Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1992/12/07 00:00

EL AñO DEL CAMBIO: 1992

Las elecciones norteamericanas marcaron el comienzo de una nueva época en la política de ese país. ¿Qué tanto hay de cambio?

EL AñO DEL CAMBIO: 1992

LAS ELECCIONES DE ESTADOS UNIDOS FUEron ganadas por un concepto fundamental: el cambio.
Todas las reglas del juego que operaban al escoger el presidente quedaron tan desvirtuadas, que hoy no se puede decir que se haya tratado de un año electoral atípico, sino de una nueva clase de elecciones.
Los votantes norteamericanos resolvieron cambiar al presidente George Bush y con él a 12 años de dominio republicano, para poner en su lugar a Bill Clinton, un hombre que según los precedentes nunca hubiera llegado a presidente. Cambiaron sus costumbres elec torales al ignorar los ataques personales y los escándalos sexuales. Cambiaron la manera de votar, porque muchos lo hi cieron por el candidato del partido diferente al suyo y porque la mayoría lo hizo no por el mejor, sino por el menos malo.
Cambiaron la orientación que el nuevo gobierno tendrá que darle a su mandato, porque el tema de la economía interna ha desplazado del interés las relaciones internacionales. Más aún, con su asistencia récord a los lugares de votación, señalaron que su voluntad de cambio tiene una raigambre profunda en la sociedad norteamericana.
La campaña que acaba de finalizar será recordada también como la primera en la que la televisión suplantó literalmente al contacto real de los candidatos con el público. Desde que hizo su irrup ción en 1961, con el famoso debate entre John Kennedy y Richard Nixon, la influencia de la pantalla chica no dejó de crecer, pero nunca había llegado a esos niveles. El "smoke-filled room", de unos cuantos cientos de personas atiborradas en un salón, que caracterizó durante años las campañas presidenciales, dio paso a los "talkshows", vistos por cientos de millones de personas. El responsable de esa avalancha televisiva es otro nombre propio del cambio: Ross Perot un independiente que señaló con su desempeño el profundo cansancio norteamericano con la clase política y el posible fin del bipartidismo en la democracia más grande del mundo.

LA EXPECTATIVA NACIONAL
Aunque el triunfo de Clinton fue arrasador, los votantes norteamericanos pusieron muy en claro que no están dispuestos a perdonar las fallas de sus gobernantes, así puedan proclamar a los cuatro vientos ser líderes de un "Nuevo Orden Mundial". Por eso se espera que al menos el primer año de la nueva presidencia se dedique con prioridad máxima a la aplicación del programa de recuperación de la economía que le llevó al triunfo.
Eso significa, en opinión de los observadores más calificados, que el presidente Clinton tendrá que evitar a toda costa entrar en el síndrome de Jimmy Carter, cuya presidencia fracasó por la falta de objetivos concretos e inmediatos. Como los más urgentes se mencionan tres:
Primero, producción de puestos de trabajo y mejora de la infraestructura, sobre todo en la parte más deteriorada de las ciudades grandes. El mejor ejemplo de lo que puede producir una falta de política en ese sentido es la revuelta de este año en Los Angeles, que descubrió para muchos norteamericanos de clase media un país más parecido al Tercer Mundo de lo que casi ninguno se imaginaba. Segundo, un estímulo inmediato para la economía, a través probablemente de un crédito de impuestos por una sola vez para la inversión en infraestructura. Y tercero, la reforma del sistema de salud pública, atenazada por altos costos y una cobertura inferior a la de los países industrializados de Europa.

SEGUNDO PLANO INTERNACIONAL
En cuanto a la política internacional, fue muy poco lo que dijo el candidato en su campaña, y menos dijo aún de Latinoamérica. Pero no se esperan cambios muy profundos en cuanto al marco general de las relaciones internacionales y sobre todo en el ámbito político y militar. Quienes sostienen que habrá un viraje dramático tienden a asimilar la política de Ronald Reagan con la de George Bush, lo cual es un error. No hay que olvidar que la aproximación de Reagan a las relaciones entre los estados era unilateralista, basada en un gasto militar enorme y una in transigencia muy tradicional en temas como el Medio Oriente. Bush en cambio redujo los gastos bélicos y confió más en las potencias regionales amigas y en la Organización de Naciones Unidas para la resolución de conflictos, unida a actitudes nuevas en cuanto al Medio Oriente.
Todo ello hace que Clinton esté mucho más cerca de Bush de lo que se cree generalmente. En el discurso de transición pronunciado el jueves de la semana pasada, lo puso muy claro al decir que "El presidente de los Estados Unidos puede cambiar, pero los intereses del país no cambian con él".

CAMBIOS DE ESTILO
La conclusión de muchos analistas es que las variaciones se verán sobre todo en el ámbito de las relaciones comerciales. Con su énfasis en la recuperación de la economía interna, las ideas de Clinton tienen un sabor aislacionista que se refleja en el lema de "Estados Unidos primero", y eso hará que el gran eje de su política internacional sea dominado por el tema económico. Eso es una de las consecuencias de la desaparición de la confrontación ideológica este-oeste, y podría marcar el nuevo futuro de las re laciones internacionales del país. "No podemos ser una potencia mundial sin una economía sólida, y no podemos tener una economía sólida si no tenemos abiertos los mercados para nuestros pro ductos, había dicho en campaña el entonces candidato.
El primero de esos cambios se relaciona con el tipo de instrumentos a usarse. Por la naturaleza de su política, Bush te nía la tendencia a usar estímulos positivos como la cooperación financiera, la ayuda económica pura y simple y las concesiones comerciales y un buen ejemplo es la Iniciativa para las Améri cas. Con Clinton se espera, por el contrario, que el énfasis recaiga sobre las sanciones, las condicionalidades, etc.
Curiosamente, la medida tomada la semana pasada de imponer aranceles a los vinos europeos para rechazar los subsidios existentes en el Viejo Continente, es señalada como una muestra de lo que se verá en el futuro. Una constante histórica en Estados Unidos es que los últimos meses de un gobierno saliente marcan con exactitud el camino del entrante.
Pero aunque se espera que con Clinton disminuya la importancia de los "fundamentalistas del libre comercio", tampoco se espera que haga locuras. El propio presidente electo tuvo que hacer apresuradamente esa aclaración la semana pasada, apurado por la incertidumbre que había afectado los mercados financieros.
Por otro lado, es claro que Clinton no puede dar marcha atrás en cuanto a la tendencia hacia los tratados de libre comercio, en especial en cuanto al NAFTA con México y Canadá. La posibilidad de que el mundo se divida en "Bloques Comerciales" (Europa, América y Oriente) reduce más aún esa posibilidad. Clinton tendrá además un Congreso a su favor, lo que podría facilitar la aprobación de ese tipo de tratados.

NUEVOS TEMAS
Otro aspecto del cambio se relaciona con nuevos temas o la reaparición de algunos viejos que habían pasado a segundo plano en los gobiernos republicanos. En especial se habla de los derechos humanos, de la lucha contra la pobreza, de la protección del medio ambiente -dirigido por el VP Al Gore- y probablemente al combate contra la corrupción, a través del condicionamiento de los créditos del Banco Mundial a la evidencia de que ese fenómeno no es tolerado en el país beneficiario.
Los demás temas de América Latina permanecen en el misterio. En cuanto al narcotráfico, se dice que su mira se centrará en la represión del consumo, y ello podría significar una disminución en la ayuda a la lucha contra la producción.
Ello no sería relevante en Colombia donde esa lucha se da con el 95 por ciento de recursos propios, pero podría resultar muy significativa en países como Bolivia, Perú y el sudeste asiático.
En cuanto al asunto de la permanencia de Fidel Castro en Cuba, Clinton quedó maniatado por una maniobra polítiea destinada a arrebatar la Florida de manos republicanas, lo cual se combina con el hecho de que fue un demócrata, el representante Robert Torricelli, quien bajo la influencia del poderoso lobby cubano patrocinó la ley para endurecer el bloqueo comercial contra la isla. Eso se contradice con las ideas demócratas, que tienden a ser mas receptivas hacia Latinoamérica. E incluso hay quien dice que el posible sub secretario de Estado Robert Pastor sostiene en privado que lo que Estados Unidos tiene que hacer es levantar el bloqueo y olvidarse de Cuba.
Pero en este tema, como en otros, Clinton tendrá que acomodar su política a sus propuestas electorales.
El año de 1992 marcó un cambio radical en la forma como los norteamericanos escogieron a su presidente, al punto que muchos sostienen que podría estar cancelada la época del bipartidismo (por la presencia formidable de Perot) y del presidente de dos períodos (por la derrota aplastante de Bush). Pero parece que, con todo, lo que el gobierno de Bill Clinton va a producir ante el mundo es un cambio gatopardiano: "Cambiar todo, para que nada cambie".

CANDIDATO POR TV
SI EL CAMBIO TIENE UN NOMBRE PROPIO EN Estados Unidos, ese nombre es Ross Perot Un inexperto político que se jacta de ello, el multimillonario texano tuvo más de 19 millones de votos. Su desempeño, sólo comparable al de Theodore Roosevelt cuando se lanzó en 1912, dejó en el aire la pregunta de que hubiera pasado si no se hubiera retirado en julio. Perot perdió la oportunidad de convertirse en el primer presidente independiente de la historia del país, pero su presencia continuará pesando, sobre todo después de que ha anunciado que mantendrá una organización.
Perot puso en peligro el sistema bipartidista cuando llegó al primer lugar en las encuestas y creó la posibilidad de que un empate tuviera que ser decidido por la Cámara. La posibilidad de una crisis puso a pensar a los estudiosos en reformar la Carta. La influencia de Perot en el resultado de las elecciones no resultó tan determinante como se esperaba, pues tanto a Bush como a Clinton les restó el 38 por ciento de votantes potenciales. Pero ello puso en primera plana a una masa de norteamericanos menores de 45 años, blancos en su inmensa mayoría y, según la encuentas muy comprometidos con el desprecio a la clase política dominante. Perot le demostró a esos norteamericanos que son muchos y que unidos pueden hacer sertir sus inquietudes. Para nadie es un misterio que el presidente Bill Clinton tendrá que tener muy en cuenta en su política a los estratos de los que salieron los votos del independiente.
Tal vez el cambio más impresionante que protagonizó Perot fue en el uso de la televisión. Su candidatura fue lanzada en uno de los programas de opinión más importantes. Larry King Live, y a partir de allí Perot se convirtió en el visitante de las noches en los hogares norteamericanos. La campaña fue totalmente televisada, no sólo a través de entrevistas sino de comerciales de 30 minutos de duración. Al final los otros contendores tuvieron que plegarse a ese sistema, y se les vio haciendo de todo, hasta tocar el saxofón, para ganar votos.

LA MUJER DEL AñO
LA NUEVA PRIMERA DAMA de Estados Unidos no se parecerá en nada a la abuelila bondadosa Barbara Bush. Abogada de la Universidad de Yale, es hoy en día a los 44 años, una de las 100 mejores del país y se ha acostumbrado a ganar tres veces más que su marido. Pero aunque pareciera que una mujer de esas características podría ser un fuerte apoyo para un hombre con ambiciones políti cas, el carácter y la independencia de Hillary han sido una desventaja en más de una ocasión.
De hecho, cuando Bill Clinton se lanzó a la Gobernación de Arkansas a lo de 32 años, Hillary resultó negativa, pues no sólo usaba ropas propias "de una hippie", Sino su apellido de soltera, Rodham. Pero el hecho de que haya cedido en todas las instancias, para no dañar las posibilidades de su marido, no quiere decir que carezca de carácter.
"Ella sabe lo que le conviene a la carrera de Bill y no duda en hacerlo".
Fue por esa razón que a mediados de la campaña bajó su perfil y evitó de nuevo hacer comentarios desobligantes sobre la imagen tradicional de la mujer, que en un momento dado le reportaron a Clinton un descenso en las encuestas. De ahí en adelante Hillary supo que una esposa de candidato a la presidencia de EE. UU. debe ser más una ventana hacia el carácter de su marido que una Gompañera de fórmula. Una de las frases que más daño les hizo fue una del comienzo de la campaña: "Voten por Bill, que ganarán dos por uno".
En cualquier caso, la llegada de Hillary y su nuevo estilo coincide con una mayor participación de la mujer en el Congreso de Estados Unidos, lo que tiene a las feministas del mundo en tero muy contentas.

ESPERANZA INúTIL
EL EQUIPO DEL VICEPRESIdente Dan Quayle solía usar, desde mediados de la campaña, un botón con la leyenda "Quayle 96". Su jefe sabía que esa era su oportunidad para comenzar de nuevo y, quién sabe, convertirse en la alternativa conservadora de los republicanos para llegar por su propio pie a la Casa Blanca. No importaba que hubiera sido el hazmerreír del país en su puesto. Después de que George Bush completara sus ocho años al frente de la Casa Blanca, el candidato lógico para reemplazarle sería su fiel vicepresidente. Esa era la costumbre electoral desde el comienzo de la era Reagan, y nada indicaba que tuviera que cambiar.
Pero para ello el segundo al mando tenía que tratar de distanciarse no sólo de su desastroso desempeño, sino de muchas posiciones de su jefe que huhieran podido dañarle el caminado hacia 1996. De gira en ciudades diferentes a su jefe, Quayle apeló por sobre todo al ala más tradicionalista, de la enano de su esposa Marilyn, quien ganó notoriedad por sus críticas a Hi llary Clinton por su independencia.
Pero a pesar de que Quayle tuvo huen desempeño en el debate de los candidatos a segundo a bordo, sus esperanzas se fueron por la borda por dos razones: porque el tema de los valores familiares resultó opacado por la economía, y porque Bill Clinton le puso al frente a un peso pesado de la política: Albert Gore.
En cualquier caso, con la derrota de su jefe,nadie cree que pueda hablarse de nuevo de Dan Quayle en el primer plano de la política de Estados Unidos.

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