas expectativas. Ambos clasificaron con muchas urgencias al torneo y, además, llegaron sin su jugador estrella. Brasil sin Romario y Alemania sin Memeth Scholl. A Brasil le bastó acelerar un par de veces en cada encuentro para ganar sus partidos y así llegar a la final. Alemania, en cambio, debutó con una espectacular goleada 8-0 a Arabia Saudita pero de allí en adelante sufrió lo indecible para mantenerse en el torneo a punta de triunfos agónicos. Otro grande que mostró un nivel aceptable fue España, equipo que se fue del Mundial antes de tiempo luego de un fallo arbitral increíble ante Corea del Sur.

En Colombia sabemos que la finca raíz, la bolsa de valores, las finanzas del Estado, el sistema de pensiones y los indicadores sociales han pasado por un período crítico desde mediados de los años 90. De lo que estamos menos enterados es que estos flagelos golpearon también a muchas de las economías 'modelo' del mundo. En efecto, la finca raíz lleva prácticamente una década estancada en Japón, donde se reventó una burbuja de precios ficticios y la clase política no parece querer que el país tome un segundo aire. La Bolsa de Nueva York se desplomó hace más de seis meses, golpeando a inversionistas y consumidores del mundo entero. Las finanzas públicas y los sistemas pensionales de muchos países emergentes han entrado en crisis, y el desempleo campea en tradicionales remansos de estabilidad como Alemania.

La corrupción ha hecho su aparición en donde menos se le esperaba: las grandes corporaciones privadas estadounidenses, donde los casos de Enron y Worldcom han revelado engaños de dimensiones bíblicas. En términos de villanos, si Colombia lamentablemente se destaca con el 'Mono Jojoy', éste palidece al lado de Osama Ben Laden. Cuando se trata de la inseguridad, en nuestras calles lo atrapan a uno en paseos millonarios, pero llegan noticias según las cuales en Londres o Buenos Aires también se presenta esta práctica macabra, y los secuestros azotan a Brasil y México. En fin, sabemos que se necesita coraje y astucia para ser colombiano, pero difícilmente nos enteramos de que el mundo entero se volvió un lugar inseguro.

¿Estamos acaso viviendo la globalización de los tormentos? ¿Es refugiarse en los males de muchos buscar un consuelo de tontos? O simplemente todo esto es la comprobación de que Murphy tenía razón cuando dijo que si algo puede salir mal, saldrá mal. Este señor formuló una ley universal según la cual si la tostada cae al piso, lo hace del lado de la mermelada. Los ingleses, que nos aventajan en siglos de pesimismo, no paran de asombrarse cada semana en los editoriales de la revista The Economist sobre el curso paradójico de la economía mundial y de las políticas diseñadas para corregirlo.



Economía de burbuja

Los ciclos, una verdad tozuda del capitalismo, en su parte baja -la denominada 'recesión'- ensombrecen el estado de ánimo de la gente. En los últimos dos años esta mala palabra ha golpeado al planeta. La historia de cómo se llegó allí comienza, paradójicamente en un auge inusitado. En efecto, Estados Unidos, la economía más robusta y dinámica del mundo, vivió 10 años de gloria. Desde finales de los años 80 llegó un huésped amable y energético a casi todos los rincones de los hogares y las empresas de ese país: la tecnología de la información. La ubicuidad del poder informático transformó para bien sus procesos productivos, la relación de cada persona con el banco, el jefe, el compañero de trabajo o la novia, así como la forma y el lugar de trabajo.

En un santiamén, las computadoras y la conectividad esquizofrénica de todos con todos y con todo, posible gracias a Internet, lograban lo que antes tomaba días, semanas o meses. De esta manera mejoraron las transacciones económicas, los flujos de información, la confiabilidad de pedidos y envíos y la disponibilidad de bienes y servicios. En suma, se hizo posible producir más a menor costo.

Rara vez se presencian fenómenos de este tipo. En Estados Unidos la tasa de desempleo cayó sin que aumentara el déficit fiscal ni la inflación. Se recuperaron puestos de trabajo e industrias enteras que se habían perdido con Japón o Europa. Los ancianatos se conectaron con Wall Street para multiplicar sus pensiones apostándole a la bolsa de valores, y niños de 19 años se volvieron billonarios en pocos meses, vendiendo programas novedosos y abalorios a través de las pantallas del mundo. Y punto com.

Todos creímos que había llegado la denominada "nueva economía", en la que los dilemas del pasado entre inflación y desempleo quedaban archivados en los anaqueles. No tan rápido. Cuando ya se destapaban las botellas de champaña, las viejas y duras verdades de la economía regresaron con saña: se ha vuelto a reconocer que siempre hay que sacrificar unas por otras, y que quien prometa lo contrario seguramente está mintiendo. Sólo tiene valor aquello que hace la vida más amable, mejora los procesos productivos y satisface una necesidad real. Las pirámides bursátiles de las punto.com se desmoronaron más rápido de lo que se habían armado. Y si bien estas palabras que usted lee las escribimos en una computadora, se imprimen a través de un proceso informático y se transmiten de igual manera, fue inevitable que esta industria, después de tocarlo todo con su magia, viviera su propia burbuja de soberbia y se desinflara como tantas otras.



Regreso a los valores

Una vez pasada la ola de difusión de "la nueva economía" se está redescubriendo el valor de las empresas bien manejadas, con gerentes confiables y honestos. Se develaron casos abrumadores de corrupción en la médula del capitalismo privado norteamericano. La desconfianza cundió desde los centros financieros hasta las capitales, las corporaciones, los hogares y los ancianatos. Y como si hiciera falta una comprobación de que la historia da golpes inesperados y aterradores, en medio de este panorama sombrío, dos aviones insospechables derrumbaron las soberbias Torres Gemelas, símbolo tutelar del capitalismo financiero.

La economía, decía uno de sus padres, el inglés J. M. Keynes, se mueve por espíritus animales (no "de animales", aunque con frecuencia también suceda). Y del miura de los 90, los ánimos se tornaron en los de un manso buey al principio del nuevo milenio. Y allí siguen. Ejemplos recientes de un capitalismo reanimado y vigoroso, como fue Argentina en la década pasada, se desvanecieron dejando una estela de desolación y pobreza. La región latinoamericana se desencantó del breve intento de liberación de mercados y los ánimos políticos produjeron sucesos populistas en Venezuela, Ecuador, Perú y Brasil. China apareció, en parte con mentiras en sus cifras, como ha sido frecuente en Asia, y en parte con costos salariales aterradoramente bajos para producir casi cualquier cosa, con base en explotar a sus trabajadores a extremos que habrían llevado a Marx y Engels a rescribir El manifiesto. Y así nos derrotan en una industria tras otra.

La droga sigue y seguirá siendo un renglón secundario de discusión global, presente sólo cuando anda de visita un mandatario colombiano. Los países ricos mantuvieron cerrados sus mercados agrícolas al Tercer Mundo. Las trabas al comercio seguirán imperando y las alianzas comerciales, muy de doble filo cuando se trata de socios que tienen más que ganar, se mantendrán de moda.

¿Qué hacer? En el mundo las autoridades fiscales andan saltando matones para cubrir las demandas sociales, pagar las pensiones y atender la deuda pública. Por ende, han surgido voces pidiéndole que los bancos centrales no se preocupen de manera obtusa sólo por la inflación y desempeñen un papel más activo en advertir y evitar la formación de burbujas en los precios de la finca raíz, las acciones, el crédito. Sin embargo, esto dista mucho de la moda adoptada por nuestros intelectuales, según la cual la salvación para la economía y el empleo está en los siete señores que sesionan en la Jiménez con séptima.

Cualquier solución radica en los ocho millones de familias y los cientos de miles de empresas que son la fibra y la fábrica de nuestra sociedad. Y frente al ciclo económico, tanto aquí como en Cafarnaum, la meta no es eliminarlo, pues al igual que los hombres, las economías también tienen estados de ánimo. Se debe aprender a suavizarlo y a vivir con él.

Los consumidores pasarán a la historia como los redentores de esta recesión que inauguró el siglo. Aunque, como es frecuente, la gran virtud es al mismo tiempo el gran defecto, los hogares se han sobreendeudado respaldados en los precios altísimos de sus casas, de tal forma que una destorcida de la finca raíz en países como Estados Unidos, Inglaterra y España puede dar al traste con los leves vientos de reactivación que se han vislumbrado recientemente. Las revelaciones y gratas sorpresas, que nunca faltan en los mundiales, esta vez fueron Senegal, Irlanda y sobre todo Turquía, el único equipo que intentó jugarle a Brasil de igual a igual sin demasiada suerte, en la primera fase por culpa de un mal arbitraje y en la semifinal porque no supo aprovechar las opciones de gol que creó.

Brasil fue el justo campeón de un torneo que no dejó nada en lo táctico y muy poco en las retinas de los aficionados. No faltaron, claro está, los elogios al llamado fútbol moderno, que sólo dicen entender los expertos y que le es tan ajeno a los hinchas de la calle. Tampoco dejó de escucharse en las transmisiones de radio y televisión la palabra 'genio' cada vez que los brasileños Ronaldo y Ronaldihino tocaban en balón. Era necesario mantener vivo el interés por un evento muy mediocre y que, para colmo de males, en América sucedía entre la una de la madrugada y las 8 de la mañana.

Uno de los comentaristas deportivos afirmó durante uno de los tediosos partidos que el Mundial era bueno porque reflejaba lo que es el fútbol de hoy. Como frase, muy ingeniosa, además para mantener la teleaudiencia. Pero muy dudosa. En ligas como las de Italia e Inglaterra, y en menor grado en las de España e incluso Argentina, se ven con frecuencia partidos muy superiores a cualquiera de los que se jugaron en Corea-Japón 2002.

Muchas hipótesis se tejieron para intentar explicar el bajo nivel del Mundial. Que los futbolistas que juegan en Europa (en especial en las ligas de Italia, España e Inglaterra) llegan saturados de partidos. Que el Mundial, por razones de clima, comenzó muy pronto (un 31 de mayo y no a mediados de junio) y estos jugadores no tuvieron el tiempo suficiente para recuperaran su nivel habitual.

Pero también es evidente que la Fifa, que le debe gran parte de su poderío económico al prestigio que le dieron al fútbol mundiales como los de 1954, 1958 y sobre todo el de 1970, por razones comerciales de corto plazo le está dando un tratamiento de quinta categoría al evento que hizo posible que el fútbol saliera del ámbito de Europa y Suramérica y se convirtiera en una pasión universal.
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