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| 1/19/1987 12:00:00 AM

EL AGUINALDO SANDINISTA

Después de detener a un espía norteamericano, el gobierno sandinista libera a Hasenfus como regalo de Navidad.

EL AGUINALDO SANDINISTA EL AGUINALDO SANDINISTA
Utilizando otra cara de la misma moneda, el presidente Daniel Ortega decidió sacarle jugo al escándalo norteamericano y sumarse los puntos que su principal contendor, el presidente Ronald Reagan, ha ido perdiendo en popularidad.
Después del arresto de Eugene Hasenfus en octubre, del publicitado juicio en los Tribunales Populares Antisomocistas y su condena a 30 años de prisión, prácticamente a nadie se le hubiera ocurrido que dos meses más tarde, Ortega solicitaría su indulto a la Asamblea Nacional y lo conseguiría. Pero lo hizo y Hasenfus salió en menos de 24 horas de Nicaragua rumbo a los Estados Unidos en compañía de su esposa Sally y del senador Cristopher Dodd, enviado especial de Washington.
"Que esto contribuya a que termine de una vez por todas esta guerra criminal que nos han impuesto, que no sigan muriendo nicaraguenses y que no sigan cayendo presos norteamericanos enviados por el gobierno norteamericano", dijo Ortega al anunciar el indulto en una conferencia de prensa, con Sally Hasenfus a su lado. Cuatro días antes, otro norteamericano, Sam Hall, había sido capturado cerca a Managua, realizando, según el gobierno sandinista, "labores de espionaje".
¿Propaganda? Sí, dice en tono acusatorio el Departamento de Estado. Y tal vez lo sea. Pero de lo que a nadie le cabe duda es de que no podia ser más oportuna política y emocionalmente. Además de reforzar la imagen latente desde el escándalo del Contra-Irangate de que los "contras" son los malos del paseo, el hecho tiene otro interés político de fondo. Hasenfus, capturado precisamente cuando llevaba en forma clandestina armas a los "contras", puede ser una pieza clave en las investigaciones del desvío de fondos hacia los rebeldes antisandinistas, la forma como se utilizaron e incluso los implicados. Ortega sabe que su liberación le puede sér más útil que mantenerlo 30 años en las cárceles de Nicaragua y que no sólo la gratitud personal sino, además, las presiones internas en los Estados Unidos pueden convertirlo en testigo de excepción en contra de la política de la administración Reagan en Centroamérica.
Pero el toque mágico del hecho radica realmente en la forma como fue presentado a la opinión. La liberación es el regalo de Navidad "de la revolución popular sandinista, que es siempre firme pero también generosa, en un mensaje al pueblo de los Estados Unidos de que Nicaragua quiere la paz", según las palabras del propio Ortega. Y se produjo además, el día en que el hijo menor de Hasenfus cumplía siete años.
Tal vez Sam Hall, hermano del representante demócrata Tony Hall, no corra con la misma suerte. Capturado in fraganti en las inmediaciones del aeropuerto militar de Punta Huete, a 10 kilómetros de Managua, con mapas de áreas militares estratégicas, Hall, según la propia prensa norteamericana, tiene un pasado que lo condena. En junio de 1985, él mismo se describió en una entrevista como asesor militar y contraterrorista.
El pasaporte de Hall, tiene visas de entrada a El Salvador, Israel, en Suráfrica, donde se presume estuvo en cumplimiento de misiones especiales para los Estados Unidos. Según el diario nicaraguense Barricada, Hall habría tomado parte, además, en un complot de la CIA para asesinar a comienzos de 1985 al ex embajador de Estados Unidos en Colombia y hoy embajador en Costa Rica Lewis Tambs, y culpar del atentado a Nicaragua.
Bajo lá acusación de espionaje, Hall recibirá muy posiblemente un juicio similar al de Hasenfus. Pero las posibilidades de que su historia tenga también un final feliz, son mucho más remotas. Jugar dos veces con el enemigo de la misma manera, suele ser una pésima táctica. Y Ortega lo sabe.
Es difícil predecir cuál será la sentencia para Hall. Pero si los nicaraguenses toman al pie de la letra las palabras de un juez de Maryland, que recientemente le negó a un norteamericano acusado de espiar para la URSS la reducción de la pena de cadena perpetua por considerar el espionaje "uno de los delitos más serios del Código Penal de los Estados Unidos", treinta años no será mucho.



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