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| 1/16/2016 10:00:00 PM

La decadencia blanca en Estados Unidos

Una franja de la población norteamericana está muriendo masivamente por el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio; son hombres de raza blanca, edad mediana y baja educación.

¿Por qué los blancos estadounidenses se están matando? En sí mismo, ese hecho es probablemente el hallazgo más importante de las ciencias sociales en muchos años. Y ya está redibujando la política estadounidense. El columnista de The Washington Post Jeff Guo señala que las personas que conforman ese grupo son “los principales responsables del liderazgo de Donald Trump en la contienda por la nominación republicana a la Presidencia”. El meollo del asunto es por qué está pasando eso, y explorarlo da respuestas que sugieren que la rabia que domina la política estadounidense va a seguir empeorando.

Durante décadas, los habitantes de los países ricos vivían más. Pero en un conocido ensayo, los economistas Angus Deaton y Anne Case hallaron que durante los últimos 15 años un grupo –los hombres blancos de mediana edad– presenta una tendencia alarmante. Se están muriendo en cantidades cada vez mayores. Y la situación luce mucho peor para quienes solo tienen título de bachiller, o ni siquiera terminaron el colegio. Hay algunas observaciones sobre los cálculos de esa investigación, pero, incluso, el principal crítico del documento ha reconocido que, independientemente de la medición, “comparado con otros países y grupos, el cambio es enorme”.

Las razones de las muertes son tan llamativas como el propio fenómeno: suicidio, alcoholismo y sobredosis de drogas, tanto legales como ilegales. “Parece que la gente se está matando, despacio o rápidamente”, me dijo Deaton. Estas circunstancias se deben generalmente al estrés, la depresión y la desesperación. El único pico comparable en muertes en un país industrializado se presentó entre los hombres rusos tras el colapso de la Unión Soviética, cuando las tasas de alcoholismo se dispararon.

Una explicación convencional para la ansiedad y el estrés de esta clase media es que la globalización y los cambios tecnológicos han generado una presión cada vez mayor sobre el trabajador promedio en los países industrializados. Pero esa tendencia no se registra en ningún otro país de Occidente: es un fenómeno exclusivamente norteamericano. Y lo cierto es que Estados Unidos está relativamente aislado de las presiones de la globalización, gracias a su mercado interno vasto y autónomo. En este país, el comercio solo constituye el 23 por ciento de la economía, comparado con el 71 por ciento en Alemania y el 45 por ciento en Francia.

En nuestra charla, Deaton evocó la posibilidad de que el Estado de bienestar europeo –más generoso que el norteamericano– podría aliviar algunos de los temores asociados con los cambios rápidos. De hecho, considera que en Estados Unidos los médicos y las compañías farmacéuticas tienen una fuerte tendencia a tratar los dolores físicos y psicológicos recetando medicamentos, incluso opiáceos muy fuertes y adictivos. El lanzamiento al mercado de medicamentos como Oxycontin, un analgésico legal con propiedades similares a las de la heroína, coincide con el aumento en el número de muertes.

Pero ¿por qué no vemos esa tendencia en los otros grupos étnicos estadounidenses? Mientras que la tasa de mortalidad para los blancos de mediana edad se mantiene estable o se incrementa, las de los latinos y los negros siguen disminuyendo significativamente. Estos grupos viven en el mismo país y afrontan presiones económicas mucho mayores que las de los blancos. Entonces, ¿por qué su situación no es tan desesperada?

La respuesta podría encontrarse en las expectativas. Según me sugirió la antropóloga de la Universidad de Princeton Carolyn Rouse en un intercambio de correos electrónicos, los otros grupos pueden no esperar que sus ingresos, su nivel de vida y su estatus social estén destinados a mejorar constantemente. No tienen la misma confianza en que si trabajan duro saldrán sin duda adelante. De hecho, Rouse dijo que tras siglos de esclavitud, segregación y racismo, los negros han desarrollado maneras de afrontar las decepciones y las injusticias de la vida: a través de la familia, el arte, la protesta social y, sobre todo, la religión.

“Ustedes han sido los veteranos del sufrimiento creativo”, les dijo a los afroamericanos Martin Luther King Jr. en su discurso Tengo un sueño en 1963: “Sigan trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador”. Al escribir sobre ese tema en 1960, King explicó la cuestión en términos personales: “A medida que mis sufrimientos aumentaban, pronto entendí que tenía dos caminos para responder a mi situación: podía reaccionar con amargura o tratar de transformar el sufrimiento en una fuerza creativa... Así que, como el apóstol San Pablo, puedo decir humilde pero orgullosamente que ‘traigo en mi cuerpo las marcas de Jesús’”.

Las experiencias de los latinos y de los inmigrantes en Estados Unidos son diferentes, por supuesto. Pero pocos de estos grupos creyeron que tenían asegurado su lugar en la sociedad. Por definición, las minorías están en la periferia. No asumen que el sistema fue establecido para ellos. Se esfuerzan y tienen la esperanza de triunfar, pero no lo esperan como si fuera la norma.

Estados Unidos está atravesando un gran cambio de poder. La clase trabajadora de los blancos no se ve a sí misma como un grupo elite. Pero, en un sentido, no cabe duda de que estos han sido comparados con los negros, los latinos, los indios aborígenes y la mayoría de inmigrantes. En el pasado, fueron cruciales para la economía, la sociedad y, de hecho, la identidad estadounidense. Pero ya no. Donald Trump ha prometido que va a cambiar esa situación y que los hará ganar nuevamente. Pero no puede hacerlo. Nadie puede. Y muy en el fondo, ellos lo saben.

© 2016, The Washington Post Writers Group


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