Jueves, 23 de octubre de 2014

| 2013/01/05 00:00

El año nuevo sin Chávez en Caracas

El comienzo de año en la capital de Venezuela ha estado marcado por la incertidumbre de la salud del presidente. Así es un día en Venezuela.

En Caracas se vive con la incertidumbre por la salud del presidente y las fiestas de inicio de año. Foto: EFE

La avenida Baralt, en pleno centro de Caracas, tiene cierto aire a San Victorino en Bogotá. Vendedores ambulantes de películas piratas, dulces y ‘chucherías’, camisetas de marca falsa, invaden los andenes por donde nunca faltan peatones. Durante los últimos días del año, los caraqueños que viven del rebusque también desplegaron su mejor mercancía de ropa interior amarilla. Allá como acá es buen agüero usar calzones del color chillón para empezar el año nuevo, que también se celebra con mucho alcohol, pólvora, exceso de hallacas (tamales) y la infantable canción de "faltan cinco pa las doce".
 
Pero este San Silvestre fue diferente en Venezuela. El ciudadano presidente, como a veces le dicen al comandante Hugo Chávez Frías, es el único que tiene el poder de cambiarle el estado de ánimo, para bien o para mal, a tanta gente a la vez. De un carambolazo, aguó la fiesta de fin de año para sus seguidores y opositores. En medio de los propósitos que los venezolanos hicieron para el 2013, estuvieron los angustiosos deseos de recuperación pero también de que pase a mejor vida el presidente. Cinco días han pasado desde entonces y nadie sabe la verdad sobre su estado de salud.
 
En las tiendas de imágenes religiosas, hierbas y santería, que también están sobre la avenida Baralt, todavía no se comercializan figuras de Chávez junto a las de la virgen, José Gregorio Hernández, Bolívar, María Lionza, el indio Guaicaipuro, la corte de santos malandros, y hasta una vikinga, que no se sabe  como se convirtió en figura de devoción en este país tropical. Todos son testimonio del sincretismo religioso que hay en esta nación de gente de fe, aunque esa sola sílaba tenga tantas posibilidades entre los venezolanos. Por eso es probable que quienes ya le rezan, le prenden velas y le piden lo imposible a Chávez, no lo dejen descansar eternamente.
 
Si en Cuba los médicos y babalaos están haciendo lo propio para curar al presidente, en Caracas algunos de sus devotos podrían estar cumpliendo su parte, pero tal vez de manera discreta. Los vendedores de las tiendas de la Baralt dicen que la gente ha pedido lo de siempre, nada extraordinario, pero al comprar las hierbas, inciensos, tabaco o velas, los clientes tampoco dicen públicamente para qué son. Sólo en un almacén una señora entró a comprar una figura del Cristo Nazareno y velas blancas para rezar por el comandante.
 
Además de velas, lo que prendieron la noche del 31 en Caracas fueron voladores o cohetes, aunque los locales insisten que esta vez fueron parcos. Cada estallido era, de alguna manera, un desfogue de ansiedad colectiva que se respiraba en el ambiente, porque la ilusión de “año nuevo, vida nueva” que canta la Billos Caracas Boys, fue esquiva desde siempre. ¿Cómo pensar en un nuevo comienzo, cuando lo único que circulaba por las redes sociales, los pasillos de las casas, las conversaciones en las mesas, era el rumor de la muerte? ¿Y luego? ¿Cómo empezar el año en un país que le tiene tanto miedo al abuso del poder como a su ausencia?
 
El temor hace que ocurran cosas extrañas. Una mujer de clase alta, de más de 90 años, de esas que visten de sastre y prendedor en la solapa, y que los chavistas tildarían de “escuálida oligarca”, dijo que se volvió chavista el 31 de diciembre. El cáncer que padece Chávez y su difícil recuperación, despertaron los sentimientos más nobles y solidarios de esta mujer y de otros que jamás han votado por él. No creen en su revolución socialista bolivariana, que consideran una chabacana, trasnochada y mediocre imitación de la cubana, y sobre todo, una excusa para robar y derrochar el petróleo nacional. Aun así, tienen a Chávez en sus oraciones.
 
Son días de rezos para los creyentes y de preguntas sin respuestas para los ateos. El último domingo del año en la mañana, en una concurrida panadería de la ciudad, una de las intelectuales y analistas nacionales más reconocidas desayunaba una taza de café y una baguette. Su mordisco fue interrumpido por una señora que no se aguantó las ganas de abordarla para preguntarle, mientras le agarraba el brazo, qué estaba pasando en el país. Eso mismo quieren saber los demás venezolanos, o por lo menos a los que les importa la política nacional. Porque muchos otros siguen en las playas.
 
Los que no han tenido descanso son los ministros de Gobierno, especialmente uno de ellos, que a duras penas responde el celular, y al menos en televisión, además de mal vestido, luce incómodo, como sin escapatoria. Eso justamente es lo que busca uno de los principales líderes de la oposición al subir el Avila en las mañanas, incluso hasta dos veces seguidas. Normalmente asediado por las multitudes, logra pasar desapercibido entre otros deportistas que ascienden la montaña, camuflado por una gorra deportiva y gafas de sol.
 
Los demás caraqueños suben a pagar promesas, a quemar los kilos de más que les dejaron los panetones navideños y el ponche crema, o para mirar la ciudad, siempre luminosa, verde y densa, desde lo alto, como algunos jóvenes que escalaron con carpas para acampar y recibir el año nuevo observando a la que ellos también han bautizado como “la sucursal del cielo”. Los precavidos forraron sus morrales con bolsas plásticas, quizás porque el cielo queda tan saturado de pólvora en la víspera, que los primeros de enero se desgarra en aguacero. Este año, sin embargo, no cayó una sola gota, lo que fue interpretado como prueba de que en realidad no estallaron tantos cohetes. No había tanto que celebrar, pero sí mucho que esperar.


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