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| 6/3/2014 12:00:00 AM

¿Es el fin de la Primavera Árabe?

Tras las elecciones que le dieron el poder el exjefe militar Abdel Fattah al Sisi, los egipcios parecen haber apostado por una incierta estabilidad.

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BBC
Hace tres años y medio, decenas de miles de personas ocupaban la simbólica plaza de Tahrir, en El Cairo, demandando el fin del régimen de 40 años de Hosni Mubarak, pidiendo democracia y justicia.

Ahora, tras las elecciones que le dieron el poder el exjefe del ejército Abdel Fattah al Sisi, los egipcios parecen haber apostado por una incierta estabilidad.

Dada la importancia geopolítica de Egipto en la región, ¿se puede hablar del final de la Primavera Árabe?

Altas expectativas en política suelen dar lugar a grandes decepciones.

Los levantamientos que han sucedido en diversos países árabes desde diciembre de 2010, generaron inmensas esperanzas sobre una región que parecía condenada a vivir bajo gobiernos autoritarios.

La expectativa de ayer y la decepción de hoy ocultan la complejidad de procesos políticos que van más allá de ascensos y caídas en un corto período de tiempo.

El levantamiento árabe tiene dinámicas, actores y componentes nacionales e internacionales que impiden hacer juicio definitivo, pese a los actuales indicadores negativos.

Militares, árbitros del cambio

Las revueltas que comenzaron en Túnez y Egipto en diciembre del 2010 y que se extendieron a Bahréin, Yemen, Siria y con menor intensidad en otros países, tuvieron su origen en la pobreza y desigualdad creadas por políticas neoliberales, la exclusión de las mayorías en las decisiones de gobierno, la represión, y una extendida corrupción.

La manipulación de las identidades étnicas, tribales o religiosas acrecentó la percepción de marginación e injusticia.

A la vez, el acceso a la información sobre bienes y costumbres en otros países impactó especialmente entre los sectores jóvenes que en las primeras etapas lideraron las movilizaciones utilizando las redes sociales.

Todo el mundo fue tomado por sorpresa por los levantamientos.

Las respuestas de los gobiernos fueron variadas pero marcadas por un constante aprendizaje y adaptación.

Los gobernantes de Túnez y Egipto no calcularon que sus fuerzas armadas les dejarían caer.

El poderoso ejército egipcio prefirió el fin de Hosni Mubarak y ser aplaudido como reformista.

Esto le aseguró continuar siendo árbitro de la pugna entre liberales y los Hermanos Musulmanes, permitir a estos últimos llegar al poder -pero no ejercerlo- y terminar retomándolo con la aclamación de una parte de la sociedad.

En Túnez, en cambio, la relación de fuerzas entre un ejército menos poderoso y unos hermanos musulmanes más negociadores dio lugar al caso más estable y exitoso entre todos los levantamientos.

En Yemen se hicieron las necesarias negociaciones y componendas para marginar los sectores sociales críticos, llegar a un pacto entre tribus, y no cambiar nada de fondo.

La caída de Gadafi


En el caso libio entró en juego fuertemente el componente internacional. Los levantamientos árabes generaron respuestas muy tímidas y militadas por parte de Europa y Estados Unidos. Libia les ofreció el respiro de usar la fuerza y aparentar un compromiso con el clamor en favor del cambio.

El régimen familiar de Muamar el Gadafi creyó que podría controlar la revuelta con sus diversas milicias.

Esa brutalidad y falta de visión política tuvo una respuesta equivalente en una oposición dispersa y militarizada.

Su falta de unidad, estrategia y formación política nunca podrían haber acabado con Gadafi si la OTAN, especialmente impulsada por Francia y Gran Bretaña para ganar espacio en la Alianza Atlántica aprovechando un objetivo fácil, no hubiesen intervenido.

La fragmentación actual de Libia, con centenares de milicias, un estado casi inexistente y la sociedad sumergida en la inseguridad es el coherente resultado de un irresponsable cambio de régimen por la fuerza sin un plan alternativo.

Siria, campo de batalla internacional

La mayor parte de la oposición siria, dentro y fuera del país, esperó infructuosamente durante más de dos años que la OTAN hiciera por ellos el trabajo que llevó a cabo en Libia.

Pero no es lo mismo derrocar desde el aire a un gobernante fantasma aislado internacionalmente, sin un ejército leal y en una geografía desértica que a un régimen con fuerte apoyo de parte de la población, fuerzas armadas profesionales, y poderoso sostén militar, económico y diplomático de Rusia e Irán.

Mientras que la oposición siria mostró su incapacidad para tener un frente común, el país se convirtió en un campo de batalla entre Irán y Arabia Saudita en el marco del enfrentamiento religioso-político de sunitas y chiitas.

A la vez, en Siria se han enfrentado las diplomacias de Rusia y Estados Unidos, mientras las potencias emergentes, como Brasil y Sudáfrica, se han alineado con Moscú para expresar su desacuerdo con el uso de la fuerza que la OTAN utilizó en Libia.

La capacidad militar de Bashar al Asad con el apoyo de Hezbolá, la presencia creciente de grupos jihadistas que inhibió aún más el apoyo militar de Occidente, y el fin del diálogo entre Moscú y Washington debido a la crisis de Ucrania se han combinado para darle al régimen una práctica victoria aunque sobrevivan algunos focos armados.

Las monarquías del Golfo, incluyendo a Arabia Saudita, Marruecos, y en cierta medida Jordania y Argelia, frenaron las revueltas inyectando dinero en la sociedad, en los aliados internos e introduciendo algunas reformas.

De esta forma han ganado tiempo, pero en cada uno de estos casos hay factores suficientes para considerar que la demanda de cambios retornará en diferentes momentos.

Procesos de largo plazo


Pero ante esta situación, y pese al panorama negativo desde una perspectiva de avance hacia la democracia, es precipitado anunciar el fin del proceso que se inició en diciembre del 2010 por varias razones.

Primero, todos los factores que generaron las revueltas sociales siguen presentes.

Ni los gobiernos locales ni las potencias extranjeras han cambiado los modelos económicos.

Ni el gobierno militar de Abdel Fattah al Sisi ni el de Bashar tienen proyectos que ofrezcan alternativas a millones de jóvenes sin esperanzas de trabajo y un papel en sus sociedades.

Tampoco en Arabia Saudita se vislumbra una reforma.

Segundo, las elecciones en Egipto han sido un fracaso para el proyecto militar.

La abstención del 55 % muestra que la represión puede encarcelar o matar a los líderes de los Hermanos Musulmanes, pero no significa que aquellos que los apoyaban de forma convencida han cambiado sus lealtades.

Por otro lado, millones de los que ahora apoyan a al Sisi frente al caos de los últimos tres años quieren resultados, especialmente económicos y de estabilidad en sus vidas diarias, algo que difícilmente el gobierno podrá lograr.

Dar por finalizada la revuelta árabe basándose en las elecciones egipcias es perder de vista que el cambio social en ese país será un proceso de décadas.

Tercero, la denominada Primavera Árabe incluye a por lo menos seis países, pero ha impactado en la franja que va desde Iraq a Marruecos.

La región posee recursos energéticos codiciados que son factor de negociación y competencia, y alberga a una de las tres religiones más importantes del mundo.

Los procesos de cambio político y construcción de sistemas representativos, no necesariamente democráticos según el modelo europeo, en países que hasta hace pocas décadas eran colonias europeas, no pueden ocurrir en cuatro años, aunque muchas cosas han pasado en este período.

No sucedió así en Europa, donde el desarrollo del Estado y la democracia tardaron cuatro siglos y numerosas guerras. En el proceso de cambio quedan por delante levantamientos, revoluciones, pasos atrás, coaliciones, negociaciones y resultados tan diversos como imprevisibles.

Dar por muerta la Primavera Árabe es pedirle demasiado al mundo árabe y a la historia.

*Director del Norwegian Peacebuilding Resource Centre (NOREF).
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