25 abril 1988

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EL AGUA Y EL ACEITE

Por primera vez desde que comenzó la contienda, se sientan frente a frente contras y sandinistas y firman acuerdos

La paloma de la paz se dio la semana pasada un vuelo inesperado por Centroamérica. Cuando ya parecía que la convulsionada región estaba otra vez al borde del abismo y que no había campo para una diplomacia diferente a la de las balas, sandinistas y contrarrevolucionarios acabaron poniéndose de acue
rdo para decretar un cese al fuego de 60 días, al cabo de más de 7 años de guerra.
Semejante logro se dio al término de 3 largos y agotadores días de negociaciones en el poblado fronterizo de Sapoá, ubicado a 150 kilómetros al sur de Managua, en cercanías del límite con Costa Rica. Allí se encontraron el principal responsable de Resistencia nicaraguense, Adollo Calero, y el ministro de Defensa, Humberto Ortega, quienes, contra todas las expectativas, le demostraron a los escépticos que aún hay campo para la paz en Nicaragua.
Los antecedentes en esta oportumdad no eran los mejores. Apenas una semana antes, la tensión en el área había alcanzado nuevos límites debido al envío de 3.200 soldados norteamericanos a Honduras, país que, según la Casa Blanca, estaba siendo objeto de una "invasión" sandinista. La "agresión" de Managua en realidad se había circunscrito a una incursión armada contra los campos de entrenamiento de los contras en la frontera hondureña. Sin embargo, el escándalo hecho por Washington y la escalada subsiguiente le hicieron pensar a la mayoría que cualquier solución negociada había quedado sepultada.
Las sorpresas, por lo tanto, comenzaron a darse apenas comenzada la cita en Sapoá. Calero, venido de Costa Rica y escoltado por la policía de ese país, se encontró con Ortega, hermano del presidente Daniel Ortega, y desde el primer momento dio la impresión de estar dispuesto a lograr un acuerdo. Los sandinistas, por su parte, adoptaron una tónica conciliadora. Aparte de aceptar que la reunión se llevara a cabo en territorio nicaraguense (antes se habían opuesto repetidamente), Managua envió a su plana mayor a hablar directamente con los contras. En esta oportunidad no hubo intermediarios y tanto el cardenal Miguel Obando y Bravo, como el secretario general de la OEA, Joao Baena Soares, se limitaron a su papel de observadores.
La flexibilidad fue la constante desde el primer día. Tanto sandinistas como contras abandonaron posiciones que en otras épocas había considerado como innegociables y se sentaron a buscar un acuerdo.
Las cosas finalmente quedaron claras el miércoles en la noche y el pacta se firmó el jueves en la mañana. Aparte del cese al fuego temporal, ambos bandos se comprometieron reunirse el próximo 6 de abril para buscar un arreglo definitivo. Adicionalmente, Managua prometió respetar la libertad de prensa, decretó una amnistía total en favor de los rebeldes encarcelados y de los antiguos guardas somocistas (unos 3 mil en total), al igual que garantizar las libertades políticas. Para facilitar la incorporación de los rebeldes a la vida normal, delegaciones técnicas de ambos bandos se deben reunir esta semana con el fin de definir varios enclaves donde los contras se deben agrupar una vez comience el cese al fuego.
Semejante resultado fue entusiastamente recibido en todas partes. Tas solo en Washington el portavoz de la Casa Blanca, Martin Fitzwater, habló fríamente del acuerdo y aunque reconoció que era "alentador", pidió mantener prudencia.
El descontento de Fitzwater era explicable. El éxito en Sapoá dejó todavía más en ridículo la justificación de las maniobras "Faisan dorado" realizadas por los soldados norteamericanos en Honduras. La "defensa de la soberanía" por parte de Tegucigalpa se limitó al lanzamiento de unas cuantas bombas en la frontera, con el fin de representar su parte en lo que el Partido Liberal Hondureño tildó de "pantomima". El descontento entre el ejército hondureño era evidente. Según las malas lenguas, todo se debe a que la ayuda militar norteamericana pasó de 81 millones de dólares en 1986 a 61 millones en 1987 y a 40 nillones durante este año.
Sea como sea, lo cierto es que en apinión de algunos partidarios de Washington, la operación dejó dividendos. Varios comentaristas anotaron que la llegada de las tropas norteamericanas habría puesto en retirada a los sandinistas y salvado a los contras de la eliminación. Otros sostuvieron que todo se podía reducir a una operación de reavituamiento Privados de ayuda militar por el congreso norteamericano, los insurgentes pueden aprovechar armas y municiones "olvidadas" por las tropas cuando se devuelvan a sus base a partir del lunes de esta semana.
En cualquier caso, esas cábalas quedaron opacadas por el acuerdo en Sapoá. Aunque sandinistas y contras se tienen todavía mutua desconfianza (existe temor de que el cese al fuego sea tan sólo un pretexto para rearmarse nuevamente), la verdad es que la paz se encuentra ahora más cerca que nunca. Tanto Managua como los insurgentes han cedido lo suficiente para demostrar que quieren acabar con la guerra. Mientras las conversaciones en Sapoá continuan, el próximo gesto le corresponde al Congreso norteamericano, el cual debe votar en los próximos días una nueva propuesta de ayuda "humanitaria" por 48 millones de dólares. El voto en Washington es considerado "definitivo" para el proceso, en opinión de los especialistas.
En esta oportunidad, la Casa Blanca confía en que el resultado no sea tan sorpresivo como el del 20 de marzo cuando otro país centroamericano, El Salvador, realizó sus elecciones legislativas y municipales. Para desmayo de muchos, el triunfo neto de la jornada le correspondió a la Alianza Republicana Nacional, ARENA, el partido de derecha que ha estado constantemente implicado con los escuadrones de la muerte. Dirigidos ahora por Alfredo Cristiani, quien proyectó la imagen de moderación esperada, los diputados de ARENA le dieron una fuerte paliza al gobierno del presidente Napoleón Duarte, aliado incondicional de Washington, cuya labor ha sido considerada como "desastrosa". Duarte, quien acaba su mandato este año, debe ser remplazado por un miembro de ARENA, lo cual compromete los esfuerzos de acercamiento con la guerrilla.
El acercamiento con la oposición armada debería continuar, en cambio, en el caso de Nicaragua. Tanto los contras -sin dinero y sin triunfos- como los sandinistas -con la economía en ruinas y un pueblo descontento- han sido llevados a transar por la fuerza de las circunstancias y aunque eso no le debe agradar a los partícipes de la línea dura, está demostrando que en materia de negociaciones no hay nada como la línea media.
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