Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/11/10 00:00

El aliado impresentable

Pervez Musharraf mostró su lado más oscuro para blindarse en el poder. El mundo condenó el autogolpe, pero teme que su caída desestabilice un país que tiene bomba atómica.

Musharraf llegó al poder tras un golpe de Estado en 1999. El sábado decretó el “estado de excepción” en lo que es considerado un autogolpe que le permitió suspender la Constitución. Arriba, los simpatizantes de la ex primera ministra Benazir Bhutto chocan con las fuerzas de seguridad

La fachada constitucional del régimen del presidente paquistaní Pervez Musharraf ha caído. A pesar de las advertencias de la comunidad internacional, que le exige cumplir su promesa de renunciar a la jefatura del Ejército antes de posesionarse para un nuevo período, el 3 de noviembre decretó lo que llama un "estado de excepción", que es, en la práctica, una ley marcial. La medida le permitió suspender la Constitución, destituir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, sacar del aire a los canales y emisoras privados y prohibir las reuniones políticas. Miles de manifestantes, entre abogados, activistas políticos, trabajadores humanitarios y periodistas, han sido arrestados durante esta turbulenta semana. Es el último episodio en un país que parece caerse a pedazos por cuenta, en gran medida, de la presencia Taliban en su frontera con Afganistán. Un escenario preocupante al considerar que no sólo es un aliado clave en la guerra contra el terrorismo, sino que se trata del único país musulmán que posee la bomba atómica.

Musharraf está convencido de que sólo él puede salvar a Pakistán del extremismo islámico y la amenaza que representa Al Qaeda. "No dejaré a este país cometer suicidio", aseguró durante el discurso en que anunció el estado de excepción. Pero los observadores coinciden en que más que para rescatar su país, la movida parece destinada a salvar su propio pellejo.

El general llegó al poder en 1999 tras dar un golpe de Estado contra el gobierno del primer ministro Nawaz Sharif, muy desprestigiado por sus altos niveles de corrupción. En ese entonces, algunas personas bailaron en las calles. Pero nadie lo hizo el sábado, durante lo que muchos califican como su segundo golpe. "El régimen de Musharraf siempre ha sido uno de ley marcial. ¿De qué otra forma se le puede llamar si es encabezado por el jefe del Ejército que nomina al primer ministro y su gabinete? Musharraf quería darle una fachada de gobierno civil, y ya no podrá seguir haciéndolo", dijo a SEMANA A.H. Nayyar, un profesor retirado de la Universidad de Quaid-i-Azam, en Islamabad.

"Hay varios tipos de protestas que ocurren en el país: de abogados, activistas sociales y estudiantes. No estoy segura de lo que puedan conseguir, porque Musharraf ciertamente parece haberse dado cuenta de que si no se mantiene como jefe del Ejército, su vida está en riesgo", opina, también desde Islamabad, Anita Weiss, coeditora del libro Poder y sociedad civil en Pakistán. "Cuando renuncie al uniforme, posiblemente será atacado. Él tiene muchas razones pragmáticas para no abandonar su posición militar", le dijo a esta revista.

El general se atornilla

Según Musharraf, había dos amenazas que necesitaban de su mano firme: el ascenso del extremismo violento y la interferencia del poder judicial en su esfuerzo para acabarlo.

En el primer punto no le falta razón. La violencia se ha recrudecido y ya no se limita a las áreas tribales, sin Dios ni ley, cerca de la frontera con Afganistán, donde existen campos de entrenamiento terrorista. Ahora también ha llegado a las grandes ciudades, como lo demostraron este año dos graves incidentes. El primero fue el sangriento desenlace, en julio, de la toma de la Mezquita Roja, en la capital Islamabad, por parte de extremistas musulmanes que se enfrentaron a las fuerzas de seguridad. El segundo, hace pocas semanas, fue el atentado contra la multitudinaria manifestación que celebraba el regreso del exilio de la ex primera ministra Benazir Bhutto. Las bombas cobraron ese día las vidas de cerca de 150 paquistaníes.

El argumento de la interferencia del poder judicial en su esfuerzo por combatir la violencia es mucho más polémico. Musharraf parece más preocupado por combatir a los opositores que a los terroristas, y su ataque contra la Corte Suprema parece motivado por el fallo de ésta sobre el nuevo período del general. Musharraf fue reelegido en el Parlamento, pero su victoria estaba pendiente de la ratificación del tribunal supremo. La Constitución prohíbe a un soldado en servicio ser candidato. Y aunque Musharraf ha reiterado la promesa de quitarse el uniforme antes de posesionarse, se rumoraba que los jueces fallarían en contra de sus intereses.

El estado de excepción le permitió a Musharraf deponer a los magistrados y nombrar unos nuevos, favorables al régimen. De ahí que los abogados se hayan convertido en un poderoso grupo de presión a favor de la democracia. El popular ex presidente de la Corte Suprema, Iftijar Chaudhry, es un símbolo de la resistencia al régimen. En marzo, Musharraf ya había tratado de sacarlo del camino, pero fue sorprendentemente reinstalado gracias a las protestas de decenas de miles de juristas. En esta ocasión no va a tener tanta suerte, pero a pesar de estar incomunicado bajo arresto domiciliario se las arregló para enviar un mensaje de lucha: "Musharraf ha hecho trizas la Carta Magna. Es el deber de cada ciudadano, especialmente de los abogados, luchar por la supremacía de la ley, la independencia del sistema judicial y la democracia", escribió desde un celular.

El desenlace del caos político depende, en gran medida, de la posición de Bhutto, que llevaba años en el exilio por cuenta de unos cargos de corrupción. Su agrupación, el Partido Popular Paquistaní (PPP), es el más grande y con mayor capacidad de convocatoria. La ex primera ministra, que el viernes fue confinada a arresto domiciliario para impedir que participara en una manifestación que se anticipaba multitudinaria, se unió al llamado a la resistencia de los jueces y consideró insuficiente la promesa de Musharraf de que a más tardar el 15 de febrero se llevarían a cabo las elecciones parlamentarias previstas inicialmente para un mes antes.

Pero aun no es del todo claro hasta qué punto se le opondrá al general, pues su retorno estuvo ambientado por el cabildeo de Washington para que lograra un pacto de gobernabilidad con Musharraf. "El rol de Benazir es ambiguo en este momento. Haciendo a un lado su retórica, todavía no es claro cuál ruta va a tomar: la de desafío abierto o la de jugar de comodín como compañera en el poder", dijo a SEMANA Mumtaz Ahmad, profesor visitante de ciencia política en la Universidad Internacional Islámica en Islamabad. "Ella ya hizo un trato con el Presidente para quitarse de encima los cargos de corrupción y ella también necesita su bendición para revocar la ley que la restringe de convertirse en primera ministra por tercera ocasión". Bhutto ha llamado a la comunidad internacional a condenar y sancionar el estado de excepción y presionar a Musharraf a retirarse del Ejército. Pero su llamado podría caer en oídos sordos.

Condena sin sanciones

Desde 2001, cuando retiró su apoyo al gobierno de los Taliban en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre, Musharraf se ha convertido en amigo del gobierno de George W. Bush, del que ha recibido casi 11.000 millones de dólares en ayuda desde entonces. Y aunque el autogolpe de Musharraf fue un abierto desafío a Washington, que le había advertido directamente no hacerlo, o se expondría a un recorte en la ayuda, el general sigue siendo un "aliado indispensable" en la guerra de la Casa Blanca contra el terrorismo.

Y es que la caída libre en la popularidad de Musharraf se debe, en parte, a su apoyo a Occidente. "La violencia ha alcanzado proporciones extremas, pero no parece que haya políticas viables para detenerla. Es una severa reacción a la política de Estados Unidos, especialmente en Afganistán y en Irak, y la gente percibe que Washington apuntala a Musharraf", asegura Weiss.

"Nadie duda de lo impopular que es Estados Unidos en Pakistán. Una encuesta publicada en septiembre de 2006 encontró que era peor visto que India (país con el que Pakistán ha librado cuatro guerras), explicó a SEMANA Zia Mian, profesor de la Universidad de Princeton y columnista de Foreign Policy In Focus. Un sondeo de 2007 encontró que sólo el 15 por ciento de los paquistaníes tenía una actitud favorable a Estados Unidos. Otro, de agosto, que el general Musharraf era menos popular que Osama Ben Laden; el 38 por ciento de los paquistaníes apoyaba a Musharraf; el 46 por ciento, a Ben Laden, y sólo el 9 por ciento, a Bush. Es difícil imaginar una acusación más dañina para una política que buscar construir apoyo para Estados Unidos".

Los esfuerzos de Estados Unidos por convertir a Musharraf en un aliado presentable han resultado infructuosos. Su última movida deja en evidencia que la retórica democrática de la Casa Blanca no pasa a los hechos. Aunque condenaron su decisión, es improbable que se concrete en algún tipo de sanción. Tanto Washington como Londres no quieren hacer nada que ponga en peligro su acceso a la inteligencia paquistaní. Como recordó el semanario británico The Economist, "el apoyo logístico a la guerra en Afganistán, socavar la retaguardia de los Taliban en las áreas tribales y la inteligencia en planes de ataques terroristas en Occidente: todos demandan la cooperación paquistaní".

A eso se suman los temores de inestabilidad en un país con arsenal nuclear. Aunque hoy Musharraf además de no ser parte de la solución es una parte importante del problema, el temor de que su reemplazo sea peor lo ha mantenido en el poder. Un Pakistán nuclear y 'talibanizado' sigue siendo, con sobrados méritos, la peor pesadilla de las potencias occidentales.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.