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| 9/20/2008 12:00:00 AM

El antichávez

La crisis boliviana dejó claro que, pese a la ruidosa retórica del venezolano, el verdadero liderazgo suramericano reposa en el brasileño Lula da Silva.

"Pacificación" y "diálogo" son las palabras que más se repiten por estos días en Bolivia. A pesar de un amago de rompimiento por cuenta de la detención el martes del prefecto (gobernador) de Pando, Leopoldo Fernández, acusado de instigar los choques armados, las conversaciones entre el gobierno y los representantes de los otros cuatro departamentos rebeldes se iniciaron el jueves en Cochabamba, a puerta cerrada y sin plazos establecidos. Aunque el resultado es incierto, la turbulenta crisis del país andino, con un saldo de por lo menos 15 muertos por cuenta de los disturbios entre opositores y simpatizantes del presidente Evo Morales, se resolvió, de momento, gracias a los países de la región.

La declaración de La Moneda, como se llamó al documento que salió de la cumbre extraordinaria que reunió en Santiago de Chile a los presidentes de nueve de los 12 países de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), dejó claro que la región no aceptará el quiebre territorial de Bolivia, un golpe civil o la ruptura del orden institucional. Fue el bautizo de fuego del ente regional, lo que muchos observadores llegaron a calificar como un hecho histórico. Y aunque los opositores acusan a Evo Morales de haber convertido a Bolivia en un satélite de la Venezuela Bolivariana de Hugo Chávez, a juzgar por la declaración final, quien tomó las riendas de la crisis fue el brasileño Luiz Inacio Lula Da Silva.

Desde hace años varios analistas hablan de una competencia entre los dos líderes por influir en el continente. En medio del célebre giro a la izquierda de la región, hablan de dos corrientes. Una moderada, democrática y pragmática, personificada en Lula, y otra radical representada por Hugo Chávez y alimentada por sus petrodólares. Mientras uno de los valores más apreciados en la diplomacia brasileña es la no intromisión, a Chávez le encanta jugar a ser el 'presidente de Suramérica', como alguna vez satirizó el peruano Alan García. El contraste en este episodio no pudo ser más evidente.

El venezolano llegó a Santiago luego de lanzar diatribas antiimperialistas, después de haber expulsado al embajador estadounidense en Caracas en solidaridad con La Paz, que había hecho lo mismo. También, además de graduar como "pitiyanquis" a los prefectos opositores, había amenazado con una intervención militar si Morales era derrocado, lo que produjo una respuesta del jefe de las fuerzas armadas bolivianas, Luis Trigo, quien rechazó las intromisiones. Por supuesto, el autoproclamado 'socialista del siglo XXI' no se quedó callado y se dirigió directamente al general desde su programa Aló Presidente, el domingo previo al encuentro. "Morales tendría que caer en cuenta de que las sentencias de su amigo Chávez, lejos de traer beneficios, perjudican seriamente el clima de paz que tanta falta hace en estos días de furia", señalaba un editorial del diario boliviano La Razón.

Lula, por el contrario, se mostraba renuente a involucrarse en el polvorín boliviano. No quería mover un dedo a menos que Morales lo solicitara. Puso las condiciones para viajar a Chile: pidió una tregua previa y la aceptación expresa de La Paz para interceder. Ambas se cumplieron. Hasta los opositores celebraron la mediación brasileña como una garantía de solución. " Lula es ya el gran veedor de la crisis, el que atribuye méritos y apunta regaños", escribía en El País de Madrid Miguel Ángel Bastenier. "Luiz Inacio da Silva se ha permitido el lujo de esperar hasta que la reunión de Unasur se concibiera en sus propios términos (...) A Lula le han llamado; no ha tenido que pedir turno de palabra".

La cumbre se arriesgaba a terminar en un nuevo novelón suramericano, como los del famoso "¿por que no te callas?" del rey Juan Carlos en la cumbre iberoamericana de 2007 o la cumbre de Río de este año en la que Álvaro Uribe y Rafael Correa se dieron la mano después de haberse dicho de todo. Para evitarlo, no hubo grabación de las discusiones. "Los presidentes decidieron que era a puertas cerradas", fue toda la explicación. Sin embargo, las seis horas de discusiones fueron narradas por varios medios y quedó claro que la diplomacia brasileña llevó la voz cantante en Santiago.

Chávez insistió en introducir un reproche a Estados Unidos, pero la declaración final, como querían Brasil y Chile, no sólo no incluyó esa mención, sino que rechazó cualquier injerencia, lo que se puede leer también como un jalón de orejas a Caracas. Incluso, según las crónicas, hubo un momento en que Lula le dijo a Morales que se decidiera entre la mano dura y el diálogo, y que si optaba por la primera ni Unasur ni Brasil tenían mucho que hacer.

"Cuando avanzan los procesos regionales, las posiciones extremas de Venezuela pierden consistencia", dijo a SEMANA el internacionalista argentino Juan Gabriel Tokatlián. "El liderazgo y el peso de Brasil es indiscutido y en el caso de Bolivia, los países del Cono Sur quieren reducir no solo la injerencia de Estados Unidos sino también de Venezuela".

"Las características de ambos líderes se manifiestan en su desempeño. Chávez es explosivo y Lula moderado", explicó a esta revista el experto boliviano Henry Baldelomar. "Lula no deja de intervenir, pero de una manera menos agresiva. El gas lo obliga a no tener demasiado protagonismo mediático".

Por supuesto, los más de 3.000 kilómetros de frontera hacen que el tema boliviano sea especialmente sensible para Lula, a quien Morales se refiere frecuentemente como su "hermano mayor". Los lazos son muchos. Para empezar, el gas boliviano representa cerca de la mitad del consumo de Brasil y la pujante industria del estado de Sao Paulo depende de él -cuyo suministro fue interrumpido por cuenta de los disturbios-. Según algunos cálculos, el peso brasileño en el país andino se acerca al 10 por ciento del PIB y a Brasilia le preocupa tanto la suerte de los prósperos brasileños que hacen negocios en Bolivia como la posibilidad de un desplazamiento masivo de bolivianos en la frontera en caso de que la situación empeore.

Pero más allá de la situación particular de Bolivia, este episodio ilustra esa competencia por influencia en la que, por cuenta de su llamativa personalidad, muchas veces se sobrevalora a Chávez. Por más ambiciosa que sea la política exterior de la Venezuela Bolivariana, Lula está en otra liga. "Hay que entender las proporciones", explica Tokatlián. Brasil es la décima economía del mundo, un jugador global que aspira a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y sostiene un diálogo permanente con el G8, el club de los países más industrializados del mundo al que eventualmente aspira ingresar. "Nada de esto es Venezuela. El poder real en Suramérica lo tiene mucho más Brasil. Es comparar cosas que no son comparables", remata.

Cuando nació Unasur, hace apenas cuatro meses, hubo quien advirtió que se iba a convertir en un instrumento de Chávez para impulsar su agenda. En efecto, la cumbre de Santiago envió el mensaje de que los problemas del subcontiente se resuelven aquí, sin la intervención de Estados Unidos. Pero ese hito no favoreció al venezolano, sino a Lula, el "hermano mayor".
 
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